sábado, 9 de mayo de 2015

CELOS QUE MATAN - CAPITULO 1


—Llegaras tarde —dijo Shin Hye mirando la esfera del reloj de la cocina. Yong Hwa levantó la cabeza y la miró por encima del periódico.
— Me iré dentro de cinco minutos —dijo usando el mismo tono de voz tajante que había empleado en los últimos meses.
Ella prefirió no discutir. Regresó a la cocina y se entretuvo lavando los utensilios de cocina que habían utilizado en el desayuno y poniendo todo en orden. Oyó los pasos en el suelo de mármol y puso la cara para que la besara. Los fríos ojos oscuros la estudiaron cuando le rozó la mejilla con los labios con un gesto mecánico.
—Ese vestido. No te favorece. ¿Por qué no vas hoy al Centro y te compras ropa nueva?
— Muy bien— contestó mirándole inexpresiva.
— No fue una orden, sólo una sugerencia. Tal vez te alegre ir de compras. Dios sabe que te hace falta. Estoy harto de verte andar por la casa como un fantasma. Hasta vistes como tal — sonrió un poco burlón—Supongo que eso se debe a la actriz que hay en ti todavía.
Eso le tocó una fibra sensible y palideció. Desvió la mirada.
— ¡Cielos! murmuró él y se fue.
Después de seis meses, las cosas deberían estar mejor, pero a medida que pasaba el tiempo empeoraban: Vivían juntos como dos extraños: apenas si hablaban al encontrarse solos. Algunas veces ella despertaba por la noche y al darse cuenta de que estaba sola, los ojos se le llenaban de lágrimas. Durante esas horas era cuando se sentía más herida.
Hacía seis meses jamás hubiera imaginado los terrores que podía traer consigo la noche.
Al principio el médico le recetó pastillas para dormir y la ayudaron bastante, pero al mes Yong Hwa insistió en que las dejara de tomar. Dijo que no quería que dependiera de ellas. El médico estuvo de acuerdo con él y ella jamás le confesó a ninguno de los dos que nunca pudo volver a dormir una noche entera desde entonces. A veces se dormía enseguida para despertar en la madrugada sudorosa y llorando. Algunas veces se quedaba despierta hora tras hora, para dormirse al amanecer, agotada y con pesadillas.
Interrumpió sus pensamientos para comenzar el trabajo del día aunque tenía poco que hacer, ya que Yong Hwa insistía en tener una asistente diaria para hacer la limpieza de la pequeña y elegante casa de estilo tradicional. Mientras echaba una ojeada por la sala, sus ojos se fijaron en la fotografía del día de su boda que se exhibía en la salón. Allí estaba Yong Hwa, delgado y sonriente, sus facciones eran duras y los ojos oscuros y de mirada inteligente.
Su primer encuentro fue casual. Literalmente chocó con él y se cayó al suelo a causa del encontronazo. Lo que no fue casual fue que Yong Hwa la siguiera. La invitó a salir y ella aceptó. Al encontrarse sus miradas se sintió que una chispa saltaba entre ellos pero aún, entonces supo que pertenecían a mundos diferentes.
Tenía dos años más que ella, era abogado, su mundo eran los juzgados. Era un intelectual brillante e inteligente. Durante la primera cita, la cautivó con su ingenio y la  sorprendió con las preguntas que le hizo acerca de ella. La velada pasó como un sueño; ella contó la historia de su vida y Yong Hwa escuchó y observó su enrojecido y sonriente rostro, desde los ojos marrones hasta el abundante cabello castaño, para después detenerse en la boca.
La besó esa misma noche y la emocionó. No era su primer beso, pero lo parecía por el efecto que le hizo. Tembló como una hoja, su corazón latió apresuradamente y Yong Hwa la estudió con ojos penetrantes como para valorar su reacción. Shin Hye recordaba que se quedó mirando las largas y bien cuidadas manos cuando tomó su sonrojado rostro. Con timidez le miró a los ojos y acarició la dura línea de la boca. Le sintió estremecer cuando él se inclinó para besarla de nuevo y ella cerrando los ojos, le rodeó el cuello con los brazos.
