Esta parte de Cheongu está, en su mayoría,
cubierta de bosques –le explicó Yong Hwa al acercarse a la isla.
Los acantilados rocosos formaban un puerto
natural en el que habían construido un embarcadero de madera. El mar parecía de
un azul turquesa brillante desde la distancia, pero al amarrar el barco, Shin
Hye se dio cuenta de que el agua era tan cristalina que podían verse los peces
nadando en el fondo. Fascinada por ellos, se inclinó hacia delante y metió la
mano en el agua.
–Son preciosos –murmuró, apartándose la melena para que no se le mojase.
Yong Hwa contuvo el impulso de enterrar
los dedos en ella y se concentró en amarrar bien el barco.
–Soy hijo de pescador, así que, para mí,
son solo un par de platos de comida.
–Ah, yo no me los comería. Son demasiado
bonitos – rio Shin Hye, olvidando el resentimiento y disfrutando del cielo
azul, del mar y de los acantilados–Es un paraíso – añadió.
Yong Hwa no podía apartar la vista de
ella. Cualquier hombre habría podido perderse en la profundidad de sus ojos marrones.
¡Y su sonrisa! Iluminaba aquel rostro de niña y transformaba sus facciones
clásicas en algo muy bello, arrebatador.
Resopló con impaciencia. Había sabido
desde el principio que Shin Hye solo le causaría problemas. Tenía que haberla
mandado de vuelta a Busan. Cheongu era su refugio, un lugar tranquilo en el que
podía relajarse y olvidarse de las tensiones del trabajo.
Y en esos momentos no estaba nada
relajado. Tomó la mano de Shin Hye para ayudarla a subir al muelle e inhaló su
suave olor a flores. Se había estremecido al ayudarla a subir al barco en Oedo y, en
esos momentos, viéndola caminar por el muelle sintió que la deseaba
–Dios –juró entre dientes. Lo que le
faltaba era sentirse atraído por una bella castaña con cara de ángel y lengua
afilada.
Del muelle salía un camino bastante
empinado que desaparecía detrás de una roca.
–Son solo cinco minutos andando hasta casa
–le explicó Yong Hwa mientras tomaban ambas maletas–, pero es irregular en
algunos lugares. ¿Crees que te las arreglarás? Tal vez sea mejor que te cambies
esos zapatos por otros más sensatos.
¡Sensatos! Shin Hye odiaba aquella
palabra. Le recordó a las innumerables discusiones que había tenido con Woo Duk
de adolescente acerca de los zapatos, la ropa, el maquillaje. «No permitiré que
ninguna hija mía vaya por ahí como una cualquiera», había sido su frase
favorita, con el rostro amoratado por la ira. Le había prohibido los tacones,
las minifaldas y los vaqueros ajustados, todas las cosas modernas que llevaban
sus amigas, tal vez porque Shin Hye le había recordado constantemente la
infidelidad de su madre.
«Y harás lo que diga porque yo soy el
adulto y tú, una niña».
Ella había sentido ganas de rebelarse
siempre, y en esos momentos, la expresión de Yong Hwa le evocó la misma
sensación.
–Siempre llevo tacones y puedo andar
perfectamente con ellos –contestó en tono frío– Seguro que estaré bien.
Y con la cabeza levantada se dio la media
vuelta, pero el tacón se le clavó en el césped que había al borde del camino y
tropezó. No cayó al suelo porque Yong Hwa reaccionó a tiempo y soltó las
maletas para agarrarla a ella.
–Sí, ya veo que lo que dices es cierto –
comentó con sarcasmo– Vamos a intentarlo otra vez. Con cuidado. Y ponte esto
–le dijo, colocándole sin ningún cuidado el sombrero en la cabeza–. A esta hora
de la tarde es cuando más calienta el sol y tienes la piel tan clara que se te
va a poner roja como una langosta en un momento.
Y sin esperar su respuesta, tomó de nuevo
las maletas y echó a andar delante de ella por el camino, sin girarse a
comprobar si lo seguía.
«Arrogante, testarudo…». Shin Hye tomó
aire y echó a andar detrás de él, con la vista clavada en el suelo para no
tropezar. Por una parte, Yong Hwa la hacía sentir como una niña de cinco años,
aunque la reacción de su cuerpo hacia él no era en absoluto infantil.
