–¿Alguna razón para que llames a mi
puerta a estas horas? Es más de medianoche –protestó Min Hyuk, apartándose para
dejarlo entrar.
Yong Hwa fue directamente al salón y
empezó a pasear de un lado a otro.
–¿Quieres un café?
–No, lo que quiero es un consejo.
Hoy he tenido una cita con Shin Hye.
Min Hyuk se dejó caer sobre el sofá.
–Sales con ella continuamente. ¿Por
qué esta noche ha sido diferente?
–La he besado.
Su primo lo miró, sacudiendo la
cabeza.
–Si tú no necesitas un café, yo sí
–anunció, levantándose para ir a la cocina, con Yong Hwa pisándole los
talones–. ¿Por qué has besado a Shin Hye?
–No sé por qué la he besado. Estaba
jugando con su pelo y, de repente, estaba devorándola.
–Por favor, no exageres –dijo Min
Hyuk, sirviéndose una taza de café.
–Pero eso es lo que ha pasado.
–Me sorprende que Shin Hye no te
haya dado un golpe de karate.
Yong Hwa decidió que necesitaba un
café después de todo y sacó una taza del armario.
–No lo hizo porque pensó que estaba
poniéndola a prueba.
–¿Qué?
–Va a hacerse un cambio de imagen
para ese tipo, ese tal Jae Rim. Lo sé porque se le escapó el nombre.
Min Hyuk sacudió la cabeza.
–Volvamos a eso de ponerla a prueba.
–Como nunca la habían besado de
verdad, Shin Hye pensó que estaba poniéndola a prueba para saber si sabría qué
hacer cuando ese tipo la besara. Y entonces yo cometí el error de decirle que
necesitaba mejorar un poco.
–¿Y es así?
–No, le mentí. Besa de maravilla...
–Yong Hwa suspiró– Si quieres que sea sincero, fue un beso fantástico. Y ahora
me he enredado en esa mentira porque quiere que la ayude a besar mejor.
–A ver si lo entiendo: ¿tan
platónica es su relación que Shin Hye cree que pueden besarse sin que pase
nada?
–No va a pasar nada –dijo Yong Hwa.
Min Hyuk soltó un bufido.
–Si creyeras eso no estarías aquí,
pidiéndome consejo a medianoche.
–Ella solo me ve como un amigo, su
mejor amigo.
–¿Y tú?
Yong Hwa miró su taza de café antes
de responder:
–Eso es lo raro. Mientras la besaba,
una parte de mi cerebro decía: ¿qué haces besando a Shin Hye? Pero otra parte
veía a una mujer muy sensual. La verdad es que mientras la besaba se me olvidó
que es mi mejor amiga.
–Parece que estás metido en un buen
lío.
–Dímelo a mí –Yong Hwa exhaló un
suspiro– Si me niego, ella pensará que estoy siendo egoísta, que no quiero que
salga con el tal Jae Rim porque soy exageradamente protector. Pero si hago lo
que me pide, puede que pierda el control y acabe llevando la relación a otro
nivel. Un nivel que no existe entre amigos. ¿Qué sugieres que haga?
Min Hyuk se pasó una mano por la
cara, pensativo.
–Haz lo que ella quiere –respondió
por fin.
–¿Quieres que la enseñe a besar para
otro hombre?
–Si eres listo, estarás enseñándola
a besar para ti.
Yong Hwa frunció el ceño.
–Esto no tiene gracia.
–No me estoy riendo.
–¿Estás sugiriendo que, después de
todos estos años, pase de ser amigo a ser amante de Shin Hye?
–Exactamente.
–¡Estás loco! No puedo hacer eso, es
absurdo.
Min Hyuk se encogió de hombros.
–La has besado y, por lo que me
cuentas, te ha gustado mucho.
Yong Hwa fulminó a su primo con la
mirada.
–Me voy. He venido a pedirte consejo
y no dices más que tonterías.
–¿Crees que son tonterías?
–Pues claro. ¿Desde cuándo somos
amigos Shin Hye y yo?