Sabía por lógica que no simpatizarían. Eran personas muy diferentes, ella apasionada, Yong Hwa frío y reservado. No tenían nada en común.
Sin embargo, desde la primera vez que se vieron la atracción entre ellos fue algo casi tangible.
Shin Hye nunca se había sentido así en toda la vida. Había salido con otros hombres antes, pero pocas horas después de conocer a Yong Hwa, se sentía atraída por él y ninguna palabra sensata hubiera impedido que se arrojara a sus brazos. A la semana de conocerle ya se había enamorado de él. Cuando la besaba, le era imposible pensar, sucumbía inmediatamente a su pasión. Conforme pasaba el tiempo, su mutua atracción se convertía en algo incontenible.
Cuando le pidió que se casaran, no dudó. La declaración fue hecha con tono tan cortante y reservado, que en ese momento la sorprendió, pero cuando aceptó, Yong Hwa suspiró profundamente, la abrazó y la besó con tal pasión que la hizo estremecer.
Durante la boda, fue consciente de las rápidas miradas de preocupación que algunas de sus amistades del medio artístico le dirigían a Yong Hwa. Sus amigas intuyeron el fuego debajo del hielo y Shin Hye se sintió divertida y a la vez molesta por ello, pero eso no impidió que se sintiera feliz y emocionada esperando el momento en el que pudieran estar solos.
Trató de recordar las emociones que sintió ese día. Parecía que habían pasado cien años y no sólo tres. Ahora existía un abismo entre ellos; pero entonces, sólo tenía que rozar la mano de su marido para que el pulso se acelerara. Durante la ceremonia de bodas se dio cuenta de la mirada cálida con que la observaba a pesar de su fría e imperturbable apariencia.
La señora Lee entró en la habitación arrastrando los pies.
— ¿Hay algo especial que quiere que le haga?
— ¿Qué? Oh, no, gracias señora Lee.
— Parece un fantasma, ¿por qué no sale a tomar un poco de aire fresco? Vaya de compras—le aconsejó.
Recordó lo que Yong Hwa le dijo antes y contestó:
— Sí, creo que lo haré —suspiró al pensar en el viaje al Centro de Seúl, estaba a 50 Km. Raras veces se sentía con ganas de hacer tal esfuerzo. Trató de recordar cuándo fue la última vez que fue al Centro de Seúl y no supo decirlo. Los últimos seis meses pasaron por su mente con rapidez.' Los recuerdos eran un torbellino en su cabeza atormentada.
—Creo que me dirigiré directamente a Cheongdam.
La señora Lee se sorprendió y luego pareció complacida.
—Me parece lo mejor. Salga de aquí y así se librará de sí misma.
«Librarme de mí misma», pensó Shin Hye, cuando iba sentada en el tren y oía el golpeteo de las ruedas y el sonido de las puertas cada vez que se detenía. ¡Qué frases tan raras usa la gente! A menudo se encontraba examinando las banalidades que la gente decía en estos días, las pequeñas frases hechas que en los cócteles se expresaban como si fueran nuevas, con aire de sabiduría. ¿No sería maravilloso que uno pudiera salirse de sí misma? Recordó lo divertido que era tomar durante un rato otra identidad en la escuela de arte dramático y comportarse y hablar como otra persona, probando emociones y ambientes como si fueran sombreros.
Sacó una libreta y añadió algunas cosas más a la lista de lo que quería comprar.
Seria estupendo volver a la pantalla chica, pensaba. Recordaba que en los ensayos el llanto le salía tan natural que gano gran admiración de parte de sus compañeros.
—Cuidado o te enfermaras, le decía Hong Ki.
—Lo que pasa es que estás celoso.