Suspiró. Aquella inesperada atracción era
otra complicación más a la hora de intentar tener terminado el vestido de So
Min en un plazo de tiempo tan corto.
Solo esperaba que esta le hubiese dicho la
verdad al comentar que su hermano pasaba mucho tiempo en Busan, porque esperaba
verlo lo menos posible.
El camino llegaba a lo alto del acantilado
y Shin Hye se detuvo allí a admirar el paisaje. A un lado estaba la inmensidad
del mar azul, salpicado de islas, la más cercana, Oedo. Al otro, rocas grises,
vegetación, altos cipreses y densos olivares, bajo los que se extendía una
alfombra de amapolas rojas.
–¿Vive mucha gente en la isla? –le
preguntó a Yong Hwa, que había aminorado el paso para que ella lo alcanzase–.
Veo que hay un pueblo en el valle.
–Hace unos años vivía aquí una pequeña
comunidad, sobre todo de pescadores. Mi padre nació en Cheongu, pero Oedo tiene
un puerto más grande y, poco a poco, todo el mundo se fue trasladando allí,
dejando la isla casi deshabitada, hasta que yo la compré hace tres años.
–Entonces, ¿no vive nadie en esas casas?
–Sí, mi personal y sus familias. Muchas casas estaban en mal estado, pero tengo
un equipo que las está reformando poco a poco. También hay una iglesia, que es
donde va a casarse So Min.
–Espero que sea grande –comentó Shin Hye–.
Ya que So Min me ha contado que vendrán cientos de invitados a la boda.
Yong Hwa hizo una mueca.
–Sí, su prometido tiene mucha familia, a
la que, en su mayoría, So Min no conoce. La iglesia es pequeña y la mayoría de
los invitados se sentarán fuera para la ceremonia. La recepción tendrá lugar en
la casa, donde hay mucho más espacio.
Shin Hye lo miró sorprendida,
preguntándose cómo de grande sería.
–¿La casa tiene espacio suficiente para
que se alojen todos los invitados?
–¡Dios, no! –exclamó Yong Hwa horrorizado.
Y a Shin Hye la expresión de su rostro le
resultó casi cómica e hizo que lo viese más humano.
–La mayor parte de los invitados se
quedarán en Busan o en Oedo. He contratado una flota de helicópteros para
traerlos a Cheongu, y algunas personas llegarán también en barco.
–Suena a pesadilla logística. ¿No habría
sido más sencillo celebrar la boda en Busan? Yong Hwa se encogió de hombros.
–Es probable, pero So Min quería casarse
aquí, y yo removería cielo y tierra para darle la boda que quiere.
Shin Hye lo miró fijamente, sorprendida
por la repentina ronquera de su voz. Era evidente que Yong Hwa adoraba a su
hermana. Su mirada emocionada le hizo preguntarse si no lo habría juzgado mal.
Tal vez no fuese tan autoritario como le había parecido al principio. Al
parecer, era muy importante para él que la boda de So Min fuese perfecta.
Caminaron en silencio. El camino era más
ancho y podían ir el uno al lado del otro. Las vistas desde lo alto del
acantilado eran impresionantes y a Shin Hye no le sorprendió que So Min
quisiese casarse en un lugar tan bonito. No obstante, quien ocupaba en esos
momentos sus pensamientos no era ella, sino su hermano.
–Me has dicho que tu padre nació en Cheongu,
pero supongo que tú no, ¿verdad?
–No, la isla estaba abandonada desde mucho antes de que yo naciese. Nací y crecí en Busan. So Min también, pero no se acuerda de su estancia allí porque nos mudamos a vivir a Japón cuando era muy pequeña.
–No, la isla estaba abandonada desde mucho antes de que yo naciese. Nací y crecí en Busan. So Min también, pero no se acuerda de su estancia allí porque nos mudamos a vivir a Japón cuando era muy pequeña.
–¿Por qué se marchó tu familia de Busan?
–Para ganarse la vida –respondió Yong Hwa apretando los labios–. Mi padre había perdido su barco en una tormenta y no podía comprar uno nuevo, pero sin barco tampoco podía pescar ni ganar dinero para alimentar a su familia. Un primo lejano tenía una tienda en Tokyo. Lo organizó todo para que mis padres llevasen la tienda y, cuando falleció, se la dejó en herencia.
