martes, 23 de junio de 2015

MIENTRAS DORMIA - CAPITULO 3

Cuando al dia siguiente Shin Hye llegó  a la pista superior, Yong Hwa salía del café. Al verle recoger sus esquís, se dijo que era una coincidencia, que no la había estado esperando.
Yong Hwa sonrió y, sin decir nada, se colocó junto a ella en el borde de la pista. Dejó que Shin Hye se lanzara primero y luego la siguió, superándola unos metros después con una serie de largas curvas.
Shin Hye empezó a imitarlo, observando cómo utilizaba su cuerpo, sintiendo la respuesta de sus propios músculos mientras seguía sus movimientos.
Terminó el descenso sin un solo error y se detuvo junto a Yong Hwa, ruborizada y orgullosa de sí misma mientras él la miraba con gesto de aprobación.
—¡No creía que fuera tan buena! —dijo involuntariamente.
—Ninguno de nosotros sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta —Yong Hwa sonrió y sugirió—: Te invito a beber algo antes de que lo intentemos de nuevo.
Shin Hye aceptó, pero la vez siguiente fue ella quien invitó las bebidas.
Esquiaron juntos cada día. Una tarde, Yong Hwa preguntó a Shin Hye si siempre había querido ser modelo. Ella rió y le contó que la única profesión que había considerado seriamente era ser maestra, cosa que hizo reír a Yong Hwa.
—Estaba haciendo mi último curso en el colegio cuando una amiga me pidió que desfilara con un vestido que había diseñado para un concurso de costura. Conseguimos el tercer puesto y una de las jueces se acercó a mí y me preguntó si estaba interesada en convertirme en modelo profesional. Mi amiga me convenció para que fuera a la agencia que sugirió la juez. Y... bueno, las cosas se desarrollaron a partir de ahí. ¿Y tú? ¿Cómo se convierte uno en escalador?
—Llevo esquiando desde los diez años, y empecé a escalar cuando tenía quince años. Conocí a Young Ho en la universidad y nos dedicamos a escalar durante los veranos.
—¿Qué estudiaste en la universidad?
—Me licencié en Ciencias Biológicas y Naturales y tengo una especialidad en Geología y preservación del medio ambiente.
—¿Fue así como conseguiste trabajar en la Antártida?
—Sí. Estudié el movimiento de los hielos e hice bastante escalada. Después Young Ho y yo escalamos el Everest y nos hicimos profesionales.
—¿Te ganabas la vida subiendo montañas?
—Como guías y acompañando a escaladores aficionados. Entre medias nos dedicábamos a explorar lugares y rutas que nadie había intentado antes.
—Debe ser muy caro organizar una expedición.  
—Consigo becas de diversas instituciones para llevar adelante estudios científicos; información geológica, análisis de hielo y nieve y estudios medioambientales. Algunas firmas de ropa y equipo de montaña ayudan a financiar las escaladas. Young Ho era muy hábil consiguiendo patrocinadores, y también era muy fotogénico — Yong Hwa sonrió con tristeza—Incluso trabajaba de vez en cuando de modelo. Yo solía tomarle el pelo al respecto. ¿Coincidiste alguna vez con él?
Shin Hye negó con la cabeza.
—Tu familia debe preocuparse mucho por ti.
—Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía catorce años y mi padre unos años después de un tumor cerebral. Tengo un hermano que vive en Estados Unidos con su esposa y sus hijos. Nos mantenemos en contacto, pero está demasiado ocupado como para preocuparse por mí.
—Eras muy joven cuando perdiste a tu madre —Shin Hye aún sentía pesar por la muerte de su padre, sucedida un año atrás. Debía ser mucho peor para un adolescente.
—La muerte es una consecuencia inevitable de la vida —Yong Hwa hizo una pausa—Supongo que aprendí eso antes que la mayoría de las personas.
—¿Fue ese el motivo por el que te dedicaste a escalar?
—Sin duda, hacerlo apartaba mi mente de otras cosas. Cuando escalas tienes que concentrarle en el siguiente paso. Si no lo haces, podría ser el último.
—A eso me refería.
Yong Hwa pareció sorprendido.
—¿A qué te referías?
—Pensaba que tal vez querías demostrar que podías... vencer a la muerte en su propio juego, a causa de tu madre.
