miércoles, 26 de noviembre de 2014

PLAN IMPERFECTO - CAPITULO 8 - M - Clasificado

Nota Importante: este capitulo solo debe ser leído  por mayores de 18 años.


Yong Hwa se levantó temprano por la mañana y se dispuso a hacer el desayuno. Aunque el señor Choi no había podido encender la chimenea, sí había hecho las compras y la despensa estaba llena.
            La cocina era su habitación favorita. Cuando compró la cabaña había cambiado los viejos electrodomésticos e instalado encimeras de granito. Había conservado los armarios originales, pero dejando que Shin Hye eligiera la decoración, para que la cabaña fuera tan suya como de ella.
            En aquel momento no podía dejar de preguntarse la razón de esa decisión y muchas otras que había tomado en los últimos años. Era lógico que su familia hubiera sospechado de sus sentimientos por Shin Hye mucho antes que él.
            La noche anterior, antes de irse a la cama, habían tomado una taza de chocolate mientras le contaba algunos historias de sus antepasados, para después irse a dormir.
            –Buenos días.
            Yong Hwa levantó la mirada.
            Shin Hye llevaba el pelo suelto y un vestido de lana que destacaba su bonita figura. Era de color verde menta, suave, totalmente femenino y muy sexy. La lana se le pegaba a las caderas y los pechos, destacando su estrecha cintura, y el escote le dejaba al descubierto las clavículas. Yong Hwa pensó que estaba guapísima. El vestido era muy fácil de quitar... y no le importaría nada quitárselo en aquel mismo instante.
            –¿Has dormido bien? –le preguntó, intentando controlar sus impulsos.
            –Pensé que estaría despierta toda la noche, pero me quedé dormida en cuanto apoyé la cabeza en la almohada.
            ¿Significaba eso que no había pensado en su proposición?
            –Me alegro. Siéntate.
            Mientras se acercaba a la mesa, notó cómo la lana del vestido le marcaba la parte de atrás. Y cuando se subió al taburete, el vestido se levantó un poco, dejando al descubierto sus piernas.
            Verla con algo que no fuera una camiseta y unos vaqueros seguía siendo algo nuevo para él.
            –Sobre lo que hablamos anoche... –empezó a decir ella.
            –¿Sí?
            –No he cambiado de opinión.
            Yong Hwa intentó disimular un suspiro de alivio.
            –Muy bien.
            –¿Necesitas ayuda?
            –No, gracias –respondió él, sin dejar de cortar pimientos.
            Nada había cambiado, pero en realidad todo había cambiado. El aire estaba cargado de algo explosivo, volátil. El deseo crecía cada vez que la miraba. Solo tendría que dar un paso y...
            –¿Qué hay de desayuno, además de la tortilla de verduras?
            –Lo normal: tostadas, fruta, zumo de naranja y café.
            –¿Puedes añadir algo más?
            –Sí, claro. ¿Qué quieres?
            –A ti.
            Yong Hwa le sostuvo la mirada unos segundos. El fuego dentro de él se extendía a tal velocidad que, por primera vez en su vida, una mujer lo tenía ardiendo.
            Después de lavarse las manos y secarlas con un paño, cruzó la habitación para llegar a su lado.
            –Había planeado una merienda al aire libre y luego ver una película –Yong Hwa la tomó por la cintura para bajarla del taburete–. No quería presionarte.
            Shin Hye le echó los brazos al cuello.
            –No tenemos que esperar. He despertado esta mañana sabiendo que por fin puedo tener lo que quiero, aunque no lo creía posible.
            Él se inclinó para rozarle los labios con los suyos.
            –Creo que es hora de subir al dormitorio –murmuró, antes de tomarla en brazos para dirigirse a la escalera.
            En sus brazos, Shin Hye escuchaba los erráticos latidos de su corazón, sintiendo su deseo y el de Yong Hwa.
            Había despertado esa mañana sintiéndose más feliz que nunca. Aunque él no había dicho que la amase, sí había dicho que la deseaba, y eso era un principio.
