Cuando al dia siguiente Shin Hye llegó a la pista superior, Yong Hwa salía del café.
Al verle recoger sus esquís, se dijo que era una coincidencia, que no la había
estado esperando.
Yong Hwa sonrió y, sin decir nada, se
colocó junto a ella en el borde de la pista. Dejó que Shin Hye se lanzara
primero y luego la siguió, superándola unos metros después con una serie de
largas curvas.
Shin Hye empezó a imitarlo, observando
cómo utilizaba su cuerpo, sintiendo la respuesta de sus propios músculos
mientras seguía sus movimientos.
Terminó el descenso sin un solo error y se
detuvo junto a Yong Hwa, ruborizada y orgullosa de sí misma mientras él la
miraba con gesto de aprobación.
—¡No creía que fuera tan buena! —dijo
involuntariamente.
—Ninguno de nosotros sabe lo que puede
hacer hasta que lo intenta —Yong Hwa sonrió y sugirió—: Te invito a beber algo
antes de que lo intentemos de nuevo.
Shin Hye aceptó, pero la vez siguiente fue
ella quien invitó las bebidas.
Esquiaron juntos cada día. Una tarde, Yong
Hwa preguntó a Shin Hye si siempre había querido ser modelo. Ella rió y le
contó que la única profesión que había considerado seriamente era ser maestra,
cosa que hizo reír a Yong Hwa.
—Estaba haciendo mi último curso en el
colegio cuando una amiga me pidió que desfilara con un vestido que había
diseñado para un concurso de costura. Conseguimos el tercer puesto y una de las
jueces se acercó a mí y me preguntó si estaba interesada en convertirme en
modelo profesional. Mi amiga me convenció para que fuera a la agencia que
sugirió la juez. Y... bueno, las cosas se desarrollaron a partir de ahí. ¿Y tú?
¿Cómo se convierte uno en escalador?
—Llevo esquiando desde los diez años, y
empecé a escalar cuando tenía quince años. Conocí a Young Ho en la universidad
y nos dedicamos a escalar durante los veranos.
—¿Qué estudiaste en la universidad?
—Me licencié en Ciencias Biológicas y Naturales
y tengo una especialidad en Geología y preservación del medio ambiente.
—¿Fue así como conseguiste trabajar en la
Antártida?
—Sí. Estudié el movimiento de los hielos e
hice bastante escalada. Después Young Ho y yo escalamos el Everest y nos
hicimos profesionales.
—¿Te ganabas la vida subiendo montañas?
—Como guías y acompañando a escaladores
aficionados. Entre medias nos dedicábamos a explorar lugares y rutas que nadie
había intentado antes.
—Debe ser muy caro organizar una
expedición.
—Consigo becas de diversas instituciones
para llevar adelante estudios científicos; información geológica, análisis de
hielo y nieve y estudios medioambientales. Algunas firmas de ropa y equipo de
montaña ayudan a financiar las escaladas. Young Ho era muy hábil consiguiendo
patrocinadores, y también era muy fotogénico — Yong Hwa sonrió con tristeza—Incluso
trabajaba de vez en cuando de modelo. Yo solía tomarle el pelo al respecto.
¿Coincidiste alguna vez con él?
Shin Hye negó con la cabeza.
—Tu familia debe preocuparse mucho por ti.
—Mi madre murió en un accidente de coche
cuando yo tenía catorce años y mi padre unos años después de un tumor cerebral.
Tengo un hermano que vive en Estados Unidos con su esposa y sus hijos. Nos
mantenemos en contacto, pero está demasiado ocupado como para preocuparse por
mí.
—Eras muy joven cuando perdiste a tu madre
—Shin Hye aún sentía pesar por la muerte de su padre, sucedida un año atrás.
Debía ser mucho peor para un adolescente.
—La muerte es una consecuencia inevitable de
la vida —Yong Hwa hizo una pausa—Supongo que aprendí eso antes que la mayoría
de las personas.
—¿Fue ese el motivo por el que te
dedicaste a escalar?
—Sin duda, hacerlo apartaba mi mente de
otras cosas. Cuando escalas tienes que concentrarle en el siguiente paso. Si no
lo haces, podría ser el último.
—A eso me refería.
Yong Hwa pareció sorprendido.
—¿A qué te referías?
—Pensaba que tal vez querías demostrar que
podías... vencer a la muerte en su propio juego, a causa de tu madre.
