—Sabes que no hago trabajos en trajes de
baño —Shin Hye le devolvió a su agente la carpeta que ésta le había entregado.
Han Juno suspiró.
—La agencia ha preguntado específicamente
por ti.
—Me siento halagada, pero no voy a
hacerlo, gracias.
—No tengo otra cosa para ti hasta que
hagas el anuncio del champú.
—No importa. Me vendrá bien un descanso
—Shin Hye reprimió un temblor de ansiedad. Había tenido que renunciar a su
último contrato debido a la gripe y ahora sólo tenía un proyecto en
perspectiva. El trabajo para modelos en Corea era bastante saturado y, aunque
en el pasado había volado a menudo a Japón y aún más lejos para trabajar, le
había prometido a Jong Suk limitar sus viajes al extranjero. Afortunadamente
tenía dinero ahorrado, y tal vez había llegado el momento de tomarse unas
vacaciones.
—¿A esquiar? —Jong Suk la miró con gesto
de duda mientras removía el azúcar en su café. Shin Hye había llamado a su
despacho para sugerirle que se encontraran en su cafetería favorita—. ¿Crees
que será conveniente que vayas nada más haber superado la gripe?
—El aire de la montaña es saludable. Y hay
una oferta muy tentadora para ir a Gangwon-do, con estancia en el Hotel Phoenix Park.
—Al menos estarás cómoda. Es un hotel muy
bueno.
Más que bueno, pensó Shin Hye. El
maravilloso hotel era todo un lujo para
las pistas de esquí.
—Debido a las campañas que hacen para esta
época del año, supongo que tienen que atraer allí al mayor número de gente
posible.
—Te mojarás y te enfriarás —dijo Jong Suk—.
¿Y si tienes una recaída?
—Tendré cuidado y con el equipo apropiado
no me enfriaré ni me mojaré.
—Ojalá pudiera ir contigo, pero al
director del Banco no le agradaría que le pidiera un permiso en estos momentos
—Jong Suk era un alto ejecutivo del Banco en el que trabajaba y no podía
permitirse unas vacaciones así como así.
—Ojalá pudieras venir —aseguró Shin Hye,
inquietándose al descubrir que era mentira—Pero tú no esquías, y sólo estaré
fuera una semana. Apenas te darás cuenta de que no estoy.
—Eso no es cierto. Te echaré de menos cada
día.
Shin Hye le dedicó una ausente sonrisa.
—Eso es muy dulce. Yo también te echaré de
menos —sin duda, la convalecencia de la gripe era la causa de aquel extraño
letargo de sus emociones. Cuando la superara del todo, los cálidos y amorosos
sentimientos regresarían. Alargó una mano hacia Jong Suk y éste la estrecho en
la suya—Te quiero —murmuró.
Jong Suk se llevó la mano de Shin Hye a
los labios y la besó en la palma.
—Yo también te quiero.
Shin Hye sintió que su corazón se encogía.
Apartó la mirada y sintió un gran alivio cuando Jong Suk bajó sus manos unidas
a la mesa. Sintiéndose culpable y preocupada, dijo:
—Ya he hecho la reserva.
—Has sido rápida.
—En cuanto lo decidí... —Shin Hye se
encogió de hombros.
—Sí, bueno... Supongo que tendrás que
hacer la maleta esta noche.
Shin Hye se obligó a mirar a Jong Suk con
gesto de arrepentimiento.
—Tengo mucho que hacer.
—Cuando vuelvas... —Jong Suk sonrió,
esperanzado.
—Para entonces estaré totalmente
recuperada —prometió Shin Hye—Te llamaré en cuanto vuelva a casa.
Las pistas de esquí eran magníficas y la
nieve brillaba como azúcar bajo el sol de invierno. Pequeñas figuras
zigzagueaban por las laderas de la montaña, muy por debajo de las nevadas
crestas.
Impaciente por reunirse con los demás
esquiadores, Shin Hye aspiró el frío aire de la montaña mientras subía en
telesilla, preguntándose qué sería lo que impulsaba a hombres como Yong Hwa a
hacer lo que hacía. Una cosa era subir con la intención de bajar esquiando y
otra escalar laboriosamente heladas rocas y peligrosos abismos con el solo
propósito de alcanzar una solitaria cima.
