Era
el hombre de sus sueños. Lo reconoció. Lo reconoció en la repentina aceleración
de los latidos de su corazón y en la tensión de su respiración.
A través del gran salón, abarrotado de
personas que charlaban y bebían, el hombre alzó la cabeza y, como si hubiera
sentido los ojos de Shin Hye fijos en él, la buscó con la mirada.
Una oscura ceja se alzó interrogante y un
destello de especulación iluminó sus ojos oscuros. Las líneas de su boca se curvaron en una sutil
sonrisa.
—¿Shin ? —Jong Suk tocó el brazo de Shin
Hye y ésta se sobresaltó—¿Shin ?
Ella parpadeó.
—Lo siento. Estaba pensando —los
familiares rasgos de su prometido, sus ojos café y su pelo perfectamente
peinado parecían muy lejanos, en otra dimensión.
El pelo del desconocido, casi tan negro
como sus cejas, estaba descuidadamente peinado, mostraba soltura y lucia muy
bien con su traje moderno. Tenía una mano metida en un bolsillo del pantalón y
su actitud parecía muy relajada, a pesar de que no parecía pertenecer a aquel
ambiente.
—Voy a traerte una bebida —se acercó a un
camarero y tomó dos copas de la bandeja de plata que éste llevaba—Toma, pareces
necesitarlo —mientras la mano de Shin Hye se cerraba en torno a la copa, Jong
Suk la miró con gesto preocupado—¿No seguirás con gripe? Has perdido peso
—alargó una mano y apartó un mechón del pelo castaño rojizo de su prometida.
Shin Hye se obligó a sonreír.
—Estoy bien, en serio —dio un sorbo a su
vino y volvió a sonreír— Se supone que las modelos debemos estar delgadas.
Jong Suk le devolvió la sonrisa.
—No quiero que estés demasiado delgada
—alzó su vaso ante ella antes de volver a beber—Por nosotros, por nuestro
futuro.
Un inexplicable pánico revoloteó en torno
al corazón de Shin Hye. Entonces una pareja que conocían se acercó a ellos, y
mientras el hombre palmeaba el hombro de Jong Suk, la mujer le pidió a Shin Hye
que le dejara ver su anillo.
Shin Hye alargó amablemente su mano
izquierda y miró con inquietante desapego el gran diamante flanqueado por dos
más pequeños, casi como si no hubiera estado presente cuando Jong Suk lo
escogió en la joyería y se lo puso en el dedo, declarando con satisfacción que
le quedaba tan bien que parecía haber sido hecho para ella.
Shin Hye trató de recuperar la calidez que
sintió entonces, apenas dos semanas atrás.
Trató de centrar su mente en la
conversación que mantenían con la pareja. Pero apenas podía controlar el
impulso de mirar hacia el hombre que había evocado en ella aquella poderosa
sensación de reconocimiento.
Alguna antena interior parecía avisarle
cada vez que él se movía, acercándose hacia donde ella estaba.
Un escalofrío recorrió su espalda, y no
pudo evitar volver la cabeza. El hombre no miraba en su dirección, pero Shin
Hye vio que sus hombros se tensaban y empezaba a girarse. De inmediato, fijó la
vista en Jong Suk con tal atención que éste interrumpió lo que estaba diciendo
y la miró con gesto interrogante.
Shin Hye le dedicó una sonrisa de ánimo y
dio otro sorbo a su vino. No tenía ni idea de qué estaban hablando.
El hombre se alejó mientras la mayoría de
los presentes se dirigían hacia las mesas que había en la habitación contigua.
Se celebraba una fiesta benéfica en ayuda
de una viuda y los hijos de un alpinista que había muerto unos meses atrás en
una expedición al Himalaya. Yong Hwa, un amigo del alpinista que había
sobrevivido a la expedición, se encargaría de dar el discurso después de la
comida. Habían aparecido fotos de él en todos los periódicos nacionales cuando
ocurrió la tragedia, fotos de un hombre agotado de ojos oscuros ensombrecidos por unas cejas
cubiertas de nieve.
Todos los periódicos y televisiones de Corea
persiguieron aquella historia, pero él se negó a conceder entrevistas. Sin
embargo, alguien lo había persuadido para que hablara esa noche.