Shin Hye pensó que tal vez había ofendido
a Yong Hwa. Parecía desconcertado.
—Supongo que sí —dijo, lentamente—. Puede
que tengas razón. Nunca lo había pensado en esos términos.
Shin Hye sonrió con gesto de disculpa.
—No pretendía psicoanalizarte.
—No importa —Yong Hwa la miró como si la
estuviera viendo bajo una nueva luz. Shin Hye bajó la mirada y jugueteó con la
cuchara de café hasta que él apartó la silla de la mesa y dijo—: ¿Volvemos
arriba?
El quinto día, cuando Shin Hye llegó a la
cafetería, Yong Hwa no estaba allí. Bebió dos tazas de café que no le apetecían
antes de verlo bajando del telesilla.
Cuando se acercó a él, Yong Hwa sonrió y
dijo:
—Me alegra que me hayas esperado.
Shin Hye no lo negó. Por supuesto que lo
había esperado. Pensó que llevaba mucho tiempo esperándolo. Años.
Tonterías. Sólo era un hombre al que había
conocido por casualidad y al que probablemente no volvería a ver. Un hombre muy
interesante, pero no el primero que encontraba tan atractivo.
Últimamente no soñaba con la oscura y
misteriosa figura que la estrechaba contra su corazón, murmurando suaves
palabras.
Estaba demasiado cansada como para soñar.
Pero era la clase de agradable cansancio que le hacía anhelar la llegada de la
mañana siguiente. Y cada día mejoraba su técnica esquiando, esforzándose en
llegar al límite de su habilidad para mantenerse al nivel de Yong Hwa.
Por una vez, la pista estaba libre de
otros esquiadores, excepto en la parte final.
Empezaron el descenso codo con codo y entonces
Yong Hwa se desvió a la izquierda.
Shin Hye se desplazó hacia la derecha,
mirando a Yong Hwa para ver cuándo cambiaba de dirección y en el mismo instante
lo siguió, volviendo a reunirse con él.
Vio que sonreía y supo que le había leído
la mente. Hicieron todo el trayecto separándose y reuniéndose. Habría sido una
locura intentarlo con cualquier otro esquiador, pero Shin Hye sabía que Yong
Hwa compensaría cualquiera de sus errores de cálculo y que podía fiarse de que
llegarían a salvo hasta el final.
Cuando lo hicieron, entre los aplausos de
algunos de los esquiadores que esperaban al telesilla, Shin Hye rió mientras
palmeaba una mano con la de Yong Hwa en señal de triunfo.
Al mirar hacia atrás y ver en la nieve la
perfecta serie de figuras de ochos que acababan de hacer se quedó boquiabierta.
—No puedo creer que lo hayamos hecho
nosotros.
Como experiencia, era irrepetible. Shin
Hye intuyó que intentarlo de nuevo sería un error.
Como si hubiera leído su mente, Yong Hwa
dijo:
—Nada supera la primera vez.
Shin Hye supuso que ese era el motivo por
el que no dejaba de buscar nuevas montañas que conquistar.
—Mañana es mi último día —dijo.
Yong Hwa miró a lo alto de la montaña, más
allá de los esquiadores, hacia sus cumbres cubiertas de nieve inmaculada. Luego
miró a Shin Hye a los ojos.
—Ven a escalar conmigo.
—¿A escalar?
—¿Lo has intentado alguna vez?
Shin Hye negó con la cabeza.
—No es difícil. Hoy puedo enseñarte
algunas técnicas básicas y qué hacer en caso de una caída para frenar el
deslizamiento cuanto antes. Buscaremos una ladera fácil en la que practicar.
Pero antes de empezar habrá que equiparte.
Tenía algo de equipo en su todo terreno y
encontraron una ladera cercana a la pista de esquí en la que le enseñó a Shin
Hye cómo sostener el piolet mientras ascendía, a utilizarlo como freno y como
ayuda para ascender en los tramos difíciles, a tantear la nieve para comprobar
si era firme. También le enseñó técnicas para controlar una caída y para saber
cómo maniobrar cuando fuera atada a un compañero.
Le preguntó qué pie calzaba y al día
siguiente fue a recogerla al hotel cuando acababa de amanecer. Llevó consigo el
equipo, incluyendo botas, crampones y casco para Shin Hye.