Shin Hye recibió su primera lección de
esquí durante una sesión de fotos para una agencia de viajes. Interpretaba el
papel de una principiante, y lo hizo bien, porque lo era. Más tarde tomó más
clases, en parte porque le gustó esquiar y en parte porque pensó que podría
resultarle útil para su profesión. Y así fue. Consiguió un par de trabajos para
anunciar prendas de esquí gracias a que sabía esquiar.
El telesilla la dejó en la ladera
intermedia, un nivel en el que se sentía bastante cómoda. Ajustó los esquís a
sus botas, se colocó las gafas y comenzó a deslizarse por la pendiente.
Hizo el recorrido varias veces y sólo
sufrió una caída sin consecuencias. El ejercicio y comprobar que estaba en
plena forma le hizo sentirse eufórica.
Descendía por última vez cuando vio la
mancha azul y amarilla de otro esquiador que pasó a su lado a toda velocidad.
Era un hombre de caderas estrechas y
anchos hombros. Esquiaba con tal soltura y elegancia que Shin Hye no pudo
evitar admirar su estilo. Debía bajar de las pistas más altas, en las que sólo
se aventuraban los esquiadores más experimentados.
Cuando llegó al final del recorrido se
encontró mirando a su alrededor en busca del desconocido, pero no había rastro
de él. Tomó el autobús de vuelta al hotel, comió, se dio un delicioso baño
caliente y se acostó con un libro. Poco después se quedó profundamente dormida.
Al día siguiente subió hasta el tercer
nivel, decidida a tantearlo. Si le parecía demasiado difícil siempre podía
volver en telesilla al segundo.
Una vez arriba, Shin Hye se fijó en dos
esquiadores que empezaban a descender y adquirían velocidad rápidamente.
Decidiendo tomar un café antes de
intentarlo, se encaminó a la cercana cafetería y dejó los esquís apoyados en la
pared junto a los de los demás esquiadores.
Estaba dando un sorbo a su café cuando oyó
la voz.
—Muchas gracias.
Eso fue todo, pero bastó para que Shin Hye
volviera la cabeza justo a tiempo de ver la espalda de un hombre vestido de
azul y amarillo que salía en ese momento por la puerta.
«No», se dijo. «Estás imaginando cosas».
Pero terminó su café de un trago y salió
de la cafetería antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Habría resultado un poco tonto volver
sobre sus pasos, de manera que continuó.
El hombre estaba agachado, sujetándose los
esquís a las botas. Shin Hye lo observó hasta que se irguió y la vio.
—Yong Hwa —dijo, con un hilo de voz.
Él apenas mostró su sorpresa con un leve
alzamiento de cejas.
—Hola... Shinie.
—Es Shin Hye —dijo ella—Shin Hye.
Él asintió.
—Shin Hye —el nombre surgió de sus labios
como una caricia.
—Te vi ayer —dijo Shin Hye—en la pista
intermedia, pero parecías demasiado bueno para estar en ese nivel.
—Ayer hice un recorrido de montaña y luego
bajé.
—Supongo que tienes mucha experiencia.
Algo cambió en los ojos de Yong Hwa
mientras miraba a Shin Hye. Ésta se había quitado el gorro al entrar al café y
su melena castaña caía suelta sobre sus
hombros.
—Un poco. ¿Y tú?
Shin Hye volvió la mirada hacia la
pendiente.
—He subido aquí con la intención de probar
este nivel, pero no sé si tengo el valor necesario para hacerlo.
—¿Está tu novio contigo?
Shin Hye volvió a mirar a Yong Hwa.
—No ha podido venir. Además, no sabe
esquiar.
La boca de Yong Hwa se curvó levemente a
la vez que asentía.
—Ya —hubo un breve silencio—Si quieres,
puedo bajar contigo.
—No quisiera ser un estorbo para ti.
Supongo que no querrás perder el tiempo cuidando a una novata.