–Desde el instituto, si no recuerdo
mal.
–Recuerdas perfectamente. Y en todos
esos años, ¿alguna vez has sospechado que hubiera algo más entre nosotros?
–Sí, todos lo hemos sospechado.
Yong Hwa lo miró, perplejo. Esa no
era la respuesta que esperaba.
–¿Y quienes son «todos»?
Min Hyuk se encogió de hombros.
–Toda la familia –respondió.
–Bueno, pues espero que toda la
familia esté equivocada. Shin Hye y yo solo somos amigos. La protegería con mi
vida y viceversa. Nunca jamás en todos estos años he pensado en ella como algo
más que una gran amiga.
–¿Y entonces el beso de esta noche?
Por lo que me cuentas, ella pensaba que estabas poniéndola a prueba, pero
siento curiosidad por saber qué pensabas tú. ¿Por qué has besado a una mujer
que no es más que una gran amiga? ¿Por qué la has devorado? Son tus propias
palabras, no las mías.
La tensión hacía que a Yong Hwa le
doliese la cabeza.
–Me marcho –dijo, dejando la taza de
café sobre la mesa.
–No has respondido a mi pregunta
–insistió Min Hyuk–. ¿Por qué la has besado?
–Ya te he contado lo que pasó.
Estaba tocándole el pelo y, de repente, estábamos besándonos.
–¿Y por qué le tocabas el pelo? ¿Lo
haces a menudo?
–Sí... no, déjalo, Min Hyuk, estás
confundiéndome.
–Y tú me confundes a mí. Es más de
medianoche y estoy demasiado cansado como para debatir contigo, pero sé lo que
tiene sentido y lo que no. Sugiero que te vayas a casa y pienses en lo que ha
pasado antes de tomar una decisión.
–¿Qué decisión?
–Si quieres que vuelva a pasar o no.
Tienes que decidir si Shin Hye va a convertirse en una experta en besos contigo
o con otro hombre.
Yong Hwa tragó saliva.
–¿Cómo?
–Ya sabes cómo son las mujeres. Solo
te piden que hagas algo una vez y, si eres lento, buscarán a otro. Seguro que
muchos de sus empleados estarían encantados de enseñarla a besar. Y puede que
no se detuvieran ahí.
La imagen que le apareció en el
cerebro a Yong Hwa hizo que le hirviera la sangre.
–Me marcho.
–Muy bien. Buenas noches.
–Y nunca volveré a pedirte consejo.
Min Hyuk rio cuando oyó que cerraba
de un portazo.
–Sí, Yong Hwa, claro que volverás
–murmuró.
***
–¿Por qué estás tan contenta? Tienes
una sonrisa de oreja a oreja.
Shin Hye dejó de sonreír al ver a Min
Rae.
–No estaba sonriendo –murmuró,
moviendo la llave inglesa para retirar una batería defectuosa.
–Sí estabas sonriendo y llevas
haciéndolo toda la mañana. ¿Ocurrió algo anoche, en tu cita con Yong Hwa?
–No era una cita, solo fuimos al
cine. ¿Y quién te lo ha contado?
–Tú misma. ¿Es que no te acuerdas?
No, no se acordaba. Pero seguramente
lo habría mencionado porque era muy habitual que Yong Hwa y ella fuesen al cine
o a cenar.
–No me acuerdo, pero da igual.
–Entonces, si no es Yong Hwa quien
te pone una sonrisa en los labios, debe ser porque Jae Rim está aquí.
–¿Está aquí? –repitió Shin Hye,
preguntándose por qué no sentía nada. El pulso no se le había acelerado, el
corazón le latía como siempre, la respiración no era agitada.
–Está con Woo Duk. Y tan guapo como
siempre.
–¿Y, por qué está aquí? Le hicimos
la última revisión hace poco.
–Tiene un rasguño en el asiento. Le
he oído decir que se lo había hecho una mujer con el tacón del zapato
–respondió Min Rae–. Imagino que deberías salir a saludar a tu futuro novio.
Shin Hye se limpió la grasa de las
manos, esbozando una sonrisa.