            Yong Hwa la conocía mejor que nadie porque había compartido con él sus alegrías y sus penas. Siempre había sido su protector, su confidente y, cuando hacía falta, su peor crítico. Él la había animado siempre a hacer realidad sus sueños. Lo había querido como amigo y, de hecho, seguía queriéndolo, pero también lo amaba como a un hombre; el hombre que podía hacer que su vida estuviera completa.
            Yong Hwa la dejó sobre la cama y le acarició tiernamente la mejilla.
            –Tu última oportunidad.
            –Gracias, pero no voy a aceptarla –murmuró Shin Hye, sin dejar de mirarlo a los ojos.
            –Lo has pensado bien, ¿verdad?
            –Muy bien. Te deseo...
            –Y yo a ti.
            Yong Hwa la envolvió en sus brazos y buscó sus labios con una pasión que la hizo estremecer. Pero se apartó unos segundos después para quitarle el vestido, dejándola solo con la ropa interior.
            –Cielos –murmuró, tragando saliva. Era perfecta. Las piernas bien torneadas, los pechos firmes, una piel preciosa y un estómago plano...
            Sería su primera vez con un hombre y quería ir despacio, hacer que disfrutase. Pero verla desnuda, solo con aquel trocito de tela, era más de lo que podía soportar.
            Le temblaron los dedos cuando rozó su piel; el aroma femenino hizo que se excitara aun mas.
            Nunca había visto un cuerpo tan bonito y se inclinó hacia ella, su avariciosa boca buscando los rosados pezones.
            Chupó, mordisqueó y lamió a placer mientras sus manos, como por voluntad propia, se deslizaban por la cintura femenina, haciendo círculos alrededor del ombligo y moviéndose hacia abajo.
            Cuando la tocó, Shin Hye intentó cerrar las piernas.
            –Déjame, cariño –susurró, levantando la cabeza para mirarla a los ojos mientras le separaba las piernas con una rodilla.
            Ella gimió cuando deslizó dos dedos en su húmedad, pero Yong Hwa sostuvo su mirada mientras la acariciaba porque quería ver su expresión. Darle placer a una mujer nunca había significado tanto para él y le encantaba ver cómo se le dilataban las pupilas, cómo entreabría los labios, cómo la pasión le oscurecía las mejillas.
            Siguió acariciándola íntimamente hasta que la oyó gemir de placer. Su aroma íntimo lo excitaba y no estaría satisfecho hasta hacerla suya.
            –Disfruta –susurró.
            –¡Yong Hwa!
            No iba a parar. Pensaba darle todo el placer posible y aquel sería un día que no olvidaría nunca.
            Shin Hye estaba convencida de que iba a desmayarse y la culpa era de Yong Hwa, que seguía estimulándola, usaba su boca y sus manos para hacerle cosas perversas.
            Y le encantaba.
            Cerró los ojos y levantó las caderas para demostrarle que quería más. Nunca, ni en un millón de años, habría pensado que iba a portarse así. Era como si Yong Hwa hubiese despertado algo salvaje dentro de ella y solo pudiera disfrutar, como él le había pedido.
            Sentía algo creciendo en su interior, una presión en el vientre, entre las piernas...
Entonces él hizo algo, no sabía bien qué. Y cuando levantó las caderas, esa sensación explotó. Shin Hye gritó su nombre, agarrándole la cabeza. Era como si esa abrumadora sensación la hubiese roto en pedazos. Lo sentía en cada hueso, en cada poro, en cada célula de su ser.
            Murmuró su nombre, convencida de haber muerto y aceptando que si así era habría merecido la pena. Si tenía que irse, aquella era la mejor manera de hacerlo.
 –Shin Hye...
            En alguna parte de su cerebro escuchó la voz de Yong Hwa y tuvo que hacer acopio de fuerzas para abrir los ojos. Y los abrió como platos al ver que estaba quitándose la camisa.
            No pensaría que podía hacer algo más en ese momento, después de una experiencia tan asombrosa. Necesitaría recuperarse. Todo aquello era nuevo para ella y Yong Hwa debía saber que su cuerpo no iba a recuperarse tan pronto.