—No eres una novata. Ayer me pareciste
bastante competente —al ver que Shin Hye lo miraba con gesto de sorpresa, Yong
Hwa añadió—: He reconocido tu traje — deslizó la mirada lentamente por la
ceñida vestimenta rosa de Shin Hye—. Entonces, ¿vamos?
Era un reto, pura y simplemente. Yong Hwa
esperó a que Shin Hye decidiera si lo acompañaba o si bajaba a un nivel más
sencillo y menos excitante.
Shin Hye tomó sus esquís de la pared y los
colocó en el suelo.
El sonido de sus esquís deslizándose por
la blanca superficie era como seda desgarrada. La creciente velocidad del
descenso hacía que el pelo de Shin Hye volara hacia atrás. Había salido de la
cafetería tan deprisa que había olvidado recoger su gorro de lana.
Yong Hwa era una mancha azul y amarilla en
su visión periférica. Frenó un par de veces para colocarse a su altura.
—¿Vas bien? —gritó la primera vez, y Shin
Hye se arriesgó a mirarlo un momento.
—¡Perfectamente!
Cuando llegaron al final de la pista, Shin
Hye no frenó bien y acabó en el suelo, riendo.
Yong Hwa le ofreció su mano enguantada y
le ayudó a levantarse.
—¿Qué tal ha ido?
—¡Ha sido maravilloso! —Shin Hye se frotó
la nieve de los brazos y del cuerpo y Yong Hwa alargó una mano para apartar
unos copos de nieve de su pelo.
Su mano tocó la mejilla de Shin Hye y a
pesar de los guantes, ella sintió el contacto como una caricia. Sintió una
punzada de inquietud y trató de apartarse, olvidando que llevaba los esquís
puestos.
Habría vuelto a caer si Yong Hwa no la
hubiera sujetado.
—Gracias —dijo sin aliento, y no sólo por
el descenso—. Y gracias por ayudarme a bajar. Creo que no me habría atrevido a
hacerlo sola.
—Yo creo que sí —Yong Hwa miró hacia lo
alto de la pista—. ¿Quieres volver a intentarlo?
¿Por qué no? Después de la excitación del
descenso, la idea de volver a pistas más fáciles resultaba muy poco
estimulante. Shin Hye asintió.
—Sí. Pero esta vez no tienes por qué
frenar para esperarme.
Una vez arriba, Yong Hwa esperó a que Shin
Hye se lanzara primero. Se hallaba a medio camino cuando oyó un grito a sus
espaldas casi a la vez que dos jóvenes pasaban a toda velocidad a su lado. Un
rápido vistazo lateral le permitió ver a un tercero que estaba a punto de
chocar contra ella. Se desvió velozmente para evitar el impacto, pero al
hacerlo perdió el control y acabó cayendo en el borde de la pista, golpeándose
la cabeza dolorosamente contra una roca oculta bajo la nieve.
—¡Shin Hye! —Yong Hwa se detuvo junto a
ella, desenganchó sus botas de los esquís y se arrodilló para ayudarla a
erguirse—. ¿Te encuentras bien?
—Me he dado un golpe en la cabeza
—contestó Shin Hye aturdida—. Pero creo que no me he roto nada.
Yong Hwa maldijo entre dientes.
—Malditos locos. Quédate quieta. ¿En qué
parte de la cabeza te has golpeado?
Shin Hye se llevó una mano a un lateral e
hizo una mueca de dolor.
Yong Hwa volvió a maldecir.
—Déjame ver —tras quitarse los guantes se
inclinó hacia ella y apartó cuidadosamente su pelo—. Mmm. Ha sido un golpe
bastante fuerte. ¿Te sientes mareada?
—No.
—¿En serio? —Yong Hwa frunció el ceño y
apoyó las manos a ambos lados del rostro de Shin Hye, haciéndole alzarlo para
poder mirarla.
—En serio. Ya estoy bien —excepto por los
acelerados latidos de su corazón.
Shin Hye tomó un puñado de nieve y lo
frotó contra la zona en que había recibido el golpe.
—Deberías llevar un gorro —dijo Yong Hwa.
—Me lo quité en el café y lo he olvidado.
—¿Por qué no lo has dicho? —Yong Hwa
pareció irritado—Si hubiera sabido que tenías uno me habría asegurado de que te
lo pusieras.