Sin embargo, fue Hong Ki quien se convirtió en estrella internacional, mientras que Shin Hye abandonaba el medio después de dos años de representaciones y un breve año de gloria en Seúl. Hong Ki no fue a la boda. Le mandó una tarjeta y un regalo. La tarjeta hizo fruncir las cejas a Yong Hwa y no lo puso con los otros que se leyeron a los invitados a la ceremonia.
A ella le causó risa, pero no a Yong Hwa. «Nunca te perdonaré, punto. Te amo. Punto. Hong Ki».
Yong Hwa hizo con él una pelota y lo arrojó al cesto de los papeles. Shin Hye pensó rescatarlo más tarde, pero con la prisa y el entusiasmo, lo olvidó.
Cuando llegó a  Cheongdam, se le ocurrió que no había pensado ni una sola vez en Hong Ki en los últimos seis meses. Era curiosa la gran distancia que podía haber entre el pasado y el presente.
¿Cuál es tu historia? —Se preguntó a sí misma en voz alta—No tengo historia se contestó.
Observó la rápida mirada que le dirigió otro comprador y procuró poner una expresión de inocencia. Decididamente tenía que dejar de hablarse a sí misma. En los últimos meses la costumbre había aumentado. Pasaba mucho tiempo sola en la casa, salía raras veces, porque se negaba a acompañar a Yong Hwa a los muchos actos sociales a los que asistía y aunque al principio él trató de persuadirla, dejó de hacerlo poco a poco. Ahora, él seguía su camino y dejaba que ella siguiera el suyo. De pronto se estremeció al pensar en ello porque se dio cuenta de que su matrimonio se estaba deshaciendo. Centró sus pensamientos en el tema de la ropa y comenzó a mirar los escaparates maquinalmente.
Como una criatura subió y bajó por las escaleras eléctricas de las grandes tiendas y encontró estimulante el ruido y el ajetreo. Llevaba ya varias bolsas que contenían vestidos y tenía que hacer malabarismos para no tirarlas, pero al llegar al piso superior se tropezó con alguien y todo se le cayó.
— ¡Oh, cuidado! —dijo la otra mujer y su voz hizo dar un salto a Shin Hye.
Se reconocieron simultáneamente con alegría.
— ¡Shin Hye!
—¡Soo Jin!
Por un momento se quedaron allí, riéndose, pero luego, Soo Jin dejó de hacerlo y se quedó mirando fijamente a Shin Hye y un gesto de disgusto se dibujó en su rostro.
— ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado? Si estos son los efectos que el matrimonio produce en una chica, doy gracias a Dios de estar soltera.
Por un momento Shin Hye trató de mirarse en los ojos de Soo Jin.
—Ya lo sé —dijo estremeciéndose—Tengo mal aspecto.
—Te quedas corta, querida. Estás demacrada y triste y  enferma —le pasó una mano por el brazo. Ven y cuéntame todo mientras tomamos algo.
Shin Hye se encontró de pronto riendo de nuevo. Pensó que ése era el tipo de lenguaje que Yong Hwa detestaba y que hizo a Soo Jin persona non grata en su hogar. Hacía tres años que Yong Hwa le había prohibido ver a su amiga y sólo en ese momento se dio  cuenta de cuanto la había extrañado.
—Conozco un lugar aquí a la vuelta— así era Soo Jin. Nadie conocía, como ella los «lugares» de Seúl. Fueron allí y en cuanto entraron, Soo Jin llamó al camarero y pidió unas bebidas. Poco después, levantaba su copa y brindaba «por la vida en todos sus sentidos».
Shin Hye recordó que antes de la boda, su amiga le dijo:
— ¿Dejarlo todo? Estás loca.
Y se oyó murmurar soñadora:
— La vida ofrece gran variedad de papeles.
Soo Jin la estudió de nuevo de pies a cabeza por encima del borde de su copa.
—Vamos, «escupe», ¿cómo logró Yong Hwa convertirte en esto?