            –Oye... –empezó a decir, al ver que estaba bajándole la cremallera del pantalón.
            –Dime, cariño.
            –No puedo moverme.
            Con un poco de suerte, eso lo diría todo. Pero no fue así. Yong Hwa se quitó los vaqueros, seguidos de los calzoncillos. Y entonces lo vio. Y cómo lo vio. Tuvo que abrir más los ojos para comprobar que aquello era real y no una ilusión. ¿Cómo era posible?
            Entonces ocurrió algo inesperado... sus pezones se endurecieron y entre las piernas sintió una extraña quemazón. No entendía por qué; lo único que sabía era que tenía que ver aquello y se apoyó en los codos para mirarlo.
            –Pensé que no podías moverte.
            Yong Hwa esbozó una sonrisa. Sabía que iba a recuperarse. Por supuesto que sí, él tenía experiencia. Sabía que su cuerpo ardería de deseo solo con mirarlo.
            –Quería comprobar que no estoy viendo cosas –murmuró ella, mirando lo que era su fantasía. Pero, a la vez, intentaba averiguar cómo iba aquello a... en fin...
            –Todo irá bien, te lo prometo.
            Shin Hye esperaba que así fuera porque el deseo empezaba a consumirla, tocando cada centímetro de su cuerpo, incluso esos sitios que aún deberían estar recuperándose de su primer espasmo.
            –¿Sigues tomando la píldora?
            –Sí.
            No había necesidad de preguntar cómo lo sabía. Yong Hwa había ido a la farmacia muchas veces, cuando ella estaba resfriada o tenía trabajo en el taller. Y también sabía por qué la tomaba porque más de una vez había apretado su mano mientras ella estaba en la cama, con dolores de regla.
            –Puedo usar un preservativo de todas formas.
            Shin Hye inclinó a un lado la cabeza para seguir estudiándolo.
            –No es necesario.
            –¿Estás segura?
            Estaba segura de que quería hacerlo, pero aún no estaba convencida de que aquello pudiese funcionar.
            –Sí, estoy segura.
            Tenía un físico fabuloso, con el estómago plano y los abdominales marcados.
A menudo se había preguntado cómo sería su primera vez y con quién. ¿Quién hubiera imaginado que sería él?
            Pero lo era y Shin Hye no podía sentirse más feliz.
            –En ese caso... –Yong Hwa se colocó sobre ella para capturarle la boca.
            Ya debería estar familiarizada con sus besos, pero no era así. La besaba apasionadamente, poseyéndola, marcándola como suya.
            Shin Hye le clavó los dedos en los hombros. Sentir sus pechos apretados contra el torso masculino la electrificaba y cada beso era mejor que el anterior. Era como si su boca hubiera sido hecha para aquello.
            Cuando Yong Hwa bajó la cabeza para besar uno por uno los pezones sintió que estallaba en llamas.
            –Te deseo, Shin Hye –susurró–. Y estás lista...
            Entró en ella sin dejar de mirarla a los ojos, su cuerpo ensanchándose para acomodarlo. Las sensaciones se concentraban allí, donde sus cuerpos estaban conectados.
            –¿Te hago daño? –murmuró, al oírla gemir.
            –No, no.
            Shin Hye sintió un pequeño dolor, que fue remplazado por el placer, pero estaba dentro. Era asombroso. Estaba bien. Mejor que bien. Él empezó a moverse, despacio primero, luego con poderosas embestidas. Sus movimientos avivaban el deseo, animándola a tomar lo que él le ofrecía.
            Yong Hwa le sujetaba las caderas mientras aumentaba el ritmo y Shin Hye se agarró a sus hombros, gimiendo su nombre mientras se apartaba y volvía a entrar de nuevo.
            –¡Yong Hwa! –gritó, al sentir que su cuerpo se fragmentaba de nuevo.
            Él echó la cabeza hacia atrás, los tendones del cuello marcados mientras se dejaba ir dentro de ella.
            –¡Shin Hye!
            Unos segundos después, cuando pudo recuperar las fuerzas, Yong Hwa le dio un beso dulce y apasionado al mismo tiempo. Y ella supo que nunca podría amarlo tanto como lo amaba en aquel momento.