—Lo siento —dijo ella—He vuelto a
estropear tu descenso.
—No te preocupes por eso. Aún me quedan
cinco días.
Shin Hye se preguntó si Yong Hwa habría
aprovechado la misma oferta de viaje que ella.
—No te he visto por el hotel.
—Me alojo en el refugio de un amigo —Yong
Hwa hizo una pausa—. ¿Acaso me has estado buscando?
Shin Hye parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
Yong Hwa la observó pensativamente.
—¿Crees que podrás levantarle con mi
ayuda?
—Sí —Shin Hye se puso en pie lentamente y
Yong Hwa le pasó una mano por la cintura, mirándola con expresión ligeramente
divertida—. Gracias —dijo, tensa—. Puedo arreglármelas sola.
Yong Hwa no se movió y Shin Hye le dedicó
una fiera mirada.
—Sé que parece que siempre necesito ayuda
cada vez que estás cerca, pero no es a propósito. Te aseguro que no he venido
aquí con la intención de encontrarme contigo —le horrorizaba que Yong Hwa
hubiera podido pensar algo parecido—. No encuentro tan fascinantes a los
escaladores, y además, por si lo has olvidado, estoy comprometida.
—Yo no lo he olvidado —replicó Yong Hwa—.
¿Y tú?
Shin Hye contuvo el aliento, furiosa.
—¡No! —no había hecho nada que pudiera ser
interpretado de esa manera, se dijo.
Yong Hwa aún no había retirado la mano de
su cintura y Shin Hye intento apartársela. Pero aquello fue un error, pues su
cuerpo se arqueó hacia él justo cuando Yong Hwa inclinaba la cabeza y aumentaba
la presión de su mano contra la ineficaz resistencia de Shin Hye.
—¿Podría hacerte olvidarlo?
Su voz y su rostro eran los del hombre que
aparecía en los sueños de Shin Hye y, por un instante, imaginó que aquella era
otra de sus fantasías nocturnas. El tiempo pareció detenerse.
Pero cuando la boca de Yong Hwa se hallaba
a escasos milímetros de los de ella, Shin Hye se apartó bruscamente, asaltada
por un repentino y familiar temor.
—¡No!
—De acuerdo —dijo Yong Hwa tranquilamente,
soltándola delicadamente. Recogió el bastón que había perdido Shin Hye y se lo
entregó cortésmente—. Pero no es ese el mensaje que he estado recibiendo de ti.
Ruborizándose, Shin Hye comprendió que
aquello era cierto. De alguna manera, Yong Hwa se había mezclado con la figura
que dominaba sus sueños desde la adolescencia. No era de extrañar que hubiera
captado algo raro. Ella misma se sentía confundida.
—Lo cierto es que me recuerdas a alguien
que... que conocí hace tiempo.
—¿A tu novio?
Shin Hye negó con la cabeza.
—¿Sabe tu novio lo de ese «alguien»?
—No hay nada que saber.
—¿Nada? —Yong Hwa rió brevemente.
Shin Hye lo miró, enfadada, y él añadió:
—Yo diría que tu novio tiene un problema.
—No tiene ningún problema —replicó ella
enfáticamente—. No comprendes.
—¿Y tú «como se llame» comprende?
—Jong Suk —dijo Shin Hye—No tiene nada de
qué preocuparse. Además, no es asunto tuyo.
—Puede que no. Pero si yo estuviera
comprometido contigo y te viera mirando a otro hombre como me miras a mí,
estaría preocupado. Y haría algo al respecto.
—¿Como qué? —preguntó Shin Hye sin pensar.
—Probablemente no querrías saberlo.
¿Violencia? Los labios de Shin Hye se
curvaron despectivamente.
—Por supuesto. ¡Los duros montañeros son
tan primitivos!
—Sí —dijo Yong Hwa con ojos brillantes—Lo
somos —alzó una mano y tomó a Shin Hye por la barbilla, obligándola a mirarlo.
Entonces se inclinó y la besó concienzudamente, explorando con sus labios los
de ella, haciéndole entreabrirlos.
