No es necesario implicar a mi hermana en
esto.
Shin Hye dio un grito ahogado cuando Yong
Hwa se inclinó por encima de la mesa y le quitó el teléfono de la mano. Intentó
sujetarlo, pero no pudo.
–¿Cómo se atreve? Devuélvamelo. ¿Qué
quiere decir con eso de que no es necesario implicar a su hermana? Al fin y al
cabo, se trata de su boda, ¿o es que se le ha olvidado?
Yong Hwa entrecerró los ojos ante aquel
tono de voz.
Muchos años atrás había sido una persona
humilde, que había vivido en una de las peores zonas de Busan, pero en esos
momentos era un multimillonario y estaba acostumbrado a que todo el mundo lo
tratase con cierta deferencia.
–Sé lo que es mejor para mi hermana. Y,
con el debido respeto, señorita Park, estoy casi seguro de que no es usted.
Shin Hye parpadeó, sorprendida por aquella
arrogante afirmación. No obstante, había pasado muchos años con un hombre
parecido, al que tenía la suerte de no tener que seguir llamando «padre», y se
negaba a dejarse intimidar por ningún otro.
–So Min no ha cambiado de opinión,
¿verdad? –lo retó–. Usted ha decidido que Seung Jin le haga el vestido. ¿Por qué? ¿Acaso
ha visto alguno de mis vestidos? ¿Por qué está tan seguro de que no puedo
hacerle a So Min el vestido de novia perfecto? Yong Hwa apretó la mandíbula,
pero tuvo que reconocer que, en cierto modo, aquella mujer tenía razón.
–No, no he visto nada de su trabajo
–admitió.
A pesar de su enfado, Shin Hye no pudo
evitar posar la mirada en sus anchos hombros. Debía de hacer mucho deporte.
Tenía la piel bronceada y unos brazos fuertes. ¿Cómo serían sus abrazos? De
repente, se dio cuenta de que Yong Hwa le estaba hablando otra vez y tuvo que
obligarse a dejar de pensar eso.
–Pero tiene razón, preferiría que fuese Lee
Seung Jin quien le diseñase el vestido a So Min. Es mi amiga, además de ser una
diseñadora aclamada internacionalmente. De usted no he oído hablar –le dijo sin
más– Solo sé que Wedding Park existe desde hace tres años. Si le soy sincero,
no sé si tiene la experiencia necesaria para diseñar el vestido de novia de mi
hermana en el plazo de tiempo del que disponemos.Lee Seung Jin lleva en el
negocio veinte años, y sé que puedo confiar en ella.
–Puedo hacerlo, si me da la oportunidad
–replicó ella, inclinándose hacia delante, con los ojos clavados en Yong Hwa –Estoy
preparada para trabajar noche y día en el vestido con el que So Min sueña. Ella
me escogió a mí. Supongo que eso tendrá que contar algo, ¿no? Es una mujer
adulta que debe tener libertad para tomar sus propias decisiones. ¿Qué derecho
tiene usted a organizar toda su vida?
–A mi hermana ya la ha defraudado la
primera diseñadora que escogió. He sido yo quien ha pasado días consolándola,
así que creo que tengo derecho a asegurarme de que no se repita –replicó Yong
Hwa–Imagino que usted tendría la esperanza de que este encargo aumentase su
negocio, pero le he pagado una cantidad importante para recompensarla por el
tiempo perdido hoy.
Shin Hye bajó la vista al papel que tenía
entre las manos.
–¿Así que este cheque es, en realidad, un
soborno? – preguntó consternada, entendiendo por fin el motivo de aquella
generosa cantidad – Espera que acepte el dinero y me vuelva a Seúl. Así, So Min
no tendrá elección y tendrá que acceder a que Lee Seung Jin le haga el vestido
y usted se habrá salido con la suya. ¡Dios mío! ¿Qué es? ¿Un fanático del
control? Yong Hwa golpeó la mesa con tanta fuerza que Shin Hye se sobresaltó.
–Me niego a disculparme por querer
proteger a mi hermana –rugió– Confió en esa diseñadora extranjera, pero esta se
marchó con su dinero. Solo faltan cinco semanas para la boda y no pienso
arriesgarme a que vuelvan a engañar a So Min.
–Es cierto que Wedding Park no está
funcionando tan bien como esperaba cuando empecé –admitió ella con toda
sinceridad– pero ahora mismo hay muchos negocios con dificultades debido a la
recesión económica.
Era evidente que Yong Hwa quería proteger
a su hermana, pero a Shin Hye le parecía que, como Woo Duk, también tenía la
necesidad de que las cosas se hiciesen siempre a su manera. No merecía la pena
intentar convencerlo de que la escuchase, pero tenía que hacerlo.