–Creo que tienes razón, voy a
saludarlo.
Un momento después, se acercaba a Woo
Duk y Jae Rim. De perfil, podía ver el parecido con Yong Hwa. Los dos eran
altos, guapos y elegantes, pero ahí terminaban los parecidos.
Los dos hombres levantaron la mirada
al verla.
–Hola, señor Song. Me alegro de
volver a verlo.
–No estaría aquí si no fuera por
este rasguño en el asiento –dijo él, con gesto irritado–. Woo Duk me ha
asegurado que quedará como nuevo.
–Por supuesto que sí.
Shin Hye sabía que no estaba
precisamente guapa. Llevaba su uniforme de trabajo, botas y una gorra, pero en
fin... Jae Rim ni siquiera la había mirado.
Pero decidió que eso no debía
molestarla. El sábado por la noche vería lo guapa que podía estar cuando hacía
un pequeño esfuerzo.
–Bueno, si me necesita para algo,
dígamelo. Nos gusta tratar bien a nuestros clientes.
No había esperado que Jae Rim dijese
nada, pero tampoco habría estado mal que le diese las gracias, por ejemplo. En
lugar de eso, se volvió hacia Woo Duk y empezó a hablar del rasguño en el
asiento de piel como si ella no estuviera allí.
–Que tenga un buen día, señor Song.
Él se limitó a asentir con la
cabeza, sin mirarla. Y, al ver que no tenía el menor interés, Shin Hye volvió a
su trabajo. No iba a enfadarse porque Jae Rim no mostrase interés, pero
esperaba llamar su atención el sábado por la noche.
***
Ocho horas después, completamente
agotada, Shin Hye entraba en el cuarto de baño para darse una ducha. Había
quedado en el centro con Tae Hee, que estaba pensando abrir una escuela de
interpretación en Seul y tenía que ver un local, y luego irían a cenar.
Había reparado un total de once
coches aquel día y estaba agotada. Apenas podía mantener los ojos abiertos
cuando entró en la ducha, pero en cuanto el chorro de agua le golpeó la cara se
espabiló. Había estado pensando en el beso de Yong Hwa durante todo el día. No
podía dejar de pensar en él y cada vez que lo hacía sentía un cosquilleo...
No tenía experiencia, pero sabía que
ningún beso podía ser mejor que el de Yong Hwa porque la había hecho temblar
por dentro. Sin duda, era un experto y no quería ni pensar en la cantidad de
mujeres a las que habría besado para saber tanto. Que Yong Hwa hubiera salido
con tantas chicas nunca le había molestado... ¿por qué le molestaba en ese
momento?
Pero ella sabía la respuesta a esa
pregunta, por eso tenía un plan. Necesitaba una distracción, aunque fuese
alguien como Jae Rim. Esperaba que solo hubiera tenido un mal día y no fuese
siempre tan antipático.
Después de ducharse, abrió el
armario y, por primera vez, notó que solo contenía camisetas y pantalones
vaqueros. También tenía un par de pantalones de vestir, azules, marrones y
negros, pero ningún vestido. Cuando debía acudir a una fiesta, una boda o un
funeral, se ponía un traje de chaqueta.
Pero Yong Hwa había sugerido que
mostrase las piernas, de modo que lo mejor sería ir de compras. Y una parte de
ella empezaba a emocionarse con el plan, esperando que esos cambios jugasen a
su favor.
***
Dong Gun asomó la cabeza en el
despacho de Yong Hwa.
–¿Sigues aquí?
–Tengo mucho trabajo. Estoy redactando
el contrato de compra venta de las instalaciones del nuevo edificio.
–Crucemos los dedos para que todo
salga bien –dijo su hermano–Me eh enterado que hay muchas empresas que quieren
invertir en nuestro nuevo proyecto.
Yong Hwa asintió con la cabeza.
–Por eso yo sigo trabajando a estas
horas, ¿pero cuál es tu excusa? Son más de las seis.
Dong Gun sonrió.