—No es culpa de Yong Hwa —exclamó Shin Hye y se humedeció los labios. Tenía que decirlo. Tuve un aborto hace seis meses lo dijo a toda prisa porque si lo hacía con lentitud se pondría a llorar.
— ¡Oh, lo siento! ¡Pobre Shin Hye, qué mala suerte! —Hizo una seña al camarero y éste se acercó. Shin Hye terminó su bebida y aceptó otra.
Soo Jin siempre fue el tipo de persona vivaz y brillante necesaria para animar una fiesta.
Alta, muy delgada, con cabello negro, peinado liso que rodeaban su rostro, magnetizaba a las personas y aunque hablaba rápido y era graciosa y vivaracha sabía escuchar y hacer que la gente le contara sus más íntimos secretos.
Shin Hye debió haber recordado la habilidad de Soo Jin para sacarle a uno los pensamientos más íntimos. Después de tres copas, le había contado toda su amarga historia.
—Fuimos felices el primer año. Fue perfecto. Teníamos una intensa vida social, pero también éramos felices estando solos y nos pasábamos los días dando los toques finales a nuestra casa. Yong Hwa sabía lo que quería... tenía la visión del hogar perfecto, muy tranquilo, muy elegante. Y así es, Soo Jin, tienes que verlo.
— Esperaré a que me inviten — dijo con acritud porque sabía que no le era simpática a Yong Hwa. Fue una de las amistades que quiso que Shin Hye dejara. La consideraba inculta, un poco vulgar y por lo tanto, indigna de contarse entre sus amistades.
Shin Hye miró su vaso, movió el contenido con el dedo meñique y se lo llevó a la boca.
Yong Hwa criticaba esa costumbre, así que instintivamente dejó de hacerlo.
—Pero comenzó a trabajar para conseguir mejorar su prestigio entre los abogados y eso significaba que cada vez pasaba menos tiempo en casa. Me llamaba todas las noches desde los juzgados, pero yo no podía ir con él, era aburrido y además, conmigo allí, no se podía concentrar. Así que decidí tener un... se detuvo y se mordió el labio inferior— un hijo.
— Buena idea.
—Yong Hwa no lo creyó así. No quería hijos. Dijo que tal vez más adelante pero no en ese momento, porque desorganizarían todo —hablaba con rapidez, con frases cortadas y era la primera vez que se lo contaba a alguien. Respiró profundamente—Pero yo quedé encinta —dijo con voz profunda.
— ¿Deliberadamente? —preguntó Soo Jin.
—Oh, sí —sonrió Shin Hye— Dejé de tomar precauciones.
— ¿Qué dijo Yong Hwa cuando se lo contaste?
—Tuvimos un disgusto. Estaba furioso. Lo hice a sus espaldas a pesar de saber sus puntos de vista... debió haber sido una decisión mutua, yo no tenía derecho a forzarlo a tener un hijo que no deseaba.
— ¡Dios, qué sinvergüenza!
—No, tenía razón. No debí hacerlo.
— ¡Qué diablos! Para entonces ya estaba hecho y él participó. Era su hijo.
— Lo perdí a los tres meses. En realidad, dos días después del disgusto. Aunque no fue por eso... me caí de las escaleras al resbalarme en la madera recién barnizada. Yong Hwa se portó muy bien, estaba muy preocupado.
Soo Jin la miró de arriba abajo.
—Alguien tiene que ayudarte —de pronto cambió de tema—. ¡Ven!
Shin Hye dejó que la levantara para ponerla de pie y frunció la frente perpleja, un poco mareada por la bebida.
— ¿A dónde vamos?
—Aquí y allá. Conozco un sitio justo a la vuelta.
Shin Hye seguía riendo cuando entraron en la boutique donde la propietaria se la quedó mirando con extrañeza.
—Queremos un cambio de aspecto —le dijo Soo Jin.