–No puedo negar que una boda así ayudaría
mucho a mi negocio, pero no es por eso por lo que quiero hacer el vestido de So
Min –empezó– Me gusta lo que hago.
Los vestidos de novia no son solo un
trabajo, son mi pasión, y aunque la boda de So Min fuese íntima y no despertase
ningún interés en los medios de comunicación, me haría la misma ilusión que me
hubiese escogido a mí como diseñadora.
Rompió el cheque por la mitad y se lo
tendió por encima de la mesa.
–No me interesa su dinero. Quiero diseñar
el vestido de So Min porque me cae bien. Conectamos de inmediato cuando vino al
estudio y estoy deseando enseñarle mis ideas.
Lo miró fijamente a los ojos con la
determinación de convencerlo.
–Deme una oportunidad, señor Jung, le
prometo que no defraudaré a su hermana.
Yong Hwa se fijó en que tenía unos hermosos
ojos marrones. No podía apartar la vista de su rostro. Estaba tan fascinado con
su manera de expresarse, con cómo movía las manos al hablar… Le recordaba a una
bella y frágil mariposa, y estaba seguro de que, si intentaba atraparla, se le
escaparía.
¿Por qué estaba disfrutando con semejante
tontería? Se sentía cautivado por Shin Hye. Se la imaginó en sus brazos, con
las mejillas sonrojadas y aquellos increíbles ojos marrones oscurecidos por el
deseo.
Tenía la piel suave como la porcelana y
sus labios rosados eran una tentación difícil de resistir. Había tensión sexual
entre ambos y las voces de los demás clientes del bar se fueron apagando a su
alrededor.
–¿Está casada, señorita Park? –le
preguntó, acercándose más.
Ella cerró los ojos un instante, tomó
aire.
–No… no. No estoy casada –balbució–. ¿Por
qué me lo pregunta?
–Me preguntaba si su pasión… –dijo él, bajando la vista a sus labios un instante– por el diseño de trajes de novia se debía a su propia experiencia como novia.
–Me preguntaba si su pasión… –dijo él, bajando la vista a sus labios un instante– por el diseño de trajes de novia se debía a su propia experiencia como novia.
Shin Hye negó con firmeza.
–Lo que me apasiona es el arte y la
creatividad. En estos momentos estoy especialmente influenciada por la suntuosa
extravagancia de las dinastías del siglo XV, también del glamur de la moda europea.
He sacado ideas que he incorporado a mis diseños. Aspiro a transformar las
imágenes de mi cabeza y realizar vestidos increíblemente bellos, pero que una
pueda ponerse. Pienso que una novia necesita estar cómoda en su gran día y
segura de que el vestido también va a ser práctico… Se interrumpió y sonrió al
darse cuenta de que había hablado sin parar.
–Ya ve –añadió, incómoda– Me temo que
tiendo a dejarme llevar por la pasión.
En el silencio que siguió, Shin Hye fue
consciente de la tensión que había entre ambos.
Yong Hwa pensó que la pasión de Shin Hye
por el diseño era indiscutible, y que a él le era imposible apartar la vista de
su rostro. ¿Y si lo mejor era confiar en So Min? –¿Cómo la conoció mi hermana?
–preguntó con brusquedad.
–Vio algunos de mis vestidos en la revista
de moda In Style.
Yong Hwa arqueó las cejas sorprendido.
–Debe de ser más conocida de lo que
pensaba, para llamar la atención de esa revista.
–Bueno, en realidad, fue en parte cuestión
de suerte –le explicó Shin Hye con sinceridad–. Mi hermano estaba trabajando en
un reportaje fotográfico para la revista.
No sé si habrá oído hablar de él, es Choi Shin
Woo.
Últimamente se está haciendo muy conocido
como fotógrafo de moda. Cuando uno de los diseñadores no se presentó, Shin Woo
convenció al director de la revista de que utilizase algunos de los vestidos de
mi colección.
Muy a su pesar, Yong Hwa se sintió cada
vez más intrigado por aquella mujer.
–¿Por qué utilizan su hermano y usted
apellidos diferentes? Shin Hye dudó. Aunque la verdad no tenía por qué
avergonzarla. El hecho de ser hija ilegítima no era culpa suya.
–Porque somos de padres distintos.
Aquella era una de las cosas que la habían
entristecido al enterarse de que Woo Duk no era su padre biológico, aunque Shin
Woo había insistido en que no importaba.