El hombre que tanto inquietaba a Shin Hye
se hallaba sentado en una mesa cercana a la pequeña tribuna en la que había un
micrófono. Lo miró una vez y enseguida bajó la mirada. Apenas probó la comida
que le sirvieron. Apartó el plato que tenía ante sí y tomó su copa de vino. Una
vez más, estaba vacía. Ya había bebido bastante más de lo habitual, pero cuando
Jong Suk rellenó su copa, le dedicó una distraída sonrisa y se la llevó a los
labios.
Él pasó un brazo en torno a ella y le
apretó suavemente el hombro.
—¿Te encuentras bien? —susurró, fijándose
en que Shin Hye ni siquiera había tocado su plato de postre.
—Por supuesto. Ya sabes que normalmente no
como dulces, y además, estoy llena.
Jong Suk sonrió y acarició la sien de Shin
Hye con su mejilla.
—Te sentará bien un poco de tarta —se
apartó un poco y observó el delgado cuello de Shin Hye—. No te vendría mal
engordar algo. Y no es que no estés preciosa —inclinándose junto a su oído,
susurró: Estoy deseando que nos quedemos a solas —luego tomó un poco de tarta
con la cucharilla y la llevó hasta los labios de Shin Hye, sonriendo—: Abre la
boca.
Shin Hye rió y negó con la cabeza, pero él
insistió. Finalmente entreabrió los labios y le dejó deslizar la cucharilla entre
ellos. Sabía asqueroso, y cuando Jong Suk repitió
el gesto, ella le puso una mano en la muñeca, sonriendo para que no pensara que
estaba enfadada.
—No, en serio. No puedo más.
Jong Suk también sonreía.
—Tienes un poco de crema...
Inclinó la cabeza y la beso haciendo que
la crema desapareciera del borde de los
labios de Shin Hye.
Alguien rió al otro extremo de la mesa y
ella se apartó y se volvió.
Su mirada chocó con unos intensos ojos negros.
Sintió que se ruborizaba mientras la
atenta expresión del hombre adquiría un matiz irónico. Shin Hye sintió una
mezcla de enfado y miedo.
Se sirvió el café y la organizadora del
acontecimiento se levantó para presentar al invitado, haciendo un resumen de su
aventurera carrera escalando montañas, trabajando en el Antártico, ayudando a
construir un hospital en el Nepal y explorando las regiones más altas y
salvajes del mundo. Finalmente bajo del estrado e inició una ronda de aplausos
en honor a Jung Yong Hwa.
Con una curiosa falta de sorpresa, Shin
Hye observó al hombre que se levantó y caminó confiadamente a ocupar su lugar
frente al micrófono. Antes no lo había reconocido.
Miró a su alrededor y Shin Hye pensó que
sus ojos brillaron al encontrarse con los de ella; entonces miró un papel que
sostenía en la mano y empezó a hablar.
Yong Hwa tenía una voz profunda. En cuanto
escuchó la primera sílaba, Shin Hye tuvo una profunda sensación de
reconocimiento.
Durante largo rato se limitó a escuchar el
sonido, no las palabras, con la mirada fija en el mantel blanco que cubría la
mesa. Pero después alzó los ojos y miró al orador. Y, como si se hubiera dado
cuenta, él inclinó la cabeza e hizo una pausa, deteniendo la mirada
momentáneamente en ella. Después, volvió a consultar el papel que tenía en la
mano y siguió hablando.
Shin Hye trató de refrenar el acelerado
ritmo de su corazón, diciéndose que Yong Hwa apenas podía ver a nadie en la
penumbra reinante.
Jong Suk se movió junto a ella, sin
apartar la mano de su hombro. Shin Hye tuvo que luchar contra un irracional e
intenso impulso de apartarse de él.
—No hay ningún sentimiento parecido a
estar en lo más alto del mundo —decía Yong Hwa—, en la cima del Everest,
mirando las montañas y el increíble paisaje que se extiende a sus pies... en
ese momento comprendes que todo el dolor, el esfuerzo y el peligro han merecido
la pena. Todos los escaladores quieren conquistar el Everest. Young Ho y yo lo
hicimos por primera vez, hace cinco años. Fue algo que ninguno de los dos
logramos olvidar.
Yong Hwa hizo una pausa y miró al suelo,
como buscando inspiración en él.
—Después de eso —continuó, alzando la
mirada lentamente—, lo único que puede hacerse es buscar cimas más duras,
nuevas vías de ascenso, montañas que aún están sin conquistar.
—¿Por qué? —murmuró Jong Suk con humor
junto al oído de Shin Hye.