—Lo voy a realizar con verdadero gusto —murmuró la propietaria. Quitó a Shin Hye el sencillo vestido gris que la hacía parecer más pálida, sugiriéndole uno color turquesa, cuyo corte y color la favorecían notablemente. Cuando se miró en el espejo no podía creer que esa esbelta y elegante figura fuera la suya. En ese mismo estado de aturdimiento, Shin Hye se encontró provista de zapatos y ropa interior. Cuando llegó el momento de ir a la peluquería vaciló.
— A Yong Hwa le gusta mi cabello como está —explicó y Soo Jin hizo una mueca.
—Te hace parecer una tímida mojigata. ¡Córtaselo!
Shin Hye salió del salón de belleza con un peinado medianamente largo, que la favorecía extraordinariamente, haciendo resaltar sus bellos rasgos.
—A comer a mi apartamento ordenó Soo Jin—Tengo comida y necesitamos tener una conversación a solas antes que desaparezcas de nuevo.
Mientras comían dijo bruscamente:
—Te conseguí un exterior nuevo ¿y qué pasa con el interior? Shin Hye, no puedes seguir rumiando tu fracaso. Fue mala suerte, pero ya pasó y tienes que continuar tu vida. Nunca me agradó Yong Hwa, pero creí que te quería. ¿Qué ha hecho para ayudarte a salir de la depresión?
—Lo intentó. No puedo explicar qué sentí, Soo Jin. El desaliento se apoderó de mí. No podía ver claro. Nos separamos —se quedó mirando su plato y picoteó la lechuga— Desde que sucedió, hemos estado separados.
Soo Jin frunció los labios.
—No quiero hurgar en secretos íntimos, pero cuando dices separados te refieres a...
— Sí, no dormimos juntos.
—    ¿Idea tuya o de él?
— Mía —aceptó Shin Hye de mala gana—. Fue algo que sucedió. Yo no podía dormir después de perder al niño, así que comencé a dormir en mi propia alcoba y seguí haciéndolo.
— ¿Yong Hwa no trató de impedirlo?
—Al principio no, luego hubo un tiempo... pero yo me puse histérica cuando me tocó.
Tuvimos una discusión terrible y yo dije cosas muy amargas.
— ¿Seguías culpándolo por lo del niño?
—Sí, aunque por lógica sabía que no era su culpa, pero no podía olvidar que él no lo quería. Sentía... aunque parezca estúpido... que él lo había matado.
Soo Jin se sobresaltó al ver la palidez de su rostro.
— ¿Y eso le dijiste?
—    Sí.
—Eso debió ser lo que acabó con todo.
— Fue horrible.
— ¿Y desde entonces?
—Ha sido como vivir en la Antártida.
Soo Jin terminó de comer en silencio y apartó el plato.
—Shin Hye, esto no puede seguir... tienes que pedirle a Yong Hwa que empiecen de nuevo.
Háblale como me hablaste a mí, calmada, sin amargas recriminaciones.
—Sí, ya sé. He querido hacerlo, pero existe un enorme abismo entre nosotros y se hace más profundo cada vez que trato de hablarle.
Su amiga la miró pensativa.
—Tengo una idea. Esta noche doy una fiesta. ¿Por qué no vienes y traes a Yong Hwa? Ah, sí, se me olvidaba, ¡Hong Ki asistirá! Cada vez que lo veo me pregunta por ti. Le encantaría volver a verte... ustedes dos siempre estaban juntos. Shin Hye, ¡tienes que venir!
—No sé —a Yong Hwa nunca le gustaron sus amigos del teatro.
—Te daría la oportunidad de salirte de tu círculo vicioso señaló Soo Jin.
— Sí —se daba cuenta de ello. Seguramente sería diferente y ella necesitaba algo así en ese momento. Animación, color, ruido.
Lo supo al ir a Seúl
—    Lo intentaré, te prometo que lo intentaré. ¿A qué hora?
A cualquier hora Soo Jin le sonrió. Ya sabes cómo es... una vez que nuestras fiestas comienzan siguen toda la noche y termina con el desayuno del día siguiente.