***

            Para Yong Hwa no había nada mejor que una buena comida, un buen vino y una mujer guapa. Y esa noche estaba disfrutando de las tres cosas. El sol se había escondido tras las montañas, tiñendo las copas de los árboles de tonos rojos, naranjas y amarillos. Desde el corredor, la vista era espléndida.
            ¿Y cómo podía describirla a ella? Preciosa, estupenda, sexy... sí, definitivamente sexy. Sentada en la mecedora, con una copa de vino en la mano y admirando la vista, Shin Hye estaba tan sexy como aquella mañana, en la cocina, con un vestido estampado.
            Temblaba al recordar esa mañana.
            Después de hacer el amor se habían quedado dormidos y habían despertado antes del almuerzo para tomar el desayuno. Muertos de hambre, habían devorado las tortillas con tostadas y luego, hambrientos el uno del otro, habían vuelto a la cama para quedarse allí hasta que sus estómagos volvieron a protestar.
            Hacía fresco, de modo que Yong Hwa había encendido la chimenea que había construido en el porche para días como aquel.
            –Me resulta difícil creer que haya pasado una semana –dijo Shin Hye entonces.
            –¿Una semana?
            –Desde el cambio de imagen.
            –¿Y no sabes nada de Jae Rim, aparte de que se ha llevado el coche a otro taller?
            –No sé nada y espero no saberlo nunca.
            En ese momento, Yong Hwa estuvo a punto de confesar que la amaba, pero sabía que era demasiado pronto. Tenía que darle tiempo para acostumbrarse a la idea de que eran una pareja. Y que algún día serían marido y mujer.
            –Gracias por ser tan paciente conmigo –dijo ella entonces.
            –¿Yo? Debes confundirme con otro hombre. No recuerdo haber sido paciente... de hecho, prácticamente te arranqué el vestido.
            –Sí, es verdad. Tienes mucha práctica.
           Yong Hwa pensó en las mujeres con las que se había acostado a lo largo de los años. Siempre le había gustado divertirse, pero nunca mentía sobre sus intenciones. Sin embargo, empezaba a preguntarse si Shin Hye se acostumbraría a que fuesen algo más que amigos. ¿Qué pensaría sobre la idea de casarse?
           
            –Deberíamos subir al dormitorio, ¿no te parece?
            Shin Hye sonrió.
           
***      
            Si alguien le preguntase, Shin Hye tendría que admitir que su vida durante las últimas semanas había sido perfecta. En la cabaña, Yong Hwa y ella habían decidido que se merecían otro día y, en lugar de volver el domingo, se habían ido el lunes por la tarde, llegando a Seul antes de medianoche.
            Yong Hwa había pasado la noche en su casa y luego, al día siguiente, Shin Hye durmió en la suya. Desde entonces eran prácticamente inseparables, salvo cuando Yong Hwa estaba viajando.
            Debía admitir que la transición de amigos a amantes tenía sus ventajas. Con Yong Hwa podía ser ella misma, la Shin Hye que había sido siempre, pero también una Shin Hye más audaz. Y él la animaba a serlo.
            Resultaba difícil creer que hubieran pasados dos semanas desde que tomaron la decisión de ser amigos con derecho.
            Esa noche, Yong Hwa iba a llevarla a una cena benéfica y estaba encantada de ir con él. Habían salido a cenar varias veces, al cine y a un partido de fútbol, pero aquella sería la primera vez que iban a ser vistos en público como una pareja y eso la ponía un poco nerviosa.
            Por eso se miró al espejo una docena de veces, aunque le encantaba el vestido, un regalo sorpresa de Yong Hwa, que había llegado en una caja enorme.
            Al verlo se quedó helada. Era de seda blanca, con lentejuelas plateadas solo visibles cuando caminaba. Era sencillamente precioso. Y pensar que Yong Hwa conocía sus medidas... al centímetro, además.
            El corazón le dio un vuelco cuando sonó el timbre. Después de mirarse al espejo por última vez, Shin Hye tomó su bolso y se dirigió a la puerta.
            El amor de su vida había ido a buscarla.