–He quedado con Tae Hee. Tenía que
venir al centro para ver a Shin Hye...
–¿A Shin Hye?
–Sí –respondió su hermano,
sentándose frente al escritorio–. Me ha contado algo sobre unos consejos de
belleza o algo parecido.
Yong Hwa hizo una mueca.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Claro.
–Si tu mejor amiga te pidiese un
favor, ¿se lo harías?
–Por supuesto, aunque no haría nada
que estuviese fuera de la ley.
–No tiene nada que ver con la ley.
–Si no fuese algo inmoral ni le
hiciese daño a nadie, claro que le haría el favor.
–¿Y si ese favor cambiase la
dinámica de tu relación con esa amiga?
Dong Gun se quedó callado un
momento.
–En ese caso, me lo pensaría mucho.
***
Shin Hye sonrió cuando entro en el
restaurant y vio a Tae Hee sentada a una mesa. Estaba tan guapa como siempre y
entendía por que Dong Gun se hubiese enamorado locamente de ella.
–Espero que no lleves mucho rato
esperando –le dijo inclinándose a modo de saludo.
–Acabo de llegar y he pedido una
copa de vino. Por tu llamada, entiendo que quieres impresionar a un hombre.
–Eso es –Shin Hye hizo una pausa
para pedirle al camarero una copa de vino–. Creo saber dónde estará ese hombre
el sábado, y pienso ir allí con un aspecto totalmente diferente al que tengo en
el taller. En otras palabras, quiero hacer una entrada espectacular. ¿Crees que
será posible?
–Por supuesto. Ritz, mi estilista,
es fabuloso. ¿Quieres que te pida una cita con él?
–Sí, por favor.
–Hecho –dijo Tae Hee–. Seguramente
también necesitarás manicura, pedicura...
–Sí, por su puesto.
–¿Y ropa?
El camarero apareció en ese momento
con su copa de vino y Shin Hye tomó un sorbo.
–Yong Hwa dice que debo ponerme un
vestido.
Tae Hee enarcó una ceja.
–¿Ah, sí?
–Según él, tengo las piernas bonitas
y debo enseñarlas.
–Qué interesante –murmuró Tae Hee,
mirándola por encima de su copa de vino.
–De hecho, todo esto del cambio de
imagen ha sido idea suya.
Tae Hee esbozó una sonrisa.
–Conozco una boutique estupenda.
¿Qué tal el viernes?
–Muy bien.
–Le pediré a Ji Young que venga con
nosotras. Ya sabes que es una experta en moda.
Ji Young, casada con Yoo Suk, el
mayor de los primos de Yong Hwa, era la editora de una revista femenina de
tirada nacional.
–Eso sería maravilloso.
–La llamaré para ver si está
disponible. Por cierto, te recomiendo que te tomes el día libre. Cuando
necesitas comprar algo puedes tirarte un día entero buscando.
–Pensé que iríamos por la tarde, después
del trabajo.
Tae Hee negó con la cabeza.
–No te lo aconsejo..
¿El día entero de compras? Shin Hye
no podía ni imaginarlo.
–Muy bien. Le pasaré mi orden de
trabajo a los demás mecánicos para tener todo el día libre.
–Estupendo.
Shin Hye tomó otro sorbo de vino.
Estaba empezando a preguntarse si comprar un vestido y hacerse un cambio de
imagen era estupendo o no.
***
Eran casi las nueve cuando Yong Hwa
salió del aparcamiento de la empresa. Afortunadamente, había limpiado todos los
archivos de su mesa y terminaría con los casos pendientes antes del fin de
semana.
Pero mientras tomaba la autopista
que lo llevaría a la mansión de los Jung no dejaba de pensar en Shin Hye. Solía
llamarla a diario, pero aquel día no la había llamado porque lo último que
deseaba era que mencionase el beso de la noche anterior o su oferta de ayudarla
a mejorar.
Él conocía a Shin Hye mejor que a
nadie y sabía lo inocente que era en lo que se refería a los hombres. En todos
esos años, solo recordaba que le hubiese gustado uno, el capitán del equipo de
beisbol, que siempre estaba rodeado de chicas y, en su opinión, era un imbécil.