—Para los que pueden comer — aceptó Shin Hye, riendo también, sintiéndose contagiada por la alegría de Soo Jin. Había olvidado la habilidad que tenía su amiga de levantar los ánimos. Estar unas horas en su compañía había sido como un tónico. Miró el reloj. Si encuentro a Yong Hwa en su despacho evitaré que vaya a casa, porque una vez que esté allí, será difícil sacarlo de nuevo —por las noches se quedaba en el estudio con la cabeza metida en montones de papeles y casi nunca pasaban juntos la velada. Él trabaja hasta tarde y Shin Hye se acostaba temprano, después de unas palabras y rozar fríamente la mejilla de él con la suya.
—Es una buena idea —dijo Soo Jin —Puedes llamarle desde aquí.
Shin Hye jugueteó con los dedos e inclinó la cabeza.
—Será mejor que vaya en persona. No funcionaría un mensaje telefónico, voy a tener que rogarle para que venga.
—No se podía persuadir a Yong Hwa con facilidad.
Soo Jin dijo intencionadamente:
—Nunca entendí lo que los unió a ustedes. Reconozco que tiene atractivo, pero en su interior debe ser un bloque de piedra.
—Fue una de esas cosas que pasan— suspiró Shin Hye.
— ¿Cómo se conocieron? Nunca lo supe.
—Me tropecé con él... en la calle.
— ¿Y te pidió una cita? No lo creo... ¿Hizo eso Yong Hwa?
Shin Hye se rio.
— Hizo que pareciera muy razonable. Me tiró al suelo e insistió en invitarme a una cafetería para que me repusiera del choque.
—    Eso es propio de él. ¿Y una cosa llevó a otra?
Nos casamos tan rápido que casi no supe lo que sucedía —confesó Shin Hye. Yong Hwa era un extraño, su mundo era completamente diferente para ella. Él a su vez no conocía nada del ambiente alegre y bohemio de ella, pero estaba tan loca por él que casi no se dio cuenta cuando tranquilamente la apartó de sus amistades. De todas maneras, durante mucho tiempo no necesitó a nadie más que a él. La luna de miel duró cuatro meses y su idílico aislamiento los hacía dichosos. Shin Hye comenzó a sentirse sola y a darse cuenta que extrañaba a sus amigos cuando Yong Hwa volvió a su trabajo y se apartó de ella.
—La gente todavía se pregunta cómo te esfumaste. Desapareciste sin dejar huella.
— Eso es lo que hace el matrimonio.
—A mí me parece que tu depresión se debe a algo más que a la pérdida de tu hijo.
—Nunca supe estar sola.
—Cuando yo te conocí eras toda fuego— dijo Soo Jin cálidamente —Animada y vivaz. Nunca debiste dejar tu carrera.
—Eso fue lo que él quiso.
—¡Qué egoísta!
—Shin Hye respiró y se levantó para marcharse.
—Tomaré un taxi hasta su despacho. Seguramente estará en el juzgado, pero veré a Kim San.
—¿Kim San?
— Su ayudante. Es una persona amable —Shin Hye miró a su alrededor—. ¿Puedo telefonear para que manden un taxi?
— Yo te conseguiré uno —dijo Soo Jin. Shin Hye se despidió cuando llegó el taxi.
—No olvides... espero verte esta noche. Habrá personas que conoces y otras que no...
Será una bonita fiesta.
En el taxi, Shin Hye ensayó la forma de decírselo a Yong Hwa mientras se retorcía los dedos con nerviosismo. Pensó que le tenía miedo y eso la hizo acobardarse. Admitió que su sentimiento de temor aumentó con el tiempo.
El caos del tránsito disminuyó cuando entró a la ciudad. El taxi se detuvo fuera del edificio donde Yong Hwa tenía el despacho. Pagó al chófer y alzó la vista hacia las ventanas.
Respiró hondo. Seguramente estaría en el juzgado, pero ella le dejaría una nota diciéndole que no fuera a casa sino que la esperara en el despacho.