Shin Hye pensó que tal vez había ofendido a Yong Hwa. Parecía desconcertado.
—Supongo que sí —dijo, lentamente—. Puede que tengas razón. Nunca lo había pensado en esos términos.
Shin Hye sonrió con gesto de disculpa.
—No pretendía psicoanalizarte.
—No importa —Yong Hwa la miró como si la estuviera viendo bajo una nueva luz. Shin Hye bajó la mirada y jugueteó con la cuchara de café hasta que él apartó la silla de la mesa y dijo—: ¿Volvemos arriba?
El quinto día, cuando Shin Hye llegó a la cafetería, Yong Hwa no estaba allí. Bebió dos tazas de café que no le apetecían antes de verlo bajando del telesilla.  
Cuando se acercó a él, Yong Hwa sonrió y dijo:
—Me alegra que me hayas esperado.
Shin Hye no lo negó. Por supuesto que lo había esperado. Pensó que llevaba mucho tiempo esperándolo. Años.
Tonterías. Sólo era un hombre al que había conocido por casualidad y al que probablemente no volvería a ver. Un hombre muy interesante, pero no el primero que encontraba tan atractivo.
Últimamente no soñaba con la oscura y misteriosa figura que la estrechaba contra su corazón, murmurando suaves palabras.
Estaba demasiado cansada como para soñar. Pero era la clase de agradable cansancio que le hacía anhelar la llegada de la mañana siguiente. Y cada día mejoraba su técnica esquiando, esforzándose en llegar al límite de su habilidad para mantenerse al nivel de Yong Hwa.
Por una vez, la pista estaba libre de otros esquiadores, excepto en la parte final.
Empezaron el descenso codo con codo y entonces Yong Hwa se desvió a la izquierda.
Shin Hye se desplazó hacia la derecha, mirando a Yong Hwa para ver cuándo cambiaba de dirección y en el mismo instante lo siguió, volviendo a reunirse con él.
Vio que sonreía y supo que le había leído la mente. Hicieron todo el trayecto separándose y reuniéndose. Habría sido una locura intentarlo con cualquier otro esquiador, pero Shin Hye sabía que Yong Hwa compensaría cualquiera de sus errores de cálculo y que podía fiarse de que llegarían a salvo hasta el final.
Cuando lo hicieron, entre los aplausos de algunos de los esquiadores que esperaban al telesilla, Shin Hye rió mientras palmeaba una mano con la de Yong Hwa en señal de triunfo.
Al mirar hacia atrás y ver en la nieve la perfecta serie de figuras de ochos que acababan de hacer se quedó boquiabierta.
—No puedo creer que lo hayamos hecho nosotros.
Como experiencia, era irrepetible. Shin Hye intuyó que intentarlo de nuevo sería un error.
Como si hubiera leído su mente, Yong Hwa dijo:
—Nada supera la primera vez.
Shin Hye supuso que ese era el motivo por el que no dejaba de buscar nuevas montañas que conquistar.
—Mañana es mi último día —dijo.
Yong Hwa miró a lo alto de la montaña, más allá de los esquiadores, hacia sus cumbres cubiertas de nieve inmaculada. Luego miró a Shin Hye a los ojos.
—Ven a escalar conmigo.
—¿A escalar?
—¿Lo has intentado alguna vez?
Shin Hye negó con la cabeza.
—No es difícil. Hoy puedo enseñarte algunas técnicas básicas y qué hacer en caso de una caída para frenar el deslizamiento cuanto antes. Buscaremos una ladera fácil en la que practicar. Pero antes de empezar habrá que equiparte.
Tenía algo de equipo en su todo terreno y encontraron una ladera cercana a la pista de esquí en la que le enseñó a Shin Hye cómo sostener el piolet mientras ascendía, a utilizarlo como freno y como ayuda para ascender en los tramos difíciles, a tantear la nieve para comprobar si era firme. También le enseñó técnicas para controlar una caída y para saber cómo maniobrar cuando fuera atada a un compañero.
Le preguntó qué pie calzaba y al día siguiente fue a recogerla al hotel cuando acababa de amanecer. Llevó consigo el equipo, incluyendo botas, crampones y casco para Shin Hye.