Había fingido sentir afecto por Shin
Hye mientras ella le instalaba unos altavoces en el coche, pero después fue al
baile de graduación con otra. Y, por si eso no fuera suficiente, presumía de
haber utilizado a Shin Hye para conseguir lo que quería. Según él, no era lo
bastante linda.
El pobre chico había terminado
lamentando sus palabras porque él le dio su merecido. Hasta aquel día, Yong Hwa
dudaba que Shin Hye lo supiera y esperaba que la historia no se repitiese.
Shin Hye seguía negándose a contarle
nada del tal Jae Rim, y lo último que quería era tenerla llorando en sus brazos
como lo había hecho en ese entonces.
Nadie iba a tratarla mal mientras él
pudiese evitarlo y, por eso, estaba decidido a descubrir dónde pensaba verlo
ese fin de semana.
Yong Hwa sacudió la cabeza. Solo Shin
Hye podía pensar que enseñarla a besar era lo mismo que enseñarla a jugar a las
damas. Confiaba en él y sabía que no se aprovecharía, pero no entendía a los
hombres. Incluso con las mejores intenciones, un hombre no podía dejar de
desear a una mujer, aunque esa mujer fuera su mejor amiga.
La noche anterior se había enfadado
con Min Hyuk porque había intentado poner ideas en su cabeza, pero cuando llegó
a casa y se metió en la cama tuvo que reconocer que estaba en lo cierto. Min
Hyuk solo había intentado hacerle admitir que esos pensamientos ya estaban
allí. Habían nacido años antes, pero nunca habían sido regados o nutridos y,
sin embargo, de repente empezaban a crecer.
Y esa era la razón por la que no
podía enseñarla a besar. Había sentido algo y, por un momento, absorto en el
beso, había olvidado que se trataba de su mejor amiga. Shin Hye le hacía perder
la cabeza y eso no podía ser.
Pero, aunque no quería que volviese
a pasar, tampoco podía olvidar la advertencia de Min Hyuk: si no lo hacia él,
lo haría otro. Imaginar a Shin Hye besando a otro hombre hacía que se le
encogiera el estómago de rabia.
Y esa rabia fue la que le hizo que
pulsara el botón del volante que conectaba el teléfono.
–¿Sí? –respondió ella.
Al escuchar su voz, Yong Hwa sintió
un escalofrío por la espina dorsal. ¿Por qué le pasaba eso?
–Soy yo. ¿Cómo va todo?
–Bien –respondió ella – Hoy he
reparado once coches y luego he tomado una copa con Tae Hee. Hemos estado
hablando del cambio de imagen.
Yong Hwa había oído hablar de ese
encuentro con Tae Hee.
–¿Y qué tal?
–Bien. Tengo una cita con Ritz, su
estilista, el sábado por la mañana. El viernes iré de compras con ella y con Ji
Young, así que no pasaré por el taller. ¿Puedes creer que vamos a estar todo el
día de compras?
Sí, podía creerlo. Las mujeres de su
familia eran muy aficionadas a ir de compras.
–¿Y qué haces ahora?
–Estoy leyendo el libro que me
prestaste antes de irme a dormir. ¿Por qué?
Yong Hwa tragó saliva.
–Acabo de salir de la oficina y he
pensado que podríamos empezar con las clases. ¿Te parece bien?
–Sí, me parece bien –respondió Shin
Hye.
Pero su voz sonaba más ronca de lo
habitual.
***
Veinte minutos después, Shin Hye
respiró profundamente al escuchar el ruido de un coche deteniéndose frente a la
casa. Yong Hwa había ido a verla para seguir con las clases.
Desde que cortó la comunicación
había intentado convencerse a sí misma de que no tenía tanta importancia. Ella
necesitaba aprender a besar y él estaba dispuesto a enseñarle. No sería la
primera vez que le enseñaba algo. Cuando quiso aprender a hacer esquí acuático,
Yong Hwa le había enseñado algunas técnicas y también la había ayudado con las
clases de guitarra en el instituto.