***
                       
            Min Hwan miró a su primo.
            –Shin Hye está guapísima esta noche.
            Yong Hwa asintió con la cabeza, sin dejar de mirarla mientras bailaba en la pista con Sung Hoon.
            –Sí, es verdad. ¿Cómo te van las cosas, Min Hwan? –le preguntó. Su primo era el nuevo médico de la familia y había decidido hacer la residencia en un hospital de Gangwon.
            –Bien, pero tengo mucho trabajo. Necesito un descanso.
            –¿Ah, sí? –Yong Hwa tomó un sorbo de vino–. Entonces, ¿que hayas vuelto a casa precisamente este fin de semana, igual que Sulli, es una coincidencia?
            Al ver que su primo se atragantaba con el vino, Yong Hwa le dio un par de golpes en la espalda.
            –¿Se te ha ido por el lado equivocado?
            Min Hwan lo fulminó con la mirada.
            –¿Tenías que darme tan fuerte?
            –Lo he hecho para ver si entras en razón.
            –¿Qué quieres decir?
            –Espero que sepas lo que haces. Si estás intentando que Sulli se vuelva loca...
            –¿Qué sabes tú de nosotros?
            –Solo lo que vi la última vez que estuviste en casa. Yo estaba dirigiéndome al despacho la mañana que tú deberías haber llevado a Sulli al aeropuerto. Según Tae Hee, debía estar allí a las cinco de la mañana, así que imagina mi sorpresa cuando los vi entrando a hurtadillas al departamento de Gemma.
            El departamento de Gemma estaba vacía porque después de casarse se había mudado a Japón.
            –No es lo que tú crees –dijo Min Hwan a la defensiva.
            –Yo no voy a decirte lo que debes hacer, pero espero que Tae Hee y Dong Gun no descubran lo que estás haciendo.
            –Estoy enamorado de ella.
            –¿Entonces por qué se esconden?
            Min Hwan se quedó callado un momento.
            –Ya conoces los planes de Tae Hee para Sulli –dijo luego–. Cuando termine la carrera de Medicina en primavera, Tae Hee espera que...
            –¿Y qué quiere Sulli? –lo interrumpió Yong Hwa.
            –Ella desea que estemos juntos, pero no quiere decepcionar a su hermana.
            –En cualquier caso, deberías contar la verdad.
            –¿Como has hecho tú, contando lo que sientes por Shin Hye? –replicó Min Hwan–. No te veo en un tejado gritando que la quieres.
            Era cierto, tuvo que admitir Yong Hwa. No le había dicho a nadie lo que sentía por Shin Hye, ni siquiera a la propia Shin Hye, aunque la gente que lo conocía se daba cuenta de que estaba loco por ella. Sin embargo...
            –Lo siento, no debería haber dicho eso –se disculpó Min Hwan–. Todo el mundo sabe que estás loco por Shin Hye. Es que estoy de mal humor porque he discutido con Sulli.
            –¿Por qué?
            –Yo quiero contar la verdad, pero ella no quiere que diga nada todavía y eso me molesta. No me gusta engañar a nadie, pero tengo que hacerlo.
            –Parece que Sulli y tú tienen que tomar una decisión –dijo Yong Hwa.
            Y también él tenía que tomar decisiones, pensó.
           