Shin Hye movió la cabeza ligeramente. Ella
tampoco comprendía, pero de pronto sintió un apasionado deseo de hacerlo. Se
concentró intensamente, temiendo perderse una sola palabra.
—Siempre hay otra montaña —el orador apoyó
una mano en el borde del estrado—. Otro reto, otro riesgo, otra Circe tentando
a los hombres para que arriesguen su vida por ella... Los hombres y las mujeres
cometen equivocaciones —continuó lentamente, con la vista fija en algún punto distante
del salón—. Y las montañas son implacables con los errores. El año pasado se
llevaron al mejor amigo que he tenido o que nunca tendré. Young Ho era el mejor —volvió un poco la cabeza y su
mirada se encontró con la de Shin Hye, que se sintió atrapada por el desnudo dolor
que percibió en sus ojos—El mejor amigo, el mejor escalador, la mejor persona
que he conocido nunca. Lo echo de menos.
Tras un momento de intenso silencio, Yong
Hwa dio un paso atrás, alejándose del brillo del foco que iluminaba el estrado.
Su dolor pareció rodear a Shin Hye, que cerró los ojos, esforzándose por no
llorar.
Cuando volvió a abrirlos, él había vuelto
a ocupar su asiento entre aplausos. Jong Suk apartó la mano del hombro de Shin
Hye para aplaudir con los demás y ella hizo lo mismo.
Una mujer al otro lado de la mesa tomó su
servilleta y se secó los ojos.
«No soy la única», se dijo Shin Hye. Lo
más probable era que todas las mujeres asistentes a la comida se hubieran
sentido igualmente afectadas.
Al ver que Yong Hwa se levantaba para
estrechar la mano de una bonita joven que lo miraba con gesto de adoración,
Shin Hye se sintió repentinamente enfadada. No era justo que los hombres como
él, atractivos tanto por su físico como por su vida aventurera, permitieran que
las mujeres se enamoraran de ellos para luego dedicar sus vidas a la
persecución de un sueño que podía resultar mortal. Era injusto y cruel.
La joven sonrió y tocó levemente el brazo
del escalador. Su bonito rostro delataba con ingenuidad la admiración que sentía
por él, la facilidad con que su corazón se abriría a la más mínima insinuación.
—Tonta —murmuró Shin Hye, para sí.
—¿Qué? —Jong Suk se inclinó hacia ella.
Shin Hye movió la cabeza.
—Nada. ¿Podemos irnos ya? —no creía que
pudiera soportar más aquello. Se sentía alterada, y no comprendía por qué. Tal
vez Jong Suk tuviera razón; era posible que aún no se hubiera recuperado por
completo de la gripe.
—¿No quieres hablar con el invitado de
honor antes de irnos? —preguntó Jong Suk.
Había una nube de gente alrededor de Yong
Hwa. La chica había quedado un tanto alejada y miraba a su héroe con gesto
decepcionado.
—No —dijo Shin Hye—Ya tiene suficientes
admiradores. Además, estoy cansada.
Jong Suk se levantó para apartar la silla
de Shin Hye.
—Entonces, vámonos. Llamaré a un taxi.
Jong Suk nunca conducía cuando sabía que
iba a beber. Su estricto sentido de la responsabilidad era una de las cosas que
le gustaban a Shin Hye. Sabía que nunca tendría que temer que Jong Suk se
metiera inesperadamente en alguna peligrosa aventura.
Esperó en el vestíbulo mientras Jong Suk
salía a buscar un taxi.
No debería haber bebido tanto. Se sentía
un poco mareada. Miró a su alrededor en busca de un asiento. Las dos únicas
sillas del vestíbulo estaban ocupadas por una pareja que mantenía en voz baja
una discusión aparentemente apasionada.
Cerrando los ojos, se apoyó contra la
pared.
—¿Te encuentras bien?
Shin Hye se irguió de inmediato y abrió
los ojos al reconocer la profunda voz. Sintió que la frente se le enfriaba repentinamente,
a la vez que innumerables puntitos de luz danzaban ante sus ojos.
Unas fuertes manos la sujetaron por los
brazos, haciéndole recuperar el equilibrio. Shin Hye inclinó la cabeza y volvió
a cerrar los ojos, controlando así el breve mareo antes de volver a alzar la
vista.
Desde tan cerca, los ojos de Yong Hwa
resultaban inquietantemente penetrantes. Un pequeño lunar adornaba el borde de sus ojos. Su piel era morena. Olía
a jabón y a una mezcla de madera de pino y cimas nevadas. ¿Loción para después
del afeitado?