–Para ganarse la vida –respondió Yong Hwa apretando los labios–. Mi padre había perdido su barco en una tormenta y no podía comprar uno nuevo, pero sin barco tampoco podía pescar ni ganar dinero para alimentar a su familia. Un primo lejano tenía una tienda en Tokyo. Lo organizó todo para que mis padres llevasen la tienda y, cuando falleció, se la dejó en herencia.
–Debió de ser un gran cambio, ir de un
país a otro. Yo viví en muchos lugares diferentes de niña porque mi padrastro
era militar, y me habría costado todavía más adaptarme si hubiese tenido que
irme a otro país –comentó, mirando hacia el mar color turquesa–. ¿No echabas de
menos esto?
–Todos los días. Pero era joven y me
adapté. Fue a mi padre a quien se le rompió el corazón al dejar Busan.
–Debió de gustarle mucho que comprases Cheongu,
la isla en la que había nacido.
Yong Hwa dudó un momento. Luego, se
encogió de hombros. Cualquiera que hiciese una búsqueda en Internet podría
averiguarlo todo acerca de su familia.
–Mi padre falleció dieciocho meses después
de que nos hubiésemos trasladado a Japón, y mi madre, dos años más tarde.
Su voz estaban tan exenta de emoción que
Shin Hye lo miró sorprendida. Le entristeció saber que el padre de Yong Hwa
jamás había regresado a casa y no había vuelto a ver aquel precioso lugar.
–Lo siento. No lo sabía… –se interrumpió
de repente.
No tenía por qué conocer la tragedia que
había roto a la familia de Yong Hwa. Apenas se conocían, ¿por qué estaba
sufriendo por él? ¿Y por qué estaba tan segura de que él le estaba ocultando su
dolor detrás de aquellos ojos oscuros? Tal vez porque Shin Hye también había
aprendido a esconder el suyo después de la muerte de su madre.
–So Min no debía de ser muy mayor cuando
sus padres fallecieron. ¿Quién la cuidó? Yong Hwa echó a andar de nuevo y Shin
Hye lo siguió.
–Yo. No había nadie más. Casi no se
acuerda de nuestro padre y yo he intentado ser una figura paterna para ella,
pero ha echado de menos tener una madre. Todavía lo echa de menos ahora, sobre
todo, con los preparativos de la boda –admitió Yong Hwa suspirando–.
Ya sabes cómo es eso, siempre hay un
vínculo especial entre madres e hijas.
Había metido el dedo en la llaga. A Shin
Hye se le hizo un nudo en la garganta y, por un instante, no pudo hablar.
–Sí –murmuró por fin– Ya sé.
Miró hacia el horizonte y la fina línea
que separaba el cielo del mar se nubló cuando las lágrimas llenaron sus ojos.
Había tenido un vínculo muy especial con su madre, o eso había pensado, porque
Woo Duk nunca le había contado la verdad acerca de su padre y no podía evitar
sentirse traicionada.
–Shin Hye… ¿Te ocurre algo? Yong Hwa se
dio cuenta de repente de que la diseñadora se había quedado atrás y tenía la
mirada perdida en el mar. Tenía medio rostro oculto debajo del sombrero, pero
podía sentir su vulnerabilidad.
Se preguntó a sí mismo qué le estaba
pasando y se miró el reloj. Se le había hecho tarde para hacer una llamada
importante y tenía que empezar a centrarse en sus negocios, como siempre, y no
permitir que Shin Hye lo distrajera.
–Solo estaba admirando las vistas
–respondió esta parpadeando con fuerza e intentando apartar aquello de su
mente.
Continuaron andando por el camino unos metros
más y luego giraron y vieron unos escalones tallados en el acantilado. Hacia un
lado llevaban a una playa de arena blanca y, hacia el otro, a unas puertas de
hierro forjado instaladas en un muro de piedra. Yong Hwa apretó un botón para
que se abriesen e hizo entrar a Shin Hye.
–Bienvenida a Villa Esperanza.
–Vaya… –dijo ella, olvidándose de los
dolorosos recuerdos–. Es… espectacular.
La arquitectura de aquella casa blanca era
ultramoderna, y tenía muchas ventanas que debían de tener vistas al mar.
Yong Hwa asintió.
–Es mi casa –comentó sin más.