Shin Hye abrió la puerta y lo vio
subiendo los escalones con una sonrisa en los labios.
–Estás muy guapa, Shin Hye.
Aún llevaba el pantalón marrón y la
blusa beis que se había puesto para ver a Tae Hee.
El brillo de sus ojos era nuevo para
ella.
–Hola –empezó a decir, intentando
controlar la lujuria que la consumía –Tú también estás muy guapo.
Yong Hwa cerró la puerta y se
acercó, con un gesto tan cargado de virilidad que se le doblaron las rodillas.
Y cuando se detuvo a unos centímetros de ella, Shin Hye se dio cuenta de que se
sentía atraída por él. Como nunca. Era alto y guapo, con un cuerpo
proporcionado que excitaría a cualquier mujer. Sus anchos hombros se marcaban
bajo la chaqueta, los vaqueros cubrían unos muslos poderosos y firmes.
Le tomó la cara entre las manos y
susurró:
–¿Te he dicho últimamente lo guapa
que eres?
Shin Hye intentó recordar que
estaban actuando.
–No, últimamente no.
–Un error por mi parte –dijo él, con
voz ronca–. Uno que hay que corregir inmediatamente.
Y luego inclinó la cabeza para rozar
sus labios.
Pero no la besó inmediatamente, como
el día anterior. En lugar de eso, se quedó sobre su boca, como permitiéndole
absorber el calor de su aliento. Luego se inclinó un poco más y la beso.
Por instinto, Shin Hye abrió los
labios y lo recibió con ardiente deseo. Cuando cerró los ojos, las sensaciones
se volvieron casi insoportables.
Yong Hwa se había apoderado de sus
labios haciéndola cautiva, cada roce más excitante que el anterior, aunque no
sabía cómo era posible. ¿Cómo un beso de prueba podía ser tan excitante?
Entonces Yong Hwa bajó las manos y
dio un paso atrás, jadeando como ella para recuperar el aliento. Shin Hye no
podía dejar de preguntarse cómo podía hacer tan bien su papel.
–Bueno... –empezó a decir, cuando
encontró su voz–. ¿Qué tal lo he hecho?
El brillo de aprobación en sus ojos
la animó.
–Muy bien –le confirmó Yong Hwa.
Claro que ese brillo era parte del
juego. La persona a la que acababa de besar era su mejor amigo y el beso no
había sido real, solo una lección. ¡Pero qué lección!
–Ven, vamos a sentarnos en el sofá
para hablar un rato.
–¿Hablar?
–Tenemos que cubrir todos los
aspectos de ese beso en detalle.
Shin Hye tragó saliva.
Una vez en el sofá, Yong Hwa le
apretó la mano. El beso, que debería ser una lección, había hecho que viera el
poder que tenía Shin Hye sobre él... y lo fácil que sería para un hombre
aprovecharse de ella.
Su reacción al beso había sido
instintiva, la reacción que hubiera tenido con cualquier mujer. Pero era Shin
Hye y, supuestamente, debía mantenerse alejado, distante, indiferente.
Sin embargo no era así, todo lo
contrario.
–¿Y bien?
–Lo que quería era crear el
ambiente. Deberías haberlo notado en cuanto llegué.
Shin Hye asintió con la cabeza.
–Lo he notado. He visto un brillo en
tus ojos y enseguida me he dado cuenta de que estabas interpretando.
Yong Hwa se preguntó qué pensaría si
supiera que no era así. Al verla, su reacción había sido puramente sensual y
definitivamente real.
–Para empezar, te he hecho un
cumplido con intención de engatusarte y para darte una pista de mis
intenciones. Pero cuando he tomado tu cara entre las manos no deberías haber
tenido duda alguna.
–No, claro que no.
–Muy bien. Este beso podría
clasificarse como un «me gustas». Un beso entre dos personas que quieren
conocerse mejor, ni demasiado ligero ni demasiado apasionado.
–¿Tú crees que ese es el tipo de
beso que me dará Jae Rim?