—Me los han prestado —explicó brevemente.
Le hizo repasar lo que había aprendido y le enseñó a quitar la nieve de los clavos de sus crampones con el piolet.
—Hay que mantenerlos sin nieve para que agarren.
Comieron algo y anotaron en el libro de los vigilantes del parque la ruta que pensaban seguir y la hora aproximada de su regreso. Después, se pusieron en marcha.
Yong Hwa se sujetó con una cuerda a Shin Hye, a pesar de que la primera parte del ascenso apenas tenía inclinación.
—No dejes que la cuerda se afloje demasiado —le recordó.
Cuando la ladera comenzó a hacerse más complicada, Shin Hye se alegró de estar sujeta a él. Jadeaba y tenía las sienes cubiertas de sudor cuando alcanzaron la cima de un empinado risco.
—Vamos a descansar aquí un rato —dijo Yong Hwa.
Su frente también estaba bañada en sudor, aunque no parecía tan sofocado como ella. Se pasó una mano enguantada por el rostro, contemplando el paisaje que los rodeaba, desolado y marrón cerca de la montaña, verde y brumoso más abajo.
Shin Hye permaneció sentada en la nieve, jadeando.
—¿Y haces esto por diversión?
Él la miró y rió brevemente.
—¿No estás disfrutando?
—La vista es bastante espectacular —admitió ella.
—¿Merece la pena?  
Shin Hye evadió la respuesta.
—¿Hasta dónde vamos a subir? —preguntó, mirando la pared de roca que pendía amenazadora sobre ellos.
—¿Hasta dónde quieres llegar? —preguntó él.
—No hasta el final —contestó Shin Hye. Enseguida, añadió—: Si lo hiciéramos no podríamos volver a la hora que hemos dicho, ¿verdad?
—No —asintió Yong Hwa tras una breve pausa—. No, si no te sientes dispuesta a hacerlo.
Shin Hye se puso en pie cuando empezó a sentir frío.
—De acuerdo —suspiró—Vamos a ponernos en marcha.
—¿Estás preparada? —Yong Hwa miró hacia arriba.
—Si tú lo estás —dijo ella en tono ligero.
—Recuerda lo que te he dicho. Avísame si tienes algún problema.
Al principio todo fue bien. Trabajo duro pero no difícil. Tal vez Shin Hye se volvió demasiado lanzada, pero mientras cruzaba un pequeño declive por delante de Yong Hwa, la nieve pareció desaparecer bajo sus botas y resbaló sobre un falso reborde. De pronto, se precipitó hacia el vacío.
Pero Yong Hwa frenó su caída con la cuerda. Suspendida en el aire, aterrorizada, Shin Hye alzó el rostro hacia él y lo vio de espaldas contra la pared de piedra, con las botas firmemente clavadas en la nieve y sujetando la cuerda en torno a su cintura.
Con su ayuda, siguiendo sus breves y calmadas instrucciones, jadeando por el esfuerzo, logró volver hasta el borde de la pared.
Una vez arriba, temblorosa, se abrazó a Yong Hwa como a un clavo ardiendo.
—¡Así que una escalada para principiantes! —protestó, con la respiración entrecortada.
—Te encuentras bien —el aliento de Yong Hwa acarició la oreja de Shin Hye mientras la estrechaba entre sus brazos—. Tranquila, no voy a soltarte.
Ella se estremeció, a la vez que su mente se poblaba de recuerdos e imágenes de sus sueños.
—Me... me has salvado la vida —balbuceó.
Yong Hwa aflojó su abrazo y llevó las manos hasta los hombros de Shin Hye.
—No ha sido tan dramático —frunciendo el ceño, añadió—. Pero no debería haberte arrastrado hasta aquí conmigo.
—¿Arrastrarme...? —Shin Hye no se había sentido en absoluto coaccionada; no podía alegar que Yong Hwa la hubiera arrastrado hasta allí. Entonces, mirando la cuerda de nylon que los unía, añadió en tono ligero—. Bueno, supongo que podría decirse algo así...
Alzó los ojos, deseando ver sonreír a Yong Hwa. Tras un momento de duda, fue recompensada.
—Eres una mujer valiente.
¿Valiente? Shin Hye negó con la cabeza.