***
            Shin Hye salía del lavabo de señoras cuando tropezó con alguien que se había puesto en su camino.
            –Vaya, vaya, pero si es mi grasienta amiga. Se puede sacar a una mujer de un taller mecánico, pero no se le puede quitar la suciedad. Estoy seguro de que hay grasa en alguna parte de tu cuerpo.
            Shin Hye fulminó a Jae Rim con la mirada. Cuando intentó pasar a su lado, él la agarró del brazo.
            –Me avergonzaste en el Punch Bowl delante de todo el mundo y mentiste sobre tu relación con Jung. ¿Tu amigo? No te lo crees ni tú –le dijo, lanzando veneno por los ojos–. Y vas a pagar muy caro haberte reído de mí.
            –Suéltame antes de que te parta la cara –le advirtió Shin Hye.
            Jae Rim la soltó inmediatamente y ella se alejó sin mirar atrás, intentando calmarse. Pero cuando entró en el salón donde tenía lugar la cena, vio a Yong Hwa dirigiéndose hacia ella.
            –¿Pasa algo?
            –No, no pasa nada.
           –Me ha dicho que un hombre te agarró del brazo cuando salías del lavabo y he pensado que debía ser Jae Rim porque lo he visto antes por aquí. ¿Qué te ha dicho?
            Shin Hye pensó en la amenaza de Jae Rim, pero decidió callárselo. Aquel tipo era un idiota y lo último que quería era estropear la noche. Además, ella sabía cuidar de sí misma y ese bobo no le daba ningún miedo.
            –Nada. Al menos, nada que merezca la pena repetir.
            –Si se ha atrevido a tocarte...
            –Ya me he encargado de él, Yong Hwa. No necesito que soluciones mis problemas.
            Él la miró, en silencio, antes de decir:
            –¿Se te ha ocurrido pensar que tus problemas son mis problemas?
            Shin Hye se encogió de hombros.
            –No, porque eso no es parte de una relación de amigos con derecho.
            –Entonces, tal vez tengamos que discutir qué incluye esa relación.
            Shin Hye notó que estaba enfadado y no entendía por qué. ¿Echaría de menos su papel de donjuán? Ella creía que no era así, pero no podía dejar de preguntárselo, especialmente al ver cómo lo miraban las mujeres.
            Debía admitir que le molestaba un poco la cantidad de mujeres que habían intentado coquetear con él esa noche. Algunas tan descaradamente que era ridículo. Se acercaban cuando ella estaba a su lado... tal vez pensando que seguían siendo solo amigos. Pero incluso cuando le pasó un brazo por la cintura en un gesto más íntimo y la presentó como su cita, la mayoría torcían el gesto, como diciendo: «Buena suerte intentando que no te deje plantada».
            –Shin Hye, ¿me estás escuchando?
            En realidad, no. Sabía que había dicho algo sobre discutir lo que incluía su relación...
            –Si crees que tenemos que hablar, me parece bien. Pero cuando se trata de Jae Rim, puedo solucionarlo yo sola. No necesito que tú libres mis batallas.
            Y después de decir eso, Shin Hye se dio la vuelta.
            Yong Hwa tuvo que disimular su enfado el resto de la noche, pero se daba cuenta de que había cierta tensión porque Shin Hye apenas dijo una palabra mientras volvían a casa.
            Y en cuanto la puerta se cerró tras ellos, supo que debían hablar.
            –¿Qué te pasa, Shin Hye?
            Ella lo miró, echando chispas por los ojos.
            –No me pasa nada, aparte de que tienes algunas exnovias muy descaradas. Nunca he visto mujeres tan poco respetuosas.
            Yong Hwa se había dado cuenta y sabía que lo habían hecho a propósito para molestarla.
            –Espero que no dejes que eso te afecte. Yo no les he hecho ni caso.
            –No, pero...
            –¿Qué?
            –Nada, déjalo.
            –Te conozco bien y cuando dices «déjalo» es que pasa algo, así que vamos a hablar –Yong Hwa tomó su mano para llevarla al sofá y la sentó sobre sus rodillas–. Cuéntame qué te pasa.
