Yong Hwa permanecía sentado detrás de su escritorio, sintiéndose como si
estuviera en una especie de túnel emocional, atrapado en medio de una sensación
de alivio por haber podido desahogarse y la desesperación de saber que había
sacado a Shin Hye para siempre de su vida.
Al principio, no le había contado la verdad sobre lo que le había
ocurrido a Hyung Han por miedo a hacerle daño. Más tarde, simplemente se decía
a sí mismo que se lo diría cuando llegara el momento oportuno y, por supuesto,
había encontrado múltiples excusas para retrasarlo… Pero la verdad era que,
durante aquellos años, había pasado de ser un bien intencionado e ingenuo
jovencito a transformarse en un egoísta y cobarde capaz de engañarse a sí
mismo. Conscientemente, se había negado a reconocer que Shin Hye había pasado
de ser una niña de catorce años a la que se suponía debía de orientar en la
vida, para transformarse en una mujer atractiva e inteligente, capaz de valerse
por sí misma.
Pero su subconsciente y su corazón habían sido más astutos, habían
sabido que lo que él estaba intentando interpretar como simple lujuria era, en
realidad. Amor con mayúscula, del tipo de «hasta que la muerte nos separe».
Y había sido él el que había dejado que la muerte los separara. Desde
hacía ya nueve años.
Yong Hwa se había jurado muchas veces que si alguna vez se enamoraba
seriamente de alguna mujer, le contaría la verdad sobre lo que había sucedido y
pensaba que si ella lo amaba, lo entendería y perdonaría.
Y Shin Hye lo había entendido. Shin Hye le había entendido mejor
que nadie. Mejor que él mismo. Le había dicho que no tenía nada que perdonarlo.
Que no lo odiaba, pero que enamorarse de él era lo más estúpido que había hecho
en su vida. Y probablemente lo fuera, pensó. ¡Pero mucho más estúpido era haber
dejado que Shin Hye se fuera para siempre de su vida!
—¿Dónde están mis llaves? —se preguntó en voz alta, buscándolas por su
escritorio—Las ha dejado por aquí… —vaya, por lo visto Shin Hye tenía su coche.
No importaba, decidió, corriendo hacia la puerta; utilizaría el vehículo de la
empresa.
Corrió hacia la puerta y, al abrirla, chocó contra Jae Joon.
—Asshhh, ¿qué quieres ahora?
—He venido a hablar contigo sobre un pedido, pero a juzgar por la forma
en la que cierta jovencita ha salido hace unos minutos de tu oficina, supongo
que no llego en un buen momento, ¿no?
—Tienes toda la razón—Yong Hwa se acercó al escritorio de una de sus representantes
de ventas— Hey, Sun Hyun—dijo, ignorando
la sonrisa divertida de Jae Joon—¿Dónde demonios están las llaves de la camioneta?
—Creo que están en el mecánico. Le estaban haciendo algunos cambios en
el motor, ¿no se acuerda?, los demás están dejando material.
Yong Hwa soltó tal obscenidad que podrían haberse caído las paredes,
pero apenas consiguió sacar una sonrisa de Jae Joon.
—Llévate mi coche. Jung. Un Bronco rojo que está en el aparcamiento.
Llamaré a uno de mis aprendices para que venga a buscarme.
La sorpresa, retrasó momentáneamente la reacción de Yong Hwa, pero casi
inmediatamente sonrió, agarró las llaves que Jae Joon le ofrecía y se dirigió
hacia la puerta.
—Gracias. ¡Te debo una!
—Me basta con que me invites a la boda para que pueda besar a la novia
sin miedo a que me rompas la nariz como a Joon Suk.
Cuando pasó la señal que indicaba que estaba llegando a la estación Central,
cerca del barrio donde vivían los padres de Shin Hye, a Yong Hwa empezó a
latirle violentamente el corazón.
Shin Hye tenía que estar allí. ¡Tenía que estar allí! Habían pasado ya
ocho horas desde que había salido de su oficina, y ya no le quedaba ningún
lugar en el que mirar.
Había mirado en su propia casa, por si había ido allí a hacer las
maletas, en el aeropuerto, por si había decidido volver a Seúl, había vuelto a
Suyeong , por si había optado por volver a la casa en la que habían pasado la
última semana y al final había llegado a la conclusión de que lo más normal era
que se hubiera ido a casa de sus padres.
Al oír un estrépito de cristales y chatarra, Shin Hye se asomó a la
ventana que daba al camino de entrada a la casa.
—¡Oh, no! —se lamentó Shin Hye al ver el coche que acababa de
estrellarse contra el Range Rover de Yong Hwa—No me lo puedo creer.
Rezando para que se tratara de una alucinación, corrió a la puerta de la
entrada.
—Por favor, que sean imaginaciones mías —rezó en voz alta, asomándose
con los ojos cerrados a la barandilla del corredor—Dios mío, cuando abra los
ojos, no me dejes descubrir que Jae Joon se ha cargado toda la parte trasera
del coche de Yong Hwa.