“Sigues siendo mi hermana, aunque en
realidad seamos hermanastros” le había dicho cariñosamente. Y, míralo por el lado bueno, al menos no
tienes nada que ver con el hombre más desagradable del mundo.Yo tendré que seguir viviendo sabiendo
que, cuando mamá decidió seguir casada con mi padre, tú perdiste la oportunidad
de conocer al tuyo.
Y ya nunca lo haría, puesto que su madre
se había llevado aquel secreto a la tumba.
No obstante, no podía enfadarse con su
madre.
Park Ji Jun se había visto obligada a
tomar una decisión muy dura, ya que Woo Dok la había amenazado con llevarse a Shin
Woo si rompía su matrimonio.
Y ella había antepuesto el amor que sentía
por su hijo a su felicidad personal. No obstante, eso había hecho que Shin Hye
sufriese mucho de niña, al no entender por qué el hombre que creía que era su
padre, parecía despreciarla.
Y todo porque su madre se había casado con
el hombre equivocado.
Ella jamás cometería el mismo error. Le
encantaba diseñar vestidos de novia, pero la idea de abandonar su independencia
por un hombre no le gustaba lo más mínimo. «En especial, por un hombre como
Yong Hwa», pensó.
Estaba perdiendo el tiempo. Se terminó el
zumo que le quedaba, dejó el vaso en la mesa y tomó su bolso.
–De acuerdo, señor Jung. Usted gana.
Tomaré el siguiente ferry de vuelta a Busan y, con un poco de suerte, allí
podré tomar un vuelo de vuelta a Seúl esta misma noche –le dijo–. ¿Le importa
si inventamos una excusa para So Min? ¿Le puede decir que me ha surgido una
emergencia familiar o algo así? No quiero que piense que le he fallado sin más.
Yong Hwa no respondió inmediatamente, y en
el silencio que siguió, no dio ninguna pista a Shin Hye acerca del recorrido de
sus pensamientos.
–¿Le importa lo que piense So Min?
–preguntó por fin.
–Por supuesto –contestó ella– Su hermana
es una persona encantadora y odiaría que piense que la he dejado tirada, como
la primera diseñadora. Sé que no es asunto mío, pero me parece que se equivoca
al interferir así en su vida, aunque lo haga con la mejor intención. La
frontera entre querer protegerla y controlarla es muy delgada, y verá como, al
final, So Min se enfadará si no le permite que tome sus propias decisiones.
–Tiene razón, mi relación con mi hermana
no es asunto suyo –rugió él, molesto.
No quería controlar a So Min, aquello era
ridículo.
Solo quería que todo saliese lo mejor
posible y cuidar de ella.
No pudo evitar pensar en lo que le había
dicho su padre en el lecho de muerte: que tenía que ser un hombre y cuidar de
su madre y de su hermana. Por aquel entonces, había tenido solo dieciséis años
y se había sentido aterrado con aquella responsabilidad.
Dos años más tarde, su madre había
fallecido de un cáncer y también le había encargado que cuidase de So Min.
¿Cómo se atrevía Shin Hye a criticarlo?,
se preguntó furioso. No tenía ni idea de cómo se había sentido con dieciocho
años, sabiendo que era responsable de su hermana de doce. La vida había sido
dura y había pasado muchas noches en vela, asustado, pensando que no iba a ser
lo suficientemente fuerte como para aguantar.
Era normal que protegiese a So Min en
exceso.
Había aprendido lo peligroso que podía ser
el mundo al presenciar el asesinato de su padre, pero no pudo evitar darle
vueltas a la idea de que So Min pudiese enfadarse con él por ese motivo.
Recordó lo emocionada que había visto a su hermana al contarle que Shin Hye iba
a ir a la isla Cheongu a diseñar su vestido de novia.
Juró en silencio. Tal vez Shin Hye tuviese
razón al decir que So Min debía tomar sus propias decisiones. Tal vez había
llegado el momento de que él aprendiese a dar un paso atrás y aceptar que su
hermana ya no era una niña. Además, ¿qué podía salir mal? Shin Hye estaría en la isla,
bajo su atenta mirada. Le había dicho que estaba dispuesta a trabajar día y
noche para terminar el vestido de So Min, y él se aseguraría de que cumpliese
su promesa.
Una vez más, bajó la mirada a su boca y
notó cómo su cuerpo se tensaba. No podía negar la atracción que sentía por ella
y, además, sabía que esta era mutua.
Shin Hye se levantó de la mesa y le tendió
la mano.
–Devuélvame mi teléfono, por favor –le
pidió airadamente– Necesito llamar al aeropuerto para ver si puedo cambiar el
vuelo de vuelta.