—Sí, estoy bien. Gracias.
—Estás muy pálida —dijo él, sin soltar a
Shin Hye.
—He tenido la gripe —contestó ella.
Los dedos de Yong Hwa acariciaron
distraídamente sus brazos. Shin Hye tragó con esfuerzo.
—¿Te vas ya? —preguntó con voz ligeramente
ronca. Aún debía haber muchas personas que querrían hablar con él.
—Me dirigía al servicio de caballeros
—contestó él—pero te he visto aquí, sola y pálida... —sonrió—. He pensado que
estabas a punto de desmayarte.
Ningún hombre debería tener una sonrisa
como aquella. Resaltaba los masculinos rasgos de su rostro, Shin Hye sintió la
involuntaria tensión de sus músculos faciales y supo que Yong Hwa había
percibido la tensión que había despertado en ella.
Volvió a sentirse mareada y él debió
notarlo, pues cerró los dedos de nuevo con fuerza en torno a sus brazos.
El cuerpo de Shin Hye se curvó hacia él, su
columna se arqueó sutilmente... movimientos pequeños pero inconfundibles.
Pestañeando, vio que la boca de Yong Hwa se entreabría mientras se inclinaba
hacia ella.
Entonces, oyó la voz de Jong Suk.
—Ya está, Shin . He conseguido uno —más
secamente, añadió: ¿Qué sucede?
Sobresaltada, Shin Hye dio un paso atrás.
Yong Hwa apartó sin prisas las manos de
sus brazos y se volvió.
—¿Quién eres? —preguntó al hombre que
había estado junto a Shin Hye toda la tarde.
Jong Suk parpadeó, tan molesto como
indeciso.
Shin Hye se colocó junto a él y apoyó una
mano en su brazo.
—Este es Lee Jong Suk—dijo— Mi prometido.
El señor Jung ha pensado que me iba a marear. Se ha ofrecido a ayudarme
amablemente.
Shin Hye sintió que sus mejillas ardían.
Su prometido habría notado que ya no estaba pálida.
—¿Te has mareado? —preguntó Jong Suk,
pasándole un brazo por la cintura.
—Un poco. Pero ya me encuentro bien.
Dirigiéndose a Jong Suk, Yong Hwa dijo:
—Si yo estuviera en tu lugar nunca la
dejaría sola. Podría haber caído en cualquier momento.
Shin Hye contuvo un instante el aliento.
—No es cierto. Sólo ha sido un leve mareo.
Estoy segura de que se me habría pasado.
—Al parecer, así ha sido —comentó el
escalador.
Shin Hye creyó percibir cierta ironía en
su mirada y en el tono de su voz.
—A pesar de todo —dijo Jong Suk con
excesiva afabilidad—, me alegro de que hayas estado aquí para ayudarla. Y nos
ha gustado mucho tu pequeño discurso, por cierto —alargó una mano que Yong Hwa
estrechó al cabo de un momento.
—Gracias.
—Gracias a ti por cuidar de mi novia.
Ahora, si nos disculpas, tengo un taxi esperando. Vamos, cariño...
Mientras se alejaban y Jong Suk abría la
puerta para dejarla pasar, Shin Hye supo que el otro hombre los observaba.
Resistió el impulso de volverse.
Yong Hwa estaba hecho del material con que
se elaboraban los sueños. Era la fantasía de toda mujer. Su amigo, el escalador
fallecido, también lo era. Shin Hye recordaba haber visto una foto de Young Ho
publicada en la prensa; un joven sonriendo contra la nevada cumbre de una
montaña, con el sol brillando sobre él, la capucha de su anorak echada hacia
atrás y unas gafas de alta montaña colgadas de su cuello.
En la misma página había una foto de su
viuda, que miraba valerosamente a la cámara con su hijo pequeño en brazos y el
otro aferrado a su rodilla.
En la breve entrevista alababa el coraje
de su marido. Shin Hye admiró aún más el de ella.
—Menos mal que tú no tienes deseos de
conquistar la cima de ninguna montaña —dijo cuando Jong Suk se sentó junto a
ella en el taxi.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él en tono
ligero.
Shin Hye le dedicó una mirada de auténtico
horror.
Jong Suk rió y la estrechó entre sus
brazos.
—Tengo otros deseos más interesantes
—susurró junto a su oído.