Kim San no estaba en su oficina. Una muchacha vestida de rojo tecleaba en la computadora con cara malhumorada. Miró a Shin Hye con mala cara.
¿La puedo ayudar?
—Quiero hablar con el señor Kim.
— Regresará enseguida —le dijo la chica y volvió a su trabajo sin sonreír.
Shin Hye se quedó allí, mirando a su alrededor, luego, escuchó una voz familiar. ¡Yong Hwa!
Se dio la vuelta y salió caminando a lo largo de uno de los corredores subiendo por un tramo de escalones. Se dio cuenta que no estaba en su despacho, el sonido de la voz llegaba de otro. Se detuvo ante una puerta y escuchó indecisa. ¿Debía llamar o esperar a que estuviera libre? Tal vez estaba con un cliente importante y ella no quería echar a perder la oportunidad de que fuera a la fiesta de Soo Jin, molestándolo con la interrupción.
Tratando de valorar la importancia de la conversación, apoyó la cabeza contra la puerta y escuchó:
Entonces le llegó con claridad la voz de Yong Hwa.
— ¡Nunca debí casarme con ella! —su voz era amarga, dura. Lo oyó golpear el escritorio con la mano. ¡Fue una locura!
— ¿No podrías hablar con ella, Yong Hwa?
La otra voz era femenina, clara, segura y Shin Hye no la reconoció.
¿Cómo diablos puedo hacerlo en este momento? Sería cruel tratar de obligarle a discutir un asunto así.
— ¡Yong Hwa, hace seis meses que perdió al niño! Con seguridad ya estará recuperada.
—No — la voz de Yong Hwa sonó ahogada.
— ¿Lo has intentado?
—Cada vez que quiero hacerlo me traicionan los nervios— se movió y Shin Hye oyó cada paso que daba en la alfombra, como si arrastrara los pies. Pálida, se quedó mirando la puerta.
—Me estoy volviendo loco— dijo con aspereza. —ni siquiera puedo concentrarme en el trabajo con las cosas así entre nosotros... tiene que suceder algo Tae Hee o me derrumbaré.
—Yong Hwa...
El tono apasionado en la voz de la mujer hizo que Shin Hye levantara la cabeza, abrió los ojos de par en par por la impresión.
—Encontraremos un camino, Yong Hwa —susurró la mujer. Te prometo que encontraremos un camino.
Shin Hye tenía que verla. Tenía que ver a ambos con sus propios ojos y enfrentarse a los hechos que saltaban a la vista. Decidida, abrió la puerta y entró.
Al otro lado de la habitación vio la espalda de Yong Hwa con la cabeza inclinada. En sus brazos estaba una mujer. Shin Hye no podía verle la cara, sólo los largos mechones de cabello claro, pero no necesitó ver más. Vio la desesperación con la que esas manos blancas agarraban a Yong Hwa de los hombros, vio que levantaba la cabeza y oyó lo que pareció un beso.
Con un movimiento reflejo cerró la puerta y se apoyó sobre una esquina angustiada, con la cara entre las manos.
—Alguien entró —dijo Yong Hwa intranquilo.
—Lo imaginaste —la mujer lo tranquilizaba.
—No —dijo él con voz segura.
— ¿Y qué importa? —la mujer parecía divertida. Por Dios del cielo, Yong Hwa. No estamos haciendo nada indebido.
—Pudo haber dado la impresión... se interrumpió Yong Hwa.
—Olvídalo.
Shin Hye luchó por contener el dolor que la invadía. Todavía no podía salir del edificio. Su rostro estaba demasiado trastornado y tal vez  el Sr. Kim  hubiera regresado ya. Tenía que pasar por su lado para salir. Cuando se calmó, regresó al despacho y pasó silenciosamente por la puerta de Yong Hwa. La muchacha seguía escribiendo a máquina y ni la miró, pero no había señales del Sr.  Kim.