—No lo creo —pero aquel no era momento para hablar de sus miedos y fobias. Y Yong Hwa, el intrépido escalador, no las entendería.
—¿Has salvado la vida a alguien alguna vez? —preguntó, sintiendo los fuertes latidos de su corazón.
La mirada de Yong Hwa se oscureció.
—No salvé a Young Ho.
Shin Hye volvió a sentir la oleada de dolor que emanó de él el día de la cena. Sin decir nada, tomó una de sus manos y la estrechó en la suya.
El no alzó la mirada, pero le devolvió el apretón.
Tras unos momentos de intenso silencio, continuaron la escalada.
Cuando llegaron al siguiente punto de descanso, Yong Hwa decidió que ya era hora de volver.
Shin Hye se sorprendió al comprobar que se sentía decepcionada, pero en ningún momento había existido la posibilidad real de que pudieran alcanzar la cima. Siguió a Yong Hwa obedientemente, teniendo en cuenta su advertencia para que no se relajara por el hecho de estar descendiendo.
—Se pierden más vidas bajando que subiendo, porque la gente se vuelve descuidada.
Llegaron de vuelta al todo terreno de Yong Hwa poco después de que empezara a nevar. Shin Hye agradeció intensamente la calefacción del vehículo mientras volvían al hotel. El viento y la nevada arreciaron durante el trayecto. Yong Hwa había hecho muy bien decidiendo bajar cuando lo hicieron.
—Gracias —dijo Shin Hye cuando Yong Hwa detuvo el todo terreno frente a la entrada del hotel—. Y gracias por haberme llevado a escalar.
—Quería que estuvieras conmigo allá arriba —con una extraña expresión de duda, Yong Hwa apartó un momento la mirada—. ¿Quieres comer conmigo?
Shin Hye miró la entrada del hotel.
—¿Dónde?
El consideró un momento la pregunta.
—¿Vendrías al refugio en que me alojo?
—¿Quién más está en él?
Yong Hwa hizo otra pausa.
—Estoy solo —estaba vuelto a medias hacia Shin Hye, con el antebrazo apoyado en el volante mientras esperaba su respuesta.  
—Con esta nieve, podríamos quedarnos atrapados en él —dijo ella.
Yong Hwa asintió.
—Es posible. ¿Te importaría?
Shin Hye tuvo que hacer un esfuerzo para que las palabras surgieran de sus labios.
—Puede que a Jong Suk le importara.
Yong Hwa volvió a asentir, pero no dijo nada.
Shin Hye pensó que no podía hacerle eso a Jong Suk. O a sí misma. La extraña atracción que aquel hombre ejercía sobre ella, no justificaba que engañara a su novio, traicionando sus propios principios.
—No puedo.
—Supongo que no —respondió Yong Hwa, como si aquella fuera la respuesta que esperaba—. ¿Y si comemos aquí, en el comedor del hotel? A tu prometido no le importaría eso, ¿no?
Shin Hye se aferró a aquella vía de escape, agradecida.
—Seguro que no. Sería muy... agradable.
Sin duda, Jong Suk tendría motivos para quejarse si supiera cuánto le pesaba la idea de tener que despedirse de Yong Hwa para siempre, que la perspectiva de no volver a verlo le producía un miedo irracional.
—Voy a volver al refugio a ducharme y vestirme —dijo Yong Hwa—. ¿Te parece bien que nos veamos a las siete?
Shin Hye asintió. Ya era demasiado tarde para echarse atrás, se dijo, sintiendo un culpable alivio.
—Conduce con cuidado. No, no te molestes en salir, puedo arreglármelas sola —temía que Yong Hwa volviera a tocarla. No sabía si iba a poder superar una comida con él sin que averiguara lo que sentía. Al menos había tenido el sentido común de insistir en comer en un lugar público.
En cuanto subió a su habitación llamó a Jong Suk. Necesitaba hablar con él, oír su voz, recordar que el hombre con quien iba a casarse la esperaba. Recordar por qué lo amaba, su ternura y sensibilidad, su humor, su integridad...
Pero Jong Suk tenía puesto el contestador. Shin Hye colgó el teléfono y, tras unos segundos de duda, volvió a llamar y dejó un mensaje.
—He quedado para cenar en el comedor del hotel. Está nevando. Nos vemos mañana por la noche. Te quiero.