Shin Hye dejó que la besara y le devolvió
el beso, tratando de borrar de su mente el recuerdo de la intensa mirada de
Yong Hwa.
Luego de entrar a su departamento, Shin
Hye preparó café y se sentaron a beberlo en el cómodo sofá de dos plazas del
cuarto de estar. Pero cuando Jong Suk volvió a tomarla entre sus brazos, ella
apoyó la cabeza en su hombro y dijo:
—Estoy muy cansada, Jong Suk.
Él le acarició el pelo.
—Soy un egoísta.
—No, no es cierto. Eres el hombre más
agradable que he conocido. Pero supongo que tienes razón... no debo haber
superado la gripe todavía. Lo siento.
—No te preocupes por eso —Jong Suk la besó
en la frente—Esperaré hasta que estés totalmente recuperada.
Efectivamente, Jong Suk era el hombre más
agradable que había conocido Shin Hye. Entonces, ¿por qué de pronto le
resultaba difícil incluso mirarlo? ¿Por qué sentía que si no se iba pronto se
pondría a gritar?
Lo besó rápidamente en los labios y se
levantó para recoger las tazas.
—Puede que la próxima vez... —murmuró
vagamente.
Cualquier otro hombre se la habría llevado
a la cama un minuto después de ponerle el anillo de compromiso en el dedo, si
no antes. Pero Jong Suk era demasiado delicado como para hacer algo parecido.
Estaba dispuesto a esperar que llegara el momento adecuado.
Jong Suk llamó a otro taxi mientras Shin
Hye llevaba las tazas a la cocina. Estaba colgando el paño con que las había
secado tras fregarlas cuando Jong Suk se asomó a la puerta.
—Me voy —dijo—El taxi estará aquí dentro
de unos momentos.
Shin Hye lo acompañó a la puerta y él la
beso, acariciándole una mejilla con la mano mientras lo hacía.
Ella recordó las caricias de Yong Hwa en
sus brazos. La piel de sus dedos era más áspera que la de Jong Suk.
Cerró la puerta tras su prometido y apoyó
la cabeza en ella. ¿Qué le pasaba esa noche?
Se dio una ducha y se metió en la cama con
un camisón de algodón. Tras apagar la luz, permaneció largo rato con los ojos
abiertos en la oscuridad.
Cuando, finalmente, el sueño se apoderó de
ella, llegó él.
Fue como siempre. El hombre la sostenía
entre sus fuertes brazos y murmuraba palabras que Shin Hye no podía oír. Y ella
luchaba, asustada e incapaz de respirar, atrapada en silenciosas y tenebrosas
profundidades, hasta que la grave voz le mandaba permanecer quieta. Y las
palabras llegaban a ella con toda claridad. «Confía en mí».
Aquella voz la tranquilizaba, alejaba su
pánico. Sintió la boca del hombre en los labios, la calidez de su cuerpo
diluyendo el frío que la atenazaba. Entonces el hombre tiró de ella, sacándola
de la oscuridad a la luz. Y ella abrió los ojos y lo miró.
Había soñado con él tantas veces que ya
sabía cómo brillaba el sol tras su cabeza, de manera que no podía distinguir
sus rasgos.
Pero esta vez fue diferente. Sus ojos y su
pelo eran negros. El pecho contra el que se apoyaba y los fuertes hombros que
rodeaba con sus brazos estaban desnudos.
El la miró y ella sonrió, sintiendo que
sus labios se entreabrían bajo el fuego de la mirada del hombre.
Entonces él inclinó la cabeza y la besó.
El corazón de Shin Hye latía como si
hubiera estado corriendo y la manta y las sábanas estaban revueltas en torno a
su acalorado cuerpo. Tiró de ellas y encendió la lámpara de la mesilla de noche
para mirar la hora.
Apenas había dormido media hora.
Nunca había sido capaz de ver al hombre. A
veces despertaba llorando de frustración por ello.
Ahora, por primera vez, el hombre de sus sueños, de sus pesadillas,
tenía un rostro. Siguiente
wiuwwww!!!que sueños tan reales!!!y ya conocio al chico!!!!!owww unnie no demores en actualizar esta super!!!! *-*
ResponderEliminarwooo soño con yong Ñ3 talovez con el que siempre soño siempre fue el pero hasta hoy lo supo lastima que esta comprometida .. aunque eso no le quita la fuerte atraccion que sintio por el .. que por lo visto fue mutua woo me encanto el primer cap sigueee pronto
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