Shin Hye no podía tener ni idea de lo que
aquello significaba para él. Durante los muchos años que había vivido en un
lúgubre piso de un barrio difícil de Tokyo, se había aferrado a sus recuerdos y
había soñado con tener algún día una casa con vistas a las aguas de Busan.
Gracias a su inteligencia, determinación y
a años de duro trabajo, había levantado una empresa y había hecho realidad su
sueño. Cheongu era su refugio, el lugar en el que estaba su casa y la de So Min.
Podía haber sido su hogar durante la
niñez. Tenía que haberlo sido. La amargura inundó su corazón.
Había comprado la isla cuando Ji Hyeon le
había dicho que estaba embarazada, y le había encargado a un arquitecto que
diseñase una casa lujosa para la mujer a la que amaba y su futuro bebé.
Pero Ji Hyeon no había llegado a ir allí,
y no había habido bebé, de eso se había encargado ella. Yong Hwa apretó la
mandíbula y se le hizo un nudo en el estómago al recordar semejante traición. Ji
Hyeon había sabido lo mucho que deseaba tener un hijo, pero no había permitido
que nada se interpusiese en su ascenso a la fama.
So Min había sido la única persona que
había confiado en él y le había pedido que dejase de anestesiar sus emociones
con whisky. Yong Hwa jamás olvidaría cómo lo había cuidado su hermana pequeña.
So Min había estado allí en sus peores
días, cuando el dolor y la ira lo habían desgarrado por dentro, pero no
tardaría en marcharse a la casa que le había comprado en Busan, con su futuro
esposo. Exhaló con fuerza. Su hermana pequeña había crecido y había llegado el
momento de dejarla marchar, pero no había imaginado que sería tan duro.
Miró un instante a Shin Hye.
–Vamos –la invitó– Mi mayordomo nos
servirá algo de beber en la terraza.
«Cómo no», pensó ella mientras atravesaban
el patio. «Tiene mayordomo». Yong Hwa era multimillonario y seguro que tenía
muchos sirvientes.
Se dio cuenta de que había entrado a la
finca por una puerta lateral. La casa estaba a su derecha, mientras que a la
izquierda había un enorme jacuzzi circular y una piscina que parecía perderse
en el acantilado que había detrás. Aquello era un paraíso.
Llegaron a la terraza, donde había un
toldo blanco que se ondulaba suavemente con la brisa, y un hombre salió de la
casa a recibirlos.
–Este es Chip –dijo Yong Hwa,
presentándole al hombre.
Era bajo y fornido, e iba vestido con unos
pantalones cortos de color vistoso. No se parecía en nada al mayordomo que se
había imaginado Shin Hye. Y, a juzgar por su amplia sonrisa, debía de saber lo
que estaba pensando.
–¿Cómo está? –la saludó.
–Como habrás visto, Chip tiene una gran
afición por los pantalones cortos de colores chillones –comentó Yong Hwa– Por
eso llevo yo siempre gafas de sol. No obstante, lleva tantos años trabajando
para mí, que tengo que perdonarle que tenga tan mal gusto para la ropa.
El mayordomo sonrió. Era evidente que
ambos hombres tenían mucho más que una relación laboral, eran amigos. Como si
le hubiese leído la mente a Shin Hye, Yong Hwa continuó–Chip y yo compartimos
adolescencia en Busan.
No le contó nada más, pero Shin Hye
imaginó que habían pasado muchos momentos difíciles juntos.
–Me alegro de conocerte, Chip –murmuró,
sonriéndole– Y me gustan tus bermudas.
–Gracias, señorita Park. Me alegra conocer
a alguien con tan buen gusto –respondió él, guiñándole el ojo–. So Min me ha
dicho que le gusta beber té. Espero que le parezca bien un té de limón que
acabo de preparar.
–Ah, sí… Estupendo –dijo ella, aceptando
la taza que Chip le ofrecía y dándole un sorbo–. Delicioso.
–Beber té es una costumbre que jamás
entenderé –comentó Yong Hwa haciendo una mueca y tomando el vaso de vino que le
ofrecía su mayordomo–. ¿Puedes llevar el equipaje de Shin Hye a su habitación,
Chip? Cuando este hubo desaparecido dentro de la casa, Shin Hye volvió a
sentirse intensamente atraída por su anfitrión. Se terminó el té, dejó la taza
encima de su plato con mano algo temblorosa y dijo: –Estoy deseando ver a So
Min.