¿Por qué se sentía como una traidora?
Debería llamar a Yong Hwa. «Lo siento, la cena queda suspendida. Gracias y adiós».
No sabía cómo localizarlo.
Podía dejar un mensaje para él en recepción diciendo que no se encontraba bien.
¿Y si pedía que le subieran la cena a la habitación? Sería un comportamiento cobarde.
«Porque tengo miedo. Miedo del efecto que causas en mí. Miedo de lo tentada que me he sentido a pasar la noche contigo en el refugio de tus amigos. Miedo de mi propia debilidad. Miedo porque eres la personificación de mis sueños... sueños que son a la vez eróticos y aterradores».
«Miedo a descubrir que eres quien creo que eres... o que no lo eres».
Tras ducharse, Shin Hye se puso una falda de lana y un suave jersey de mohair. Luego se maquilló austeramente, dejándose los labios sin pintar.
Cuando bajó al vestíbulo del hotel, Yong Hwa la estaba esperando. Vestía pantalones de pana, un jersey crema con cuello en forma de V y una camiseta color jade.
No sonrió mientras Shin Hye caminaba hacia él. Pero sacó las manos de los bolsillos y alargó una hacia ella. Shin Hye la tomó sin pensarlo y lo miró a los ojos.
—¿Quieres que bebamos algo antes de comer? — preguntó él.
Shin Hye pensó que tal vez le vendría bien una copa.
—Tomaré vino.
Fueron hasta la barra del bar, donde ocuparon unas banquetas. Yong Hwa pidió las bebidas.
Shin Hye dio un lento sorbo a la suya. Un hombre que se hallaba en el otro extremo de la barra la estaba mirando. Tocó con el codo a la mujer que se encontraba a su lado y ésta también la miró. Shin Hye bajó la vista y contempló la bebida de su vaso.
—¿Te arrepientes de haber aceptado cenar conmigo?
La voz de Yong Hwa hizo que Shin Hye alzara la cabeza.
—¿Por qué iba a arrepentirme? —replicó, preguntándose si Yong Hwa podría leer con tanta facilidad su incertidumbre.
—Pareces... distraída.
—He tratado de llamar a Jong Suk. No estaba en casa.
—¿Para pedirle permiso?
—No necesito su permiso. Nuestra relación no es así.
—¿Cómo es? —Yong Hwa se inclinó hacia Shin Hye, como si realmente quisiera una respuesta.
Ella le dedicó una cautelosa mirada y él se encogió de hombros.  
—Mi pregunta está fuera de lugar, lo sé. La retiro — tomó su bebida y dio un sorbo—. ¿Te preocupa que esté con otra mujer?
—Sé que no está con otra mujer.
—Suponiendo que sí... ¿te importaría?
—En ese caso sería algo totalmente inocente. Sé que puedo confiar en él.
—¿Como él confía en ti?
Shin Hye dio unas vueltas a su vaso antes de contestar.
—No tiene ningún motivo para desconfiar —dijo, pero no fue capaz de mirar a Yong Hwa mientras lo decía.
—De acuerdo —replicó él al cabo de un momento—. He captado el mensaje.
Shin Hye alzó el vaso para que Yong Hwa no viera el rubor de sus mejillas y terminó su bebida. ¿Acaso había sido tan obvia?
—¿Cenamos ya? —preguntó Yong Hwa, mirando su vaso vacío—. ¿O quieres beber algo más antes?
—No, no me apetece beber más —Shin Hye bajó de la banqueta—Y escalar despierta el apetito.
La comida estaba deliciosa, y el vino que encargó Yong Hwa ayudó a Shin Hye a relajarse. Él apenas bebió y ella recordó que luego tenía que conducir de vuelta al refugio.
—¿Llevas cadenas en tu todo terreno?
—Sí, por supuesto. Siempre las llevo.
Mantuvieron la conversación en un plano superficial, hablando de las últimas películas que habían visto, de los países que habían visitado. Yong Hwa había estado en las Montañas Rocosas, en los Andes, en los Alpes... Shin Hye conocía las ciudades, Tokio, Hong Kong, Sydney, Londres, Nueva York, Inglaterra...