Presa en sus esquís y con las manos
apoyadas en ambos bastones, Shin Hye apenas pudo moverse. Una sensación de
pánico luchó contra el ardiente arrebato de pasión que recorrió sus venas,
haciendo que sus labios se volvieran vergonzosamente dóciles bajo la presión de
los de Yong Hwa.
Un esquiador que pasó junto a ellos rió y
otro lanzó un silbido. Shin Hye hizo un sonido de protesta y trató de apartarse
de Yong Hwa.
Él alzó la cabeza y la miró.
—Si yo fuera tu Jong Suk, estaría muy
preocupado.
Tratando de recuperar el ritmo normal de
su respiración, Shin Hye dijo:
—Eso ha sido...
—¿Maravilloso? —sugirió Yong Hwa mientras
ella trataba de encontrar el adjetivo adecuado.
—¡Injusto! —espetó ella—Despreciable.
Yong Hwa frunció los labios.
—No creo que se me dé tan mal.
Se estaba burlando de ella.
—¡No tenías derecho a besarme!
—No me ha parecido que protestaras.
—¡Estoy protestando ahora!
Yong Hwa rió.
—Después del hecho.
—No he podido hacerlo antes. No sabía qué
pretendías.
Yong Hwa la miró entrecerrando los ojos.
—Pero lo sospechabas. Y querías saber lo
que sucedería.
A punto de negarlo, Shin Hye dudó y apretó
los dientes. Era cierto. Había querido saber qué haría Yong Hwa en lugar de Jong
Suk, cómo la besaría. Casi lo había invitado a hacerlo.
Mortificada, se apartó de él.
—Gracias por detenerte a ayudarme. Ahora
ya puedo seguir sola.
Pero Yong Hwa la siguió todo el camino.
—¿Te duele la cabeza? —preguntó mientras
se dirigían al telesilla.
—No. Es sólo un chichón.
—Si no te encuentras bien...
—Me encuentro bien. Pero creo que después
de esto voy a volver a la pista intermedia.
—Si eso te satisface... —dijo Yong Hwa,
apartándose a un lado.
Shin Hye mantuvo la vista fija al frente,
negándose a mirarlo. La silla se alzó en el aire y la alejó de él.
Shin Hye estaba en el bar del hotel,
tomando vino después de comer y charlando con dos chicas americanas, cuando vio
que entraba Yong Hwa, vestido con unos pantalones de pana y un amplio jersey de
lana. Miró a su alrededor, la vio y se acercó a la barra.
Shin Hye centró su atención en las dos
jóvenes, pero fue plenamente consciente de Yong Hwa mientras éste pedía una
bebida y luego se acercaba a ellas.
Cuando se detuvo frente a la mesa, Shin
Hye tuvo que alzar la vista.
—Hola, Shin Hye —Yong Hwa sacó el gorro de
lana de Shin Hye del bolsillo trasero de su pantalón y lo dejó en la mesa—. He
supuesto que lo echarías de menos.
—Gracias —contestó ella, mirando el gorro.
—¿Puedo? —preguntó Yong Hwa educadamente,
incluyendo en su mirada a las jóvenes extranjeras.
—¡Por supuesto! —una de ellas apartó su
silla para dejarle sitio.
Shin Hye hizo las presentaciones y observó
cómo encandilaba Yong Hwa a las chicas con sus historias sobre montañismo. Pero
cuando terminó su bebida y fue a levantarse para irse, él también se levantó.
Tras despedirse de las jóvenes, siguió a
Shin Hye al exterior.
—Quería hablar contigo —dijo cuando
estuvieron en el vestíbulo.
—¿Para qué?
Tomando a Shin Hye del brazo, Yong Hwa la
condujo hasta un par de sillones que había en un rincón.
—Para disculparme por haber imaginado que
te estabas cruzando conmigo a propósito —contestó él, una vez que estuvieron
sentados—Y por el beso... a pesar de que debo de reconocer que no lamento
habértelo dado. Me ha gustado demasiado.
Él no era el único, pensó Shin Hye,
sintiéndose culpable.
—Gracias —contestó—Acepto tus disculpas.
Supongo que tampoco puedo culparte porque creyeras que te estaba persiguiendo.
Supongo que estás bastante acostumbrado.