Pero al abrir los ojos se dio cuenta de que Dios debía de estar de
vacaciones.
—¡Aassshh! —gritó—Jae Joon, eres un idiota, ¿qué demonios has hecho?
—El idiota no es Jae Joon, sino yo.
—¡Yong Hwa! ¿Qué…? ¿Cómo…? —sabía que parecía incoherente, pero al menos
era algo más consistente que lo que sentía.
Su pulso latía a una velocidad inusual, a la vez que se habían apoderado
de ella el miedo de verlo aparecer y el alivio de que no estuviera herido. —Supongo
que no he pisado suficientemente los frenos —comentó Yong Hwa mientras se
acercaba a ella—. Ya sabes… no estoy acostumbrado a ese coche.
—¿Qué… qué estás haciendo? —Shin Hye sacudió la cabeza y comenzó otra
vez—. ¿Qué estás haciendo con el coche de Jae Joon?
—¿Quieres decir además de participar en un derby de demolición de coches
en el camino de casa de tus padres?
—¡Yong Hwa! ¿Cómo puedes bromear sobre lo que has hecho? —se le quebró
la voz cuando Yong Hwa le enmarcó el rostro con las manos. Completamente
paralizada por la cercanía de Yong Hwa, lo sintió, más que oírlo, susurrar su
nombre.
—Lo que le hecho al coche se puede solucionar. Pero me preocupa más el
daño que nos he hecho a nosotros, a nuestro futuro.
La emoción que se adivinaba en su voz y la reverencia con la que le
acariciaba las mejillas mientras estudiaba su rostro llenaron a Shin Hye de lo
que sólo se podía denominar, una especie de calor espiritual.
—Te amo, Shin Hye. Te amo más de lo que nunca he sido capaz de decirte o
demostrarte. Para mí vales más que mi propia vida y he sido un estúpido al…
—Chsss. No eres ningún estúpido, Yong Hwa —sonrió mientras le acariciaba
los labios—. La prueba es que yo soy demasiado inteligente para enamorarme de
un tonto y estoy completamente enamorada de ti.
—Hace unas horas has dicho que era lo más estúpido que habías hecho en
tu vida.
—He dicho muchas cosas que no tenía derecho a decir.
—Tenías derecho a decirlas porque eran verdad. He dejado que el
sentimiento de culpabilidad dominara toda mi vida. Lógicamente, siempre he
sabido que el accidente fue precisamente eso, un accidente. Pero no puedo
evitar preguntarme si…
Juró suavemente, antes de enterrar el rostro en su pelo e,
instintivamente, Shin Hye se estrechó contra él. Sabía que Yong Hwa todavía
necesitaba tiempo, que no podía liberarse del pasado fácilmente,
pero al menos, ya se había dado cuenta de que no era un error intentarlo.
—No sólo te amo, Shin Hye —le dijo Yong Hwa con una voz llena de
emoción—. Te necesito, necesito que me ayudes a poner mi vida en orden.
Necesito que estés a mi lado, que compartas la vida conmigo.
—¿De verdad? —le preguntó Shin Hye, decidida a aguijonearlo para que
volviera a la normalidad—¿Eso significa que me estás ofreciendo un contrato
indefinido en el departamento de contabilidad de la corporación?...Bueno…
Podría acostumbrarme al trabajo…
—¡ Shin Hye! —estalló Yong Hwa sacudiéndola ligeramente por los
hombros—. ¡No estoy hablando de la empresa! ¡Estoy haciéndote una propuesta y
lo sabes!
—Oh —exclamó Shin Hye fingiendo sorpresa—. El problema es que siempre me
había imaginado que el hombre que me pidiera que me casara con él lo haría, por
lo menos, con una sonrisa en los labios —le rodeó el cuello con los brazos—. De
hecho, creo que esa sonrisa es esencial para conseguir por mi parte una
respuesta afirmativa.
El brillo de diversión que apareció en los ojos de Yong Hwa, fue motivo
de una carcajada.
—¿Eso quiere decir que sí? —le preguntó Yong Hwa.
Shin Hye se alejó de él y adoptó una expresión pensativa.
—¿Decir que sí significa que tengo derecho a poner algunas de las reglas
de nuestro matrimonio?
—Eso depende —musitó Yong Hwa contra su cuello—, de cuántas me toque a
mí cumplir.
—Sólo una —susurró Shin Hye, poniéndose de puntillas para estar más
cerca de su rostro.
—¿Y cuál es?
—Que no dejes de amarme nunca.
—Eso está hecho —contestó Yong Hwa. Bajó lentamente la cabeza y la besó,
despertando en Shin Hye una infinidad de sentimientos que ni siquiera se había
imaginado nunca que existieran.
Fin
Muy hermoso este fic, estuve en suspenso, emoción y llanto desde el