Caminó por las nubladas calles durante horas, se sentía con el cuerpo agotado y la mente torturada. Ya había adivinado quién era la mujer, debió saberlo enseguida. Yong Hwa había mencionado a su nueva socia, Kim Tae Hee y ella nunca puso mucha atención, pero ahora buscaba en la memoria huellas que pudieran indicar la relación.
«Es una mujer inteligente había dicho Yong Hwa cuando la mencionó por primera vez—Increíblemente brillante y capacitada. Tenemos suerte de tenerla.» Shin Hye pareció recordar que los otros socios eran hombres. Tae Hee estaba emparentada con el jefe del despacho... su tío. Pertenecía a la compañía desde hacía un año.
Un año... justo en la época en que su matrimonio comenzó a tambalearse. Cuando Yong Hwa se negó fríamente a tener un hijo. ¿Por qué no quería afianzar su matrimonio? —Se preguntó en ese momento—¿O sólo porque sentía que casarse con ella fue un error?
Estaba en pie mirando el Rio Han.
Había comenzado a llover. Su brillante cabello se oscureció y su rostro se mojó.
Se quedó mirando el río y apretó las manos sobre fierro gris de la barandilla.
Unos pasos se detuvieron a su lado y sintió una mano sobre el brazo.
— ¿Está bien, señorita?
Se sobresaltó y al volver la cara se topó con la cara amable de un policía.
—Oh... sí, gracias.
— ¿No se está mojando? —preguntó observándola.
—Un poco... qué mal tiempo —forzó una ligera sonrisa.
Un taxi pasaba y Shin Hye se subió a él.
El instinto le hizo dar la dirección de Soo Jin. No podía pensar en ir a otro lugar. La idea de regresar a la casa que compartía con Yong Hwa le parecía odiosa.
Soo Jin abrió la puerta y se la quedó mirando con asombro.
— Regresaste rápido. Y empapada hasta los huesos luego su voz cambió. — ¡Dios mío! ¿Qué te pasa?
Shin Hye sonrió con esfuerzo.
—Estoy bien, muy bien, no te preocupes. Soo Jin le rodeó la cintura con un brazo y la llevó hacia una silla. Un momento más tarde le puso un vaso en la mano.
—Toma esto, te hará bien.
—No quiero... gracias.
— ¡Tómatelo!
Shin Hye bebió con desgana y sintió que el calor la reanimaba. Levantó un rostro pálido y sonrió a Soo Jin. —De veras, estoy bien.
—Cuéntamelo— le ordenó Soo Jin.
—No —dijo firmemente.
No podía mencionarle nada. Soo Jin la miró y se mordió el labio inferior.
— ¿Estoy en lo cierto si imagino que Yong Hwa no vendrá a mi fiesta?
Shin Hye rio y dijo con una voz al borde de la histeria:
—Estás en lo cierto.
— Pero tú sí —dijo la amiga con firmeza.
Lo último que le apetecía a Shin Hye era ir a una fiesta.
—Me encantaría Soo Jin, pero...
—Lo necesitas— le dijo decidida. —Cuando llegaste hace un momento estabas peor que cuando te vi por la mañana.... te fuiste de aquí tan alegre como nadie y regresaste con el aspecto de alguien que acaba de ser sometida a tortura. ¡Maldito Yong Hwa! Tú, querida mía, iras a mi fiesta.







4 comentarios:

  1. Enserio odio a Yong como puede hacerle eso a ShinHye, PObre de ShinHYe en una depresion perdio a su bebe y ensima su marido no la quiere y la engaña

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  2. dios no puedo creer que yong sea un maldito hasta ganas de debolver me dieron que mal y esa vieja la amante de el sinica los dos y la pobre de shin que mal esta tan mal y para acabar tiene que cargar con la muerte de su bebe y yong bien gracias dios que rabia tengo pero tengo ganas de leer mas yo ya muero por que honki aparesca para que se le quite a yong

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  3. PERO QUE BUENO ESTÁ EL FIC. Necesito saber más de éste;; Espero pronto una actualización, por favor.

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