            –Siempre te han gustado mucho las mujeres, pero ahora tienes que conformarte conmigo. Imagino que echarás de menos tu estilo de vida.
            Él la miró en silencio durante unos segundos. Tal vez era hora de contarle la verdad.
            –Te quiero, Shin Hye.
            –Claro que me quieres, ya lo sé. También yo te quiero a ti, por eso nos hemos aguantado durante todos estos años y...
            Yong Hwa le puso una mano en la boca.
            –Escúchame un momento: te quiero. Te quiero como un hombre quiere a una mujer.
            Shin Hye lo miró con los ojos como platos, y habría caído al suelo si no la hubiera sujetado.
            –No puedes quererme así.
            –¿Por qué no?
            –Porque es así como te quiero yo.
            Yong Hwa se quedó sin habla unos segundos.
            –¿Estás diciendo que me quieres como yo te quiero a ti?
            Shin Hye se encogió de hombros.
            –No lo sé. ¿Cómo me quieres tú?
            –Te quiero y pienso en ti todo el tiempo, incluso cuando estoy trabajando. Huelo tu perfume cuando no estás, eres la primera persona en la que pienso cuando despierto por la mañana y la última en la que pienso antes de irme a dormir. Pase lo que pase, siempre estaré a tu lado, incluso sabiendo que puedes cuidar de ti misma. Quererte hace que desee cuidar de ti.
            Los ojos de Shin Hye se habían llenado de lágrimas.
            –Nunca había oído una declaración de amor tan bonita –murmuró, tragando saliva–. ¿Cuándo lo has sabido?
            –Si quieres que sea sincero, no lo sé. Puede que te haya amado desde siempre. Mi familia sospecha que es así, pero yo tuve que reconocerlo hace poco. Tu fascinación por Jae Rim hizo que me diera cuenta de lo que significabas para mí.
            Ella se mordió los labios.
            –Mi interés por Jae Rim era debido a ti. Pensé que lo necesitaba.
            Yong Hwa enarcó una ceja.
            –No lo entiendo. ¿Para qué lo necesitabas?
            Shin Hye le echó los brazos al cuello.
            –Para arrancarte de mi corazón. Noté que empezaba a sentirme atraída por ti cuando estuvimos en la cabaña. En realidad, era algo más que una atracción. Supe que me había enamorado de ti y me asusté porque nunca había sentido eso por un hombre... especialmente por ti, que eras mi mejor amigo. No podía enamorarme de mi mejor amigo, así que se me ocurrió lo que parecía un plan perfecto: encontrar a otro hombre del que enamorarme.
            Yong Hwa esbozó una sonrisa.
            –Me parece que no funciona así, Shin Hye.
            –Ya me he dado cuenta.
            –Entonces, ¿estás diciendo que todo esto con Jae Rim era un plan que hiciste para olvidarte de mí?
            –Algo así. Bueno, no para olvidarme de ti sino de la atracción que sentía por ti. Suena absurdo, ¿verdad?
            –No más absurdo que lo que he hecho yo. Me negaba a reconocer la verdad: que estaba enamorado de ti, incluso cuando Min Hyuk me lo dejó bien claro. En la cabaña admitimos que nos sentíamos atraídos el uno por el otro, pero deberíamos haber dicho toda la verdad.
            –Sí, es cierto, pero vamos a hacerlo ahora –asintió ella–. Te quiero, Jung Yong Hwa. Te quiero como mi mejor amigo, mi amante y el hombre al que quiero para siempre en mi vida.
            –Y yo te quiero a ti, Park Shin Hye. Te quiero como mi amiga, mi amante y la mujer a la que quiero para siempre en mi vida.
            –Ay, Yong Hwa –Shin Hye exhaló un suspiro–. Temía que descubrieras mis sentimientos por ti y perderte para siempre. Y con todos tus hermanos y primos casándose, me preocupaba que te enamorases de otra mujer que no aceptase nuestra relación.
            Él asintió con la cabeza.
            –También a mí se me ocurrió cuando parecías obsesionada por ese tipo. Temía que se interpusiera entre nosotros y decidí que eso no podía pasar. Ojalá me hubiera sincerado antes sobre mis sentimientos, pero tal vez las cosas ocurren por una razón.
            –¿Tú crees?