Yong Hwa dio un respingo al escuchar
ese nombre.
–Si es listo, imagino que sí
–murmuró, haciendo un esfuerzo–. Pero si intenta apresurar las cosas, te dará
un beso que dice «te deseo». Y esos pueden ser peligrosos.
–¿En qué sentido?
–La intención de esos besos es que
la mujer pierda la cabeza porque el hombre solo quiere una cosa: llevarte a su
cama.
–Ah –murmuró Shin Hye–. ¿Y qué hago
si me da ese beso?
–Cortarlo inmediatamente –respondió Yong
Hwa, con más fuerza de la necesaria–. Una mujer puede interrumpir un beso
cuando quiera, especialmente si le parece agresivo o es algo más de lo que ella
desea.
–Ah, muy bien. Vamos a probar.
Él enarcó una ceja.
–¿Perdona?
–Vamos a probar uno de esos. Tengo
que saber la diferencia entre uno y otro.
–Te aseguro que notarás la
diferencia.
–Quiero estar segura del todo.
–No creo que sea buena idea.
–¿Por qué? Sé que soy la última
mujer con la que querrías acostarte, pero necesito que finjas que es así para
notar la diferencia. Quiero gustarle a Jae Rim, pero no estoy dispuesta a
acostarme con él.
Yong Hwa se alegraba infinito.
–No quiero que me pille
desprevenida. ¿Y si se lo devuelvo sin saber qué clase de beso es? Jae Rim
pensaría que estoy intentando calentarle para nada.
A Yong Hwa le importaba un bledo lo
que pensara el tal Jae Rim, y tuvo que morderse la lengua para no decirlo. Shin
Hye quería impresionar a un hombre que tal vez no la merecía.
Shin Hye no conocía el poder de un
beso así y mucho menos dónde podía llevar. Tal vez debería enseñárselo, pensó.
–Muy bien, pero solo porque tú me lo
pides –Yong Hwa se levantó para quitarse la chaqueta y dejarla en el respaldo
del sofá–. Recuerda que puedes apartarte en el momento que desees hacerlo
–añadió, volviendo a sentarse a su lado.
–¿Y si me aparto y él sigue
besándome?
–Entonces, le das una bofetada.
Shin Hye sonrió.
–Muy bien.
Él le devolvió la sonrisa, sabiendo
que no dudaría en hacerlo.
–Bueno, vamos a empezar. Prepárate
porque es un beso muy intenso. Estás advertida.
–De acuerdo.
Yong Hwa se inclinó hacia delante.
Olía tan bien... y lo supiera o no, exudaba feminidad.
–¿Yong Hwa?
Solo entonces se dio cuenta de que
estaba mirándola como un bobo.
–¿Sí?
–¿Ocurre algo?
Podría sincerarse y decirle que sí,
que ocurría algo, pero no sabía qué. También podría decirle que no quería que
se acercase al tal Jae Rim, pero si ella le preguntaba por qué, no sabría qué
decir.
–No, no pasa nada. Estoy intentando
entender por qué una mujer tan guapa como tú no tiene cientos de hombres
llamando a su puerta a todas horas –Yong Hwa le quitó la cinta del pelo y le
enredó los dedos en los sedosos mechones.
–¿Otra vez estás actuando?
–Sí.
–Entonces, supongo que también yo
debería actuar –Shin Hye acaricio los labios de él– Me gustan tus labios.
–Ya veo –murmuró él, intentando
disimular un escalofrío–Como a mí me gusta tu pelo.
–¿Ah, sí?
–Sabes que sí. Y una mujer que sabe
arreglar un carburador y no necesita que un hombre le cambie un neumático tiene
que ser dinamita en otros aspectos de la vida.
–Me gusta esa teoría tuya.
–Y a mí me gustas tú –Yong Hwa sabía
que el deseo que había entre los dos no era fingido, era real. De repente, la
tomó por la cintura para sentarla en sus rodillas y Shin Hye dejó escapar un
gemido de sorpresa–. Aquí es donde te quiero por el momento. ¿Tienes alguna objeción?