—Me los han prestado —explicó brevemente.
Le hizo repasar lo que había aprendido y
le enseñó a quitar la nieve de los clavos de sus crampones con el piolet.
—Hay que mantenerlos sin nieve para que
agarren.
Comieron algo y anotaron en el libro de
los vigilantes del parque la ruta que pensaban seguir y la hora aproximada de
su regreso. Después, se pusieron en marcha.
Yong Hwa se sujetó con una cuerda a Shin
Hye, a pesar de que la primera parte del ascenso apenas tenía inclinación.
—No dejes que la cuerda se afloje
demasiado —le recordó.
Cuando la ladera comenzó a hacerse más
complicada, Shin Hye se alegró de estar sujeta a él. Jadeaba y tenía las sienes
cubiertas de sudor cuando alcanzaron la cima de un empinado risco.
—Vamos a descansar aquí un rato —dijo Yong
Hwa.
Su frente también estaba bañada en sudor,
aunque no parecía tan sofocado como ella. Se pasó una mano enguantada por el
rostro, contemplando el paisaje que los rodeaba, desolado y marrón cerca de la
montaña, verde y brumoso más abajo.
Shin Hye permaneció sentada en la nieve,
jadeando.
—¿Y haces esto por diversión?
Él la miró y rió brevemente.
—¿No estás disfrutando?
—La vista es bastante espectacular
—admitió ella.
—¿Merece la pena?
Shin Hye evadió la respuesta.
—¿Hasta dónde vamos a subir? —preguntó,
mirando la pared de roca que pendía amenazadora sobre ellos.
—¿Hasta dónde quieres llegar? —preguntó
él.
—No hasta el final —contestó Shin Hye.
Enseguida, añadió—: Si lo hiciéramos no podríamos volver a la hora que hemos
dicho, ¿verdad?
—No —asintió Yong Hwa tras una breve
pausa—. No, si no te sientes dispuesta a hacerlo.
Shin Hye se puso en pie cuando empezó a
sentir frío.
—De acuerdo —suspiró—Vamos a ponernos en
marcha.
—¿Estás preparada? —Yong Hwa miró hacia
arriba.
—Si tú lo estás —dijo ella en tono ligero.
—Recuerda lo que te he dicho. Avísame si
tienes algún problema.
Al principio todo fue bien. Trabajo duro
pero no difícil. Tal vez Shin Hye se volvió demasiado lanzada, pero mientras
cruzaba un pequeño declive por delante de Yong Hwa, la nieve pareció desaparecer
bajo sus botas y resbaló sobre un falso reborde. De pronto, se precipitó hacia
el vacío.
Pero Yong Hwa frenó su caída con la
cuerda. Suspendida en el aire, aterrorizada, Shin Hye alzó el rostro hacia él y
lo vio de espaldas contra la pared de piedra, con las botas firmemente clavadas
en la nieve y sujetando la cuerda en torno a su cintura.
Con su ayuda, siguiendo sus breves y
calmadas instrucciones, jadeando por el esfuerzo, logró volver hasta el borde
de la pared.
Una vez arriba, temblorosa, se abrazó a
Yong Hwa como a un clavo ardiendo.
—¡Así que una escalada para principiantes!
—protestó, con la respiración entrecortada.
—Te encuentras bien —el aliento de Yong
Hwa acarició la oreja de Shin Hye mientras la estrechaba entre sus brazos—.
Tranquila, no voy a soltarte.
Ella se estremeció, a la vez que su mente
se poblaba de recuerdos e imágenes de sus sueños.
—Me... me has salvado la vida —balbuceó.
Yong Hwa aflojó su abrazo y llevó las
manos hasta los hombros de Shin Hye.
—No ha sido tan dramático —frunciendo el
ceño, añadió—. Pero no debería haberte arrastrado hasta aquí conmigo.
—¿Arrastrarme...? —Shin Hye no se había
sentido en absoluto coaccionada; no podía alegar que Yong Hwa la hubiera
arrastrado hasta allí. Entonces, mirando la cuerda de nylon que los unía,
añadió en tono ligero—. Bueno, supongo que podría decirse algo así...
Alzó los ojos, deseando ver sonreír a Yong
Hwa. Tras un momento de duda, fue recompensada.
—Eres una mujer valiente.
¿Valiente? Shin Hye negó con la cabeza.