            –No lo sé, pero ahora sabemos la verdad. Lo que necesito que entiendas es que querer a alguien significa que esa persona te importa por encima de todo. Que quieres consolarla, ser su protector cuando lo necesita. Sé que puedes defenderte de cualquier hombre, pero eso no anula mi deseo de protegerte. Y cuando quiera hacerlo, sígueme la corriente, ¿de acuerdo?
            Shin Hye sonrió.
            –De acuerdo.
            Yong Hwa se inclinó hacia delante para buscar sus labios. La conexión entre ellos era diferente en aquella ocasión porque sabía lo que sentía y Shin Hye sabía lo que sentía él. Agitado, buscó su boca de nuevo en un beso más ansioso. Necesitaba hacerle el amor; era un deseo intenso, extremo, poderoso.
            Se levantó del sofá con ella en brazos. Su destino era el dormitorio, pero solo pudo llegar a la escalera.
            –No puedo seguir –murmuró, buscando sus labios de nuevo.
            Buscó la cremallera del vestido y tiró de ella ansiosamente para quitárselo. Yong Hwa se interrumpió al ver lo que llevaba bajo el vestido: una liga blanca de encaje con tanga a juego. Nunca en toda su vida había visto nada tan sexy.
            –Muy bonito –murmuró, casi sin voz.
            –Les diré a tus primas y cuñadas cuánto te ha gustado. Fue idea suya que lo comprase.
            –Entonces, tienes que ir de compras con ellas más a menudo. Aunque voy a quitártelo ahora mismo.
            –Creo que esa es la idea.
            Yong Hwa la desnudó en unos segundos y Shin Hye hizo lo propio, empezando por la chaqueta del esmoquin.
            –Ahora estamos en paz.
            –Si eso te hace feliz... –dijo él, apretando su espalda contra la pared–. Me encantas.
            –Tú a mí también.
            Dicho eso, Yong Hwa se deslizo dentro de ella, tan profundamente como era posible...
            Shin Hye envolvió las piernas en su cintura mientras se movía, empujando, llenándola, apartándose para llenarla de nuevo una y otra vez. Su aroma lo estimulaba, la suavidad de su piel lo excitaba como nunca y sus gemidos hacían que la desease aún más.
            Intentó ir despacio para que durase más, pero estuvo a punto de perder la cabeza. Estaba muy cerca, pero se negaba a terminar antes que Shin Hye.
            Cuando inclinó la cabeza para chuparle uno de los pezones, ella le clavó los talones en la espalda, las uñas en los hombros. Pero lo único que podía sentir era el éxtasis de estar dentro de ella.
            Shin Hye gritó su nombre y Yong Hwa levantó la cabeza para buscar sus labios. Y allí se quedó, incluso mientras sentía los espasmos de un fiero orgasmo.
            Sentía algo más que amor por ella, la adoraba. Siempre la adoraría y siempre estaría a su lado.
            Por fin, se apartó para tomarla en brazos.
            –Creo que esto era lo que íbamos a hacer antes de que nos distrajésemos por el camino –bromeó, mientras subía por la escalera.
            –Distraerse puede estar muy bien –susurró ella.
            Cuando llegaron al dormitorio, cayeron juntos sobre la cama con la intención de hacer de aquella una noche que ninguno de los dos olvidase nunca.




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3 comentarios:

  1. Waw unnie, que maravilloso capitulo, por fin confesaron su mutuo amor, ojala a ese Jae Rim no se le ocurra hacer nada en contra de ellos. Amo este fic, gracias por dejarnos leerlo. Espero ansiosa el proximo capitulo

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  2. waoooo gran cap unnie espero que puedas actualizar pronto este fic me encanta que bueno que ambos fueron sinceros con sus sentimientos y ese idiota de jae ri no se interponga entre ellos

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  3. Oigan calmense es sólo un fanfics pobre Jae Rim.
    Sobre que es tan lindo.
    Pero me gusto el fics estaba super el Capítulo.
    Espero que sigan subiendo

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