–Lamento que tendrás que esperar a mañana
–le anunció Yong Hwa, terminándose el vino y dejando el vaso en la bandeja–. So
Min ha volado a Busan en mi helicóptero hace un par de horas. El padre de su
prometido ha sido hospitalizado, y quería estar con él mientras les comunicaban
cuál es su estado.
–Cómo lo siento –le contestó ella–. ¿Está
muy enfermo aquel señor?
–Tiene un problema cardiaco y van a
operarlo al mes que viene. So Min quería dejar la boda para después de la
intervención, pero yo insistí en que no lo hiciera –admitió Yong Hwa–, ya que
es muy arriesgada y, si las cosas fuesen mal… Bueno, digamos que me pareció más
prudente celebrar la boda antes de la operación. Aunque mi hermana no sabe que
me preocupa la enfermedad de su suegro. Lo quiere mucho y tanto su novio como
ella se quedarían destrozados si no pudiese asistir a la boda.
Shin Hye se dijo que, entonces, la fecha
de la boda no tenía nada que ver con sus negocios, sino con la salud del padre
del novio.
Entonces le vino otra idea a la mente y
frunció el ceño.
–Si sabías que So Min no estaba aquí, ¿por
qué no me lo has dicho cuando estábamos en Oedo? ¿Por qué me has traído a Cheongu?
No sabía por qué le incomodaba tanto saber
que estaba sola con Yong Hwa en aquella isla. Bueno, no estaban del todo solos.
Estaba Chip, y seguro que había más servicio. No había ningún motivo para que
se le acelerase el corazón, pero Yong Hwa se había quitado las gafas y le
estaba mirando los labios. Ella se los humedeció instintivamente y lo vio
ponerse tenso.
–Podría haberme alojado en Oedo hasta que So
Min volviese a Cheongu –le dijo con cierta desesperación.
Él se encogió de hombros.
–Supuse que querrías ver dónde iba a tener
lugar la boda. So Min me dijo que tenías en cuenta el entorno a la hora de
diseñar el vestido. Volverá mañana por la mañana, así que podrás deshacer las
maletas e instalarle antes de que llegue.
–Me lo tenías que haber dicho –insistió
Shin Hye– Prefiero tomar yo mis propias decisiones
–No importa.
Yong Hwa se preguntó por qué lo miraba con
tanta cautela. ¿No pensaría que le iba a saltar encima como un joven con exceso
de testosterona? Al fin y al cabo, él no era el único que estaba sintiendo
aquella atracción.
–Pareces preocupada por algo, Shin Hye
–añadió en tono suave, tendiendo las manos hacia ella y viendo con satisfacción
cómo retrocedía.
–No –lo contradijo esta enseguida,
evitando su mirada–. ¿Qué iba a preocuparme?
«Que esté deseando tenerte entre mis brazos y
devorar esos labios suaves, rosados y húmedos», pensó Yong Hwa. La tenía tan
cerca que podía ver su reflejo en las pupilas oscuras de sus ojos. Los vio
dilatarse y oyó cómo se le aceleraba la respiración. Era evidente que estaba
nerviosa. Shin Hye se peino el pelo con las manos y a Yong Hwa le sorprendió
que pareciese tan joven. Eso volvió a hacerle llegar a la misma conclusión: que
era una complicación que no necesitaba.
–Nada –le dijo de repente, alejándose de
ella–. En Cheongu no te pasará nada. No hay delincuencia… ni siquiera coches
que causen accidentes –empezó a divagar Yong Hwa, cosa que no hacía nunca y que
le molestó–. Ven y te enseñaré tu habitación. Yo trabajaré en el despacho que
tengo aquí durante el resto del día, pero si necesitas algo puedes avisar a Hee
Nam. Es mi cocinera y ama de llaves, y la esposa de Chip –le explicó al ver que
Shin Hye lo miraba con curiosidad–. Tengo otros trabajadores que vienen a la
isla todos los días para ayudar con el mantenimiento de la casa, pero para mí
es muy importante la intimidad y por eso ninguno vive en Villa Esperanza.
Entró en la casa y Shin Hye se obligó a
seguirlo a pesar de que le temblaban las piernas. Aquella había sido la segunda
vez de la tarde que pensaba que Yong Hwa iba a besarla. Había estado tan segura
de que iba a hacerlo, que había esperado el beso y había deseado sentir sus labios.