—No lo creo —pero aquel no era momento
para hablar de sus miedos y fobias. Y Yong Hwa, el intrépido escalador, no las
entendería.
—¿Has salvado la vida a alguien alguna
vez? —preguntó, sintiendo los fuertes latidos de su corazón.
La mirada de Yong Hwa se oscureció.
—No salvé a Young Ho.
Shin Hye volvió a sentir la oleada de
dolor que emanó de él el día de la cena. Sin decir nada, tomó una de sus manos
y la estrechó en la suya.
El no alzó la mirada, pero le devolvió el
apretón.
Tras unos momentos de intenso silencio,
continuaron la escalada.
Cuando llegaron al siguiente punto de
descanso, Yong Hwa decidió que ya era hora de volver.
Shin Hye se sorprendió al comprobar que se
sentía decepcionada, pero en ningún momento había existido la posibilidad real
de que pudieran alcanzar la cima. Siguió a Yong Hwa obedientemente, teniendo en
cuenta su advertencia para que no se relajara por el hecho de estar
descendiendo.
—Se pierden más vidas bajando que
subiendo, porque la gente se vuelve descuidada.
Llegaron de vuelta al todo terreno de Yong
Hwa poco después de que empezara a nevar. Shin Hye agradeció intensamente la
calefacción del vehículo mientras volvían al hotel. El viento y la nevada
arreciaron durante el trayecto. Yong Hwa había hecho muy bien decidiendo bajar
cuando lo hicieron.
—Gracias —dijo Shin Hye cuando Yong Hwa
detuvo el todo terreno frente a la entrada del hotel—. Y gracias por haberme
llevado a escalar.
—Quería que estuvieras conmigo allá arriba
—con una extraña expresión de duda, Yong Hwa apartó un momento la mirada—.
¿Quieres comer conmigo?
Shin Hye miró la entrada del hotel.
—¿Dónde?
El consideró un momento la pregunta.
—¿Vendrías al refugio en que me alojo?
—¿Quién más está en él?
Yong Hwa hizo otra pausa.
—Estoy solo —estaba vuelto a medias hacia
Shin Hye, con el antebrazo apoyado en el volante mientras esperaba su
respuesta.
—Con esta nieve, podríamos quedarnos
atrapados en él —dijo ella.
Yong Hwa asintió.
—Es posible. ¿Te importaría?
Shin Hye tuvo que hacer un esfuerzo para
que las palabras surgieran de sus labios.
—Puede que a Jong Suk le importara.
Yong Hwa volvió a asentir, pero no dijo
nada.
Shin Hye pensó que no podía hacerle eso a Jong
Suk. O a sí misma. La extraña atracción que aquel hombre ejercía sobre ella, no
justificaba que engañara a su novio, traicionando sus propios principios.
—No puedo.
—Supongo que no —respondió Yong Hwa, como
si aquella fuera la respuesta que esperaba—. ¿Y si comemos aquí, en el comedor
del hotel? A tu prometido no le importaría eso, ¿no?
Shin Hye se aferró a aquella vía de
escape, agradecida.
—Seguro que no. Sería muy... agradable.
Sin duda, Jong Suk tendría motivos para
quejarse si supiera cuánto le pesaba la idea de tener que despedirse de Yong
Hwa para siempre, que la perspectiva de no volver a verlo le producía un miedo
irracional.
—Voy a volver al refugio a ducharme y
vestirme —dijo Yong Hwa—. ¿Te parece bien que nos veamos a las siete?
Shin Hye asintió. Ya era demasiado tarde
para echarse atrás, se dijo, sintiendo un culpable alivio.
—Conduce con cuidado. No, no te molestes
en salir, puedo arreglármelas sola —temía que Yong Hwa volviera a tocarla. No
sabía si iba a poder superar una comida con él sin que averiguara lo que
sentía. Al menos había tenido el sentido común de insistir en comer en un lugar
público.
En cuanto subió a su habitación llamó a Jong
Suk. Necesitaba hablar con él, oír su voz, recordar que el hombre con quien iba
a casarse la esperaba. Recordar por qué lo amaba, su ternura y sensibilidad, su
humor, su integridad...
Pero Jong Suk tenía puesto el contestador.
Shin Hye colgó el teléfono y, tras unos segundos de duda, volvió a llamar y
dejó un mensaje.