Yong Hwa sonrió.
—No tanto como quisiera. Iba a invitarte a
beber algo, pero...
No podían volver al bar ahora.
—Te tomo la palabra.
—Muy bien. Y yo te haré mantenerla —Yong
Hwa se apoyó relajadamente contra el respaldo de su asiento—Eres modelo,
¿verdad? Supongo que ese es el motivo por el que creí reconocerte el otro día
cuando... nos conocimos.
¿Sería ese el motivo por el que la miró
durante la cena benéfica? Shin Hye estaba acostumbrada a que la gente la
reconociera, aunque no supieran exactamente de qué.
—Probablemente me has visto en alguna
revista — sugirió—. O tal vez en la televisión.
—Te recordaría si te hubiera visto en la
televisión. No la veo mucho, y durante los últimos años he estado fuera del
país la mayor parte del tiempo.
—Escalando.
—Sí. En China, Europa, Sudamerica...
cualquier sitio donde hay montañas —Yong Hwa percibió algo en la expresión de
Shin Hye—¿No lo apruebas?
Ella se encogió de hombros.
—No entiendo esa afición por el riesgo.
Cuando hablaste sobre ello la noche de la cena me di cuenta de que estabas
enamorado de las montañas. Pero parece algo tan...
—¿Inútil? —Yong Hwa rió—Sólo los que lo
hacen lo comprenden. Escalar implica enfrentarse con los elementos,
experimentar lo peor que la naturaleza puede hacerte y superarlo. Es la
superación de uno mismo.
—¿Una y otra vez? ¿Hasta la muerte? ¿Como
tu amigo Young Ho?
El rostro de Yong Hwa se volvió
repentinamente inexpresivo y Shin Hye añadió con rapidez:
—Lo siento. No pretendía recordártelo.
Yong Hwa movió la cabeza.
—No importa —permaneció en silencio un
momento, mirando sus botas de cuero—Estoy acostumbrado a perder a mis amigos en
las montañas. Pocos de entre nosotros llegamos a viejos.
—¿Y eso te parece aceptable? —preguntó
Shin Hye, inexplicablemente enfadada—¿Puedes encogerte de hombros y decir,
«pobre Young Ho»?
—No es exactamente así. Pero en las
montañas comprendes lo poco que importa una vida humana en la escala de las
cosas. Y Young Ho murió haciendo...
—Lo que quería. Lo sé —Shin Hye habló en
un tono decididamente áspero—. Y dejó a una esposa y a dos hijos detrás
mientras lo hacía.
—Chae Won sabía a qué se exponía casándose
con él. Solían escalar juntos antes de que llegaran los niños.
—¿Y entonces ella lo dejó, pero él no?
—Escalar era su vida.
—¿Y la tuya?
Hubo un momento de silencio.
—No estoy casado.
Debía tener unos veintiocho años, pensó
Shin Hye; unos pocos más que ella.
—¿Has estado casado alguna vez?
La mirada de Yong Hwa se ensombreció.
—He estado a punto de casarme un par de
veces. Querían que renunciara a escalar.
—En ese caso, renuncio a convencerte —Shin
Hye se levantó y Yong Hwa la imitó—. Supongo que nos veremos por aquí.
Cuando se encaminó hacia las escaleras,
Yong Hwa alargó una mano y la sujetó por el brazo.
—¿Nos vemos mañana en la pista superior?
No quisiera pensar que te mantienes alejada de esa pista por mi culpa.
Shin Hye pensó que no había necesidad de
evitarlo. Yong Hwa se había disculpado, ambos comprendían la situación y no era
probable que ocurriera nada más. ¿Qué podía suceder en una popular pista de
esquí con docenas de personas a su alrededor?
La tentación venció al sentido común.
—Tal vez —contestó, sabiendo que era una
estupidez.

diosss !! ya quiero leer mas . la beso ! la besoooo haha y mira que ella no izo nada para apartarlo haha ese encuentro si que resuto incomodo pero le gusto al menos ya tiene algo para soñar mas mejor hahha que pasar se veran en la montaña o no ira ella alfin y al cabo aun les quedan a los dos 5 dias haha siguee me encanto
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