Él se puso las gafas de sol y se levantó
antes de devolvérselo. Sus dedos solo le rozaron la palma de la mano un par de
segundos, pero Shin Hye notó un cosquilleo por todo el brazo y apartó la mano
tan deprisa que estuvo a punto de dejar caer el teléfono. Tenía calor por todo
el cuerpo y no podía sentir más atracción. Se obligó a tranquilizarse.
Era alto, fuerte, y tan masculino.
Tal vez volver a casa fuese lo mejor, ya que parecía que era incapaz de
controlar la respuesta de su cuerpo ante Yong Hwa. Tenia el cuerpo estremecido y estaba segura que se le notaba.
Con el rostro colorado, cruzó los brazos y
empezó a buscar el número del aeropuerto en la memoria del teléfono.
–Deje de perder el tiempo y venga conmigo
ahora si quiere que la lleve a la isla Cheon-gu.
Ella levantó la cabeza y vio que Yong Hwa
ya tenía en la mano la mayor de sus maletas y estaba tomando la otra.
–Espere… –dijo, echando a correr detrás de
él, que ya había salido de la terraza–. No lo entiendo.
Por fin llegó a su lado.
–¿Quiere decir que puedo hacer el vestido
de So Min? –le preguntó, confundida–. ¿No le preocupa que deje tirada a su
hermana, como la tal Toula, y se quede sin vestido de novia?
–No, no me preocupa nada de eso.
Habían llegado al muelle y Yong Hwa dejó
las maletas en la motora antes de girarse hacia ella.
–Tengo plena confianza en que diseñará el
vestido de novia con el que mi hermana sueña y la hará muy feliz. Porque, si
no… –le advirtió, dedicándole una dura sonrisa– tendrá que responder ante mí.
Shin Hye estuvo a punto de perder los nervios
en ese momento. Yong Hwa no era solo ofensivo y arrogante, también era un matón
al que le gustaba mangonear a la gente, pero a ella ya la había tratado así Woo
Duk durante toda su niñez y no iba a volver a permitirlo.
–¿Me está amenazando, señor Jung?
–inquirió, apoyando las manos en las caderas y deseando fervientemente ser más
alta y no tener que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.
–Solo le estoy haciendo una advertencia
–le dijo él en tono suave–. Decepcióneme y, sobre todo, decepcione a So Min y
le prometo que no volverá a conseguir ningún tipo de apoyo económico para
Wedding Park.
Ella supo que hablaba en serio y que, con
su riqueza y su poder, podría acabar con su pequeña empresa con la misma facilidad
con la que aplastaba una hormiga con el zapato.
–¿Qué? ¿Viene? No tengo todo el día.
Shin Hye deseó decirle algo muy feo, pero
lo cierto era que necesitaba aquel trabajo para devolverle el préstamo al
banco.
Con los tacones y la falda de tubo, no podía
subir al barco sin su ayuda. A regañadientes, se inclinó hacia delante para
tomar su mano y dio un grito cuando Yong Hwa, sin paciencia, la agarró por la
cintura y la levantó del suelo.
Shin Hye tuvo que respirar hondo cuando la
dejó en el barco.
–Gracias –le dijo con frialdad–, habría
podido hacerlo sola, señor Jung…
–Tonterías –la interrumpió él–. Eso es
imposible con esos ridículos zapatos. Y será mejor que empieces a llamarme Yong
Hwa. Mi hermana estaba emocionada con la idea de tenerte en Cheongu, y querrá
ver que nos llevamos bien… Shin Hye.
Ella se estremeció al oír cómo decía su
nombre y su sonrisa le cortó la respiración e hizo que le temblasen las rodillas.
–Agarra bien el sombrero antes de que se
lo lleve el viento –le advirtió Yong Hwa, quitándoselo de la cabeza y dejando
al descubierto una cascada de pelo castaño que cubría gran parte de la espalda.
La brisa le puso un par de mechones en la
cara y él no pudo contenerse, levantó la mano y se los apartó de la mejilla. El
tiempo se detuvo. A Shin Hye dejó de latirle el corazón mientras se perdía en
sus ojos oscuros, que ya no eran tan fríos y duros como el acero, sino
que brillaban con un calor que delataba el deseo de Yong Hwa de tomarla entre
sus brazos.
¿Cómo podía sentirse atraída por él, si
era todo lo que odiaba? Se dijo que era solo algo físico, una reacción química
que no podía controlar, aunque tendría que ignorar la atracción que sentía por
Yong Hwa si no quería pasarse la siguiente semana como una adolescente
enamorada.
El motor del barco empezó a rugir y ella
se agarró a su asiento mientras se alejaban del muelle e iban en dirección a Cheongu.
De repente sintió pánico y tuvo la sensación de que su vida jamás volvería a
ser la misma cuando entrase en los dominios de Yong Hwa.
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