—He quedado para cenar en el comedor del
hotel. Está nevando. Nos vemos mañana por la noche. Te quiero.
¿Por qué se sentía como una traidora?
Debería llamar a Yong Hwa. «Lo siento, la
cena queda suspendida. Gracias y adiós».
No sabía cómo localizarlo.
Podía dejar un mensaje para él en
recepción diciendo que no se encontraba bien.
¿Y si pedía que le subieran la cena a la
habitación? Sería un comportamiento cobarde.
«Porque tengo miedo. Miedo del efecto que
causas en mí. Miedo de lo tentada que me he sentido a pasar la noche contigo en
el refugio de tus amigos. Miedo de mi propia debilidad. Miedo porque eres la
personificación de mis sueños... sueños que son a la vez eróticos y
aterradores».
«Miedo a descubrir que eres quien creo que
eres... o que no lo eres».
Tras ducharse, Shin Hye se puso una falda
de lana y un suave jersey de mohair. Luego se maquilló austeramente, dejándose
los labios sin pintar.
Cuando bajó al vestíbulo del hotel, Yong
Hwa la estaba esperando. Vestía pantalones de pana, un jersey crema con cuello
en forma de V y una camiseta color jade.
No sonrió mientras Shin Hye caminaba hacia
él. Pero sacó las manos de los bolsillos y alargó una hacia ella. Shin Hye la
tomó sin pensarlo y lo miró a los ojos.
—¿Quieres que bebamos algo antes de comer?
— preguntó él.
Shin Hye pensó que tal vez le vendría bien
una copa.
—Tomaré vino.
Fueron hasta la barra del bar, donde
ocuparon unas banquetas. Yong Hwa pidió las bebidas.
Shin Hye dio un lento sorbo a la suya. Un
hombre que se hallaba en el otro extremo de la barra la estaba mirando. Tocó
con el codo a la mujer que se encontraba a su lado y ésta también la miró. Shin
Hye bajó la vista y contempló la bebida de su vaso.
—¿Te arrepientes de haber aceptado cenar
conmigo?
La voz de Yong Hwa hizo que Shin Hye
alzara la cabeza.
—¿Por qué iba a arrepentirme? —replicó,
preguntándose si Yong Hwa podría leer con tanta facilidad su incertidumbre.
—Pareces... distraída.
—He tratado de llamar a Jong Suk. No
estaba en casa.
—¿Para pedirle permiso?
—No necesito su permiso. Nuestra relación
no es así.
—¿Cómo es? —Yong Hwa se inclinó hacia Shin
Hye, como si realmente quisiera una respuesta.
Ella le dedicó una cautelosa mirada y él
se encogió de hombros.
—Mi pregunta está fuera de lugar, lo sé.
La retiro — tomó su bebida y dio un sorbo—. ¿Te preocupa que esté con otra
mujer?
—Sé que no está con otra mujer.
—Suponiendo que sí... ¿te importaría?
—En ese caso sería algo totalmente
inocente. Sé que puedo confiar en él.
—¿Como él confía en ti?
Shin Hye dio unas vueltas a su vaso antes
de contestar.
—No tiene ningún motivo para desconfiar
—dijo, pero no fue capaz de mirar a Yong Hwa mientras lo decía.
—De acuerdo —replicó él al cabo de un
momento—. He captado el mensaje.
Shin Hye alzó el vaso para que Yong Hwa no
viera el rubor de sus mejillas y terminó su bebida. ¿Acaso había sido tan
obvia?
—¿Cenamos ya? —preguntó Yong Hwa, mirando
su vaso vacío—. ¿O quieres beber algo más antes?
—No, no me apetece beber más —Shin Hye
bajó de la banqueta—Y escalar despierta el apetito.
La comida estaba deliciosa, y el vino que
encargó Yong Hwa ayudó a Shin Hye a relajarse. Él apenas bebió y ella recordó
que luego tenía que conducir de vuelta al refugio.
—¿Llevas cadenas en tu todo terreno?
—Sí, por supuesto. Siempre las llevo.
Mantuvieron la conversación en un plano
superficial, hablando de las últimas películas que habían visto, de los países
que habían visitado. Yong Hwa había estado en las Montañas Rocosas, en los
Andes, en los Alpes... Shin Hye conocía las ciudades, Tokio, Hong Kong, Sydney,
Londres, Nueva York, Inglaterra...