—Incluso cuando estoy trabajando trato de visitar los lugares a los que voy.
Yong Hwa mencionó una escalada en Gales y Shin Hye dijo:
—Cuando estuve en Inglaterra fui a Hay on Wye, en la frontera galesa. ¿Lo conoces?
—¿Tiene montañas?
Shin Hye rió.
—Montañas de libros. Es un pequeño pueblo lleno de librerías. Me pasé el día en él y salí llena de libros, la mayoría de segunda mano.
—Evidentemente, te gusta leer.
—En la profesión de modelo se pasan muchos ratos de espera. Una sesión de fotos puede resultar muy aburrida mientras el fotógrafo y el director artístico discuten sobre cómo deberían hacerse las cosas. Si no tuviera algo que hacer me volvería loca, y me encanta leer.
—Sé a qué te refieres. Una vez pasé varios días en una cueva debido a una ventisca. Para cuando el viento amainó podría haber recitado Moby Dick de atrás a delante.
El tema de la lectura dio pie a una agradable conversación.
—A mí me encantan los libros de viajes —dijo Shin Hye.
—¿Por qué leer sobre ello en lugar de viajar?
—Algunas personas no pueden viajar, así que leen. ¿Nunca has escrito tus aventuras?
—Algunos escaladores escriben para revistas de viajes. En la cena en que nos conocimos un editor me propuso escribir un libro sobre la historia de la expedición. Le dije que lo pensaría, pero con la condición de que, si aceptaba, los beneficios irían a parar a manos de Chae Won y sus hijos. Pero no soy escritor.
«Yo sí», estuvo a punto de decir Shin Hye. Había escrito varios artículos de viajes bajo el seudónimo de Hacci para algunas revistas, a veces para las mismas en las que aparecía como modelo.
Mientras tomaban el café, Shin Hye se dio cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo.
Contempló el humo de la taza que sostenía entre las manos, tratando de formular la pregunta que no había dejado de rondar su mente desde la noche de la cena en que vio a Yong Hwa. ¿Por dónde debía empezar? Si se lo preguntaba directamente, ¿pensaría que estaba loca?
Respiró profundamente y alzó la mirada. Y vio que Yong Hwa la estaba observando con una intensidad que la dejó sin aliento.
—¿Qué sucede? —murmuró.
—¿Tienes idea de lo preciosa que eres? —preguntó él con voz ronca. Luego, como si sus palabras hubieran roto algún encanto, se apoyó contra el respaldo del asiento y sonrió irónicamente—Es una pregunta estúpida. Por supuesto que lo sabes. Probablemente te lo dicen varias veces al día.
—No necesariamente —algunos de los fotógrafos con los que trabajaba Shin Hye no dejaban de piropear a las modelos durante las sesiones, pero otros podían ponerse muy desagradables.
—¿Te gusta tu trabajo? —preguntó Yong Hwa con curiosidad—. Al menos mientras no estás esperando.
—Me gusta la variedad, la cantidad de gente con talento que conozco. De vez en cuando trabajamos con fotógrafos y directores que son auténticos artistas. Aunque algunos tienen a veces ideas muy extravagantes. Uno nos hizo posar en un desierto ubicado en Australia, montadas en camello y vistiendo trajes de noche. Descubrí que los camellos son las criaturas con peor mal genio de la tierra. Son más testarudos que los asnos. Y, desgraciadamente, también descubrí por qué los llaman los barcos del desierto; se balancean tanto que te mareas.
Yong Hwa rió.
—Si te mareas en tierra, ¿cómo te las arreglas cuando tienes que posar en un barco?
—Me mantengo alejada de ellos —respondió Shin Hye, bajando la mirada—. Odio el mar.
—¿Lo odias?  
—Sí, bueno... Hay una razón para ello.
El destello burlón desapareció de inmediato de los ojos de Yong Hwa.
—¿Quieres hablar de ello?
Shin Hye se humedeció los labios.
—Fue algo que sucedió cuando tenía dieciséis años. Antes de eso me gustaba mucho el mar. Mi familia solía viajar a Busan solo  pasar los veranos en la playa.
—Es casi una tradición en Corea —dijo Yong Hwa.
Shin Hye sonrió.
—A mi padre le encantaba irse de la ciudad y pescar. Mamá tomaba el sol y leía mientras mi hermana y yo nos bañábamos.