Ella lo miró durante un segundo
antes de responder:
–No, ninguna.
En realidad, se preguntaba si
debería tener algún problema. Yong Hwa no sabía lo que sentía por él o cómo
luchaba contra sus sentimientos. No sabía que su rostro invadía sus sueños, que
fantaseaba con sus labios. No sabía cuánto deseaba besarlo. Pero aquel juego
era tan divertido... podía dejarse ir, disfrutar de la atracción que sentía por
él sin decirle la verdad.
–¿Shin Hye?
¿Los ojos de Yong Hwa se habían oscurecido
o era su imaginación? Debía ser su imaginación.
–¿Sí?
–No tenemos por qué hacerlo.
–Quiero hacerlo. Necesito hacerlo.
–¿Ese tipo significa tanto para ti?
Shin Hye estuvo a punto de decir que
no.
–No lo sé. Lo único que sé es que quiero
que se fije en mí. Quiero que me vea como una mujer, no como el mecánico que le
arregla el coche.
–Bueno, pues me enfadaré mucho si
descubro que no te aprecia por lo maravillosa que eres. Y no lo digo como tu
mejor amigo, lo digo como un hombre que ha salido con muchas mujeres y sabe
cuándo ha encontrado una joya.
Esas palabras la emocionaron tanto
que los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Por qué tenía que decirle esas cosas
tan bonitas?
–Gracias –dijo por fin, cuando pudo
hablar.
–No me des las gracias. No era un
simple cumplido, lo digo en serio.
Shin Hye se mordió los labios para
evitar que le temblasen, como le temblaba el corazón. Yong Hwa hacía tan bien
su papel que el anhelo de ser algo más que amigos era abrumador. Desgraciadamente,
eso no iba a pasar. Pero, durante unos minutos, mientras la educaba en el fino
arte de los besos, podía creer que así era.
–Bésame, Yong Hwa.
–Pedirle a un hombre que te bese es
muy peligroso. Pensará que ya ha ganado la mitad de la batalla.
En ese momento a Shin Hye le daba
igual y, para demostrar que así era, le echó los brazos al cuello y le ofreció
su boca con descarada invitación.
Él se apoderó de sus labios,
enredando los brazos en su cintura y besándola con una pasión que hacía que le
diese vueltas la cabeza. Era un beso diferente a los otros, intenso y
abrumador.
El propósito de ese beso era hacer
que una mujer estuviera dispuesta a ir al dormitorio, pero no con Jae Rim.
Dudaba que pudiera besarlo así. De hecho, si Jae Rim la besaba así saldría
corriendo porque estaría pensando en otro hombre. Imaginaría a Yong Hwa, el
hombre que usaba los labios y la lengua para hacerla temblar de arriba abajo.
No sabía quién se había movido
primero, pero de repente estaba tumbada en el sofá, con Yong Hwa encima de
ella.
El beso era tan apasionado; una
caricia fiera, ardiente, que la dejaba sin aliento. Shin Hye dejó escapar un
gemido al notar el aire frío en la piel. Yong Hwa le había desabrochado la
blusa y la acariciaba por encima del sujetador...
Pero entonces le sonó el móvil y Yong
Hwa se apartó como si se hubiera quemado. Con las prisas, estuvo a punto de
caer del sofá.
Shin Hye se incorporó y, después de
abrocharse la blusa, tomó el móvil de la mesa. Era su prima de Detroit y
decidió dejar que saltara el buzón de voz.
–¿Por qué no me has parado? –le
preguntó Yong Hwa.
Ella se encogió de hombros.
–Porque me gustaba.
Él la miró en silencio durante unos
segundos antes de tomar la chaqueta del respaldo del sofá.
–No creo que estas lecciones sean
buena idea. Te llamaré mañana.
Cuando Shin Hye se levantó, Yong Hwa
ya estaba cerrando de un portazo.
oww....cada capitulo se pone mas interesante!!!! *-* ................
ResponderEliminarUnnie actuliza pronto pliss