—Incluso cuando estoy trabajando trato de
visitar los lugares a los que voy.
Yong Hwa mencionó una escalada en Gales y
Shin Hye dijo:
—Cuando estuve en Inglaterra fui a Hay on
Wye, en la frontera galesa. ¿Lo conoces?
—¿Tiene montañas?
Shin Hye rió.
—Montañas de libros. Es un pequeño pueblo
lleno de librerías. Me pasé el día en él y salí llena de libros, la mayoría de
segunda mano.
—Evidentemente, te gusta leer.
—En la profesión de modelo se pasan muchos
ratos de espera. Una sesión de fotos puede resultar muy aburrida mientras el
fotógrafo y el director artístico discuten sobre cómo deberían hacerse las
cosas. Si no tuviera algo que hacer me volvería loca, y me encanta leer.
—Sé a qué te refieres. Una vez pasé varios
días en una cueva debido a una ventisca. Para cuando el viento amainó podría
haber recitado Moby Dick de atrás a delante.
El tema de la lectura dio pie a una
agradable conversación.
—A mí me encantan los libros de viajes
—dijo Shin Hye.
—¿Por qué leer sobre ello en lugar de
viajar?
—Algunas personas no pueden viajar, así
que leen. ¿Nunca has escrito tus aventuras?
—Algunos escaladores escriben para
revistas de viajes. En la cena en que nos conocimos un editor me propuso
escribir un libro sobre la historia de la expedición. Le dije que lo pensaría,
pero con la condición de que, si aceptaba, los beneficios irían a parar a manos
de Chae Won y sus hijos. Pero no soy escritor.
«Yo sí», estuvo a punto de decir Shin Hye.
Había escrito varios artículos de viajes bajo el seudónimo de Hacci para
algunas revistas, a veces para las mismas en las que aparecía como modelo.
Mientras tomaban el café, Shin Hye se dio
cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo.
Contempló el humo de la taza que sostenía
entre las manos, tratando de formular la pregunta que no había dejado de rondar
su mente desde la noche de la cena en que vio a Yong Hwa. ¿Por dónde debía
empezar? Si se lo preguntaba directamente, ¿pensaría que estaba loca?
Respiró profundamente y alzó la mirada. Y
vio que Yong Hwa la estaba observando con una intensidad que la dejó sin
aliento.
—¿Qué sucede? —murmuró.
—¿Tienes idea de lo preciosa que eres?
—preguntó él con voz ronca. Luego, como si sus palabras hubieran roto algún
encanto, se apoyó contra el respaldo del asiento y sonrió irónicamente—Es una
pregunta estúpida. Por supuesto que lo sabes. Probablemente te lo dicen varias
veces al día.
—No necesariamente —algunos de los
fotógrafos con los que trabajaba Shin Hye no dejaban de piropear a las modelos
durante las sesiones, pero otros podían ponerse muy desagradables.
—¿Te gusta tu trabajo? —preguntó Yong Hwa
con curiosidad—. Al menos mientras no estás esperando.
—Me gusta la variedad, la cantidad de
gente con talento que conozco. De vez en cuando trabajamos con fotógrafos y
directores que son auténticos artistas. Aunque algunos tienen a veces ideas muy
extravagantes. Uno nos hizo posar en un desierto ubicado en Australia, montadas
en camello y vistiendo trajes de noche. Descubrí que los camellos son las
criaturas con peor mal genio de la tierra. Son más testarudos que los asnos. Y,
desgraciadamente, también descubrí por qué los llaman los barcos del desierto;
se balancean tanto que te mareas.
Yong Hwa rió.
—Si te mareas en tierra, ¿cómo te las
arreglas cuando tienes que posar en un barco?
—Me mantengo alejada de ellos —respondió
Shin Hye, bajando la mirada—. Odio el mar.
—¿Lo odias?
—Sí, bueno... Hay una razón para ello.
El destello burlón desapareció de
inmediato de los ojos de Yong Hwa.
—¿Quieres hablar de ello?
Shin Hye se humedeció los labios.
—Fue algo que sucedió cuando tenía dieciséis
años. Antes de eso me gustaba mucho el mar. Mi familia solía viajar a Busan
solo pasar los veranos en la playa.
—Es casi una tradición en Corea —dijo Yong
Hwa.
Shin Hye sonrió.