Aquel verano había sido como cualquier otro, excepto porque Min Young había descubierto a los chicos. Once meses mayor que Shin Hye tenía una figura espectacular. Shin Hye se desarrolló más tarde. Mientras Min Young se sentía fascinada por los jóvenes que la rondaban con sus tablas de surf, Shin Hye no se sentía afectada en lo más mínimo por sus demostraciones de habilidad sobre las olas, y menos aún por sus intentos de ligar con ella y con su hermana. Sobre todo con su hermana.
Un día, mientras las hermanas se bañaban rodeadas de los habituales jóvenes surfistas, Shin Hye decidió nadar más allá de la zona donde rompían las olas para flotar un rato cómodamente sobre el agua. Mientras lo hacía, se fijó en un surfista que se hallaba de espaldas a ella, arrodillado sobre su tabla, esperando una ola. Cuando se puso en pie para tomarla, Shin Hye pensó que parecía una auténtica obra de arte. Observándolo, experimentó la misma admiración y placer que sentía cuando veía una escultura de un Ángel.
Vio cómo cabalgaba sobre la ola, manteniendo un equilibrio perfecto sobre su cresta para luego curvarse cuando rompía. Un instante después, el joven y su tabla desaparecieron de la vista de Shin Hye.
Nadó un poco más, flotó un rato tumbada boca arriba y luego decidió volver. Era una experta nadadora y solía hacer aquello a menudo. Al principio no comprendió por qué tardaba tanto en acercarse a la costa. Entonces notó la fuerza de la corriente que se oponía a su avance y sintió que el corazón se le encogía. Había caído en la onda de un amplio remolino.  
«No te asustes», se dijo. «No luches contra la corriente. Nada a lo largo de ella». En teoría, sabía lo que debía hacer. Pero resultó más difícil de lo que había imaginado.
Los guardacostas la verían si flotaba boca arriba y alzaba un brazo, pero no quería montar ningún número. Podía encontrar el borde del remolino y salir a aguas más tranquilas. Pero, a pesar de sus esfuerzos, cada vez se alejaba más hacia alta mar, y empezaba a cansarse.
Notó una especie de conmoción en la costa. Vio que la gente corría y a varios hombres subiendo a un bote. Los guardacostas estaban en el agua.
Iban a rescatarla. Dejó de nadar, aliviada, y se encontró tragando agua, hundiéndose. Salió a la superficie precipitadamente y trató de flotar, moviendo cansinamente los brazos. Debía nadar hacia los guardacostas, facilitar las cosas a todo el mundo.
Había mucha actividad en la costa. Incrédula, vio que el barco volvía hacia la playa y comprendió lo que había sucedido.
El remolino debía haber aparecido de repente y ella no era la única que se había visto atrapada en él. Los guardacostas estaban muy ocupados salvando a otras personas. Shin Hye no había hecho señales, no había llamado la atención de nadie. Nadie se había fijado en ella. Un intenso frío se apoderó de ella.
Verdaderamente asustada, trató de gritar. Pero sólo logró tragar más agua salada. Tosiendo, se tumbo de espaldas, disponiéndose a alzar un brazo para pedir ayuda, pero sólo logró volver a hundirse.
«Soy una buena nadadora», se dijo. «No me hundiré. ¡No puedo hacerlo!»
Empezó a mover las piernas y una inesperada punzada de dolor atenazó sus músculos. Abrió la boca en un involuntario esfuerzo por gritar antes de que se le llenara de agua.

Trató de contener el aliento mientras se hundía, pero todo se oscureció a su alrededor y el único sonido que escuchó fue el del agua entrando en sus oídos. «Voy a morir», pensó, más asombrada que asustada. Le dolía el pecho y sus piernas se negaban a moverse. Entonces debió perder el sentido.


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1 comentario:

  1. y dedusco que la hermana de shin fue la que la slavo pero murio ? ... no ... o no se hahaha .... a shin yo no desaprobecharia una oportunidad asi con yong :3 :3 .... haha es muy lindo ... y por lo que vi a el le gusta mucho pero ella ..aaa lamentablemente esta comprometida ... sigueee me encanto el cap ya quiero leer el siguiente

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