¿Qué le estaba pasando? Había ido a Cheon-gu
a trabajar en lo que iba a ser, probablemente, el encargo más importante de
toda su carrera y no podía distraerse con una atracción sexual. Ella no era
así. Era una mujer tranquila y contenida, y no entendía que aquel hombre la
afectase tanto.
La planta baja de Villa Esperanza era de
plano abierto y los muebles estaban agrupados: sofás y sillones de piel clara,
una mesa de comedor con sillas de cristal, una esquina dominada por una
televisión de plasma de última generación. Todo era luminoso y moderno,
minimalista y elegante, pero le faltaba comodidad y calor, cosa que solo podían
aportar los mejores y más caros diseñadores de interior.
Su habitación estaba al final de un largo
pasillo en el primer piso. El corazón le dio un vuelco cuando Yong Hwa abrió la
puerta para enseñarle una habitación con mucho encanto y con vistas a los
limoneros, y al mar.
–Mandaré a una de las chicas para que te
ayude a deshacer las maletas, porque, a juzgar por su tamaño, has debido de
traer ropa para un año –comentó Yong Hwa, mirando el equipaje.
–En la maleta grande están las muestras de
tela y algunas ideas de diseño –le dijo Shin Hye, abriéndola para dejarle ver
los retales de seda y satén de color blanco, marfil y rosa pastel–. Creo que a So
Min le encantará esta organza de seda –comentó, tocando el material con
cuidado–. Aunque tal vez prefiera algo más pesado, como el satén, adornado
quizás con perlas o cristales. Supongo que tendré que tener paciencia y esperar
a que vuelva –murmuró, al ver que Yong Hwa la miraba como si estuviese hablando
en otro idioma.
Él tomó la carpeta que había en la maleta
y pasó las páginas, pero no hizo ningún comentario y su gesto tampoco reveló a
Shin Hye la opinión que le merecía su trabajo.
Yong Hwa pensó que el entusiasmo de
aquella muchacha era innegable. No era un experto, pero era evidente que
también tenía talento. Las fotografías de los vestidos eran muy buenas y
entendió que su hermana quisiera que fuese Shin Hye quien diseñase su vestido
de novia.
La miró en contra de su voluntad y notó
que se le encogía el estómago al ver que se colocaba un mechón de pelo detrás
del hombro. Utilizaba todo su cuerpo al hablar, inclinaba la cabeza y movía los
brazos y las manos con la gracia de una bailarina.
Se puso tenso solo de pensarlo e intentó
no acordarse de otra mujer que también se había movido con la gracia de una
bailarina. No iba a desperdiciar ni un segundo de su vida pensando en Ji Hyeon.
De repente, sintió claustrofobia y fue
hacia la puerta.
–Tengo que volver al trabajo. Por favor,
siéntete como en casa, Shin Hye –le dijo en tono frío–. ¿Quieres que Hee Nam te
traiga más té?
Desesperada por dejar de fijarse en como le quedaban los vaqueros a Yong Hwa, Shin Hye se
acercó a la ventana.
–La verdad es que creo que voy a ir a dar
un paseo hasta la iglesia.
Se giró y vio que Yong Hwa tenía el ceño
fruncido.
–No me parece una idea sensata. Ya te he
explicado que es la hora del día en la que aprieta más el sol –le dijo él con
impaciencia–. Te sugiero que te relajes durante el resto de la tarde. Puedes
darte un baño en la piscina si quieres –añadió, saliendo al pasillo y cerrando
la puerta, sin darle la oportunidad de responder.
Aquello la molestó. Sobre todo, su manera
de utilizar el adjetivo «sensato». Sabía que no estaba acostumbrada al calor,
pero solo había pensado dar un paseo corto, no pretendía correr un maratón.
No pudo evitar volver a oír a Woo Duk en
su cabeza, gritándole: «No discutas conmigo. Haz lo que te digo. Ya va siendo
hora de que aprendas a obedecer mis órdenes, niña».
El sargento mayor Woo Duk había tratado a
su familia del mismo modo que a sus soldados y había esperado que lo
obedeciesen en todo momento, sobre todo, Shin Hye, pero ella nunca había sido
su niña, y cuando se había enterado de la verdad, había decidido evitar que
nadie la pisotease. Era la invitada de Yong Hwa en aquella isla, pero no iba a
permitir que este la mangoneara.
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