—A mi padre le encantaba irse de la ciudad
y pescar. Mamá tomaba el sol y leía mientras mi hermana y yo nos bañábamos.
Aquel verano había sido como cualquier
otro, excepto porque Min Young había descubierto a los chicos. Once meses mayor
que Shin Hye tenía una figura espectacular. Shin Hye se desarrolló más tarde.
Mientras Min Young se sentía fascinada por los jóvenes que la rondaban con sus
tablas de surf, Shin Hye no se sentía afectada en lo más mínimo por sus
demostraciones de habilidad sobre las olas, y menos aún por sus intentos de
ligar con ella y con su hermana. Sobre todo con su hermana.
Un día, mientras las hermanas se bañaban
rodeadas de los habituales jóvenes surfistas, Shin Hye decidió nadar más allá
de la zona donde rompían las olas para flotar un rato cómodamente sobre el
agua. Mientras lo hacía, se fijó en un surfista que se hallaba de espaldas a
ella, arrodillado sobre su tabla, esperando una ola. Cuando se puso en pie para
tomarla, Shin Hye pensó que parecía una auténtica obra de arte. Observándolo,
experimentó la misma admiración y placer que sentía cuando veía una escultura
de un Ángel.
Vio cómo cabalgaba sobre la ola,
manteniendo un equilibrio perfecto sobre su cresta para luego curvarse cuando
rompía. Un instante después, el joven y su tabla desaparecieron de la vista de
Shin Hye.
Nadó un poco más, flotó un rato tumbada
boca arriba y luego decidió volver. Era una experta nadadora y solía hacer
aquello a menudo. Al principio no comprendió por qué tardaba tanto en acercarse
a la costa. Entonces notó la fuerza de la corriente que se oponía a su avance y
sintió que el corazón se le encogía. Había caído en la onda de un amplio
remolino.
«No te asustes», se dijo. «No luches
contra la corriente. Nada a lo largo de ella». En teoría, sabía lo que debía
hacer. Pero resultó más difícil de lo que había imaginado.
Los guardacostas la verían si flotaba boca
arriba y alzaba un brazo, pero no quería montar ningún número. Podía encontrar
el borde del remolino y salir a aguas más tranquilas. Pero, a pesar de sus
esfuerzos, cada vez se alejaba más hacia alta mar, y empezaba a cansarse.
Notó una especie de conmoción en la costa.
Vio que la gente corría y a varios hombres subiendo a un bote. Los guardacostas
estaban en el agua.
Iban a rescatarla. Dejó de nadar,
aliviada, y se encontró tragando agua, hundiéndose. Salió a la superficie
precipitadamente y trató de flotar, moviendo cansinamente los brazos. Debía
nadar hacia los guardacostas, facilitar las cosas a todo el mundo.
Había mucha actividad en la costa.
Incrédula, vio que el barco volvía hacia la playa y comprendió lo que había
sucedido.
El remolino debía haber aparecido de
repente y ella no era la única que se había visto atrapada en él. Los
guardacostas estaban muy ocupados salvando a otras personas. Shin Hye no había
hecho señales, no había llamado la atención de nadie. Nadie se había fijado en
ella. Un intenso frío se apoderó de ella.
Verdaderamente asustada, trató de gritar.
Pero sólo logró tragar más agua salada. Tosiendo, se tumbo de espaldas,
disponiéndose a alzar un brazo para pedir ayuda, pero sólo logró volver a
hundirse.
«Soy una buena nadadora», se dijo. «No me
hundiré. ¡No puedo hacerlo!»
Empezó a mover las piernas y una
inesperada punzada de dolor atenazó sus músculos. Abrió la boca en un
involuntario esfuerzo por gritar antes de que se le llenara de agua.
Trató de contener el aliento mientras se
hundía, pero todo se oscureció a su alrededor y el único sonido que escuchó fue
el del agua entrando en sus oídos. «Voy a morir», pensó, más asombrada que
asustada. Le dolía el pecho y sus piernas se negaban a moverse. Entonces debió
perder el sentido.
y dedusco que la hermana de shin fue la que la slavo pero murio ? ... no ... o no se hahaha .... a shin yo no desaprobecharia una oportunidad asi con yong :3 :3 .... haha es muy lindo ... y por lo que vi a el le gusta mucho pero ella ..aaa lamentablemente esta comprometida ... sigueee me encanto el cap ya quiero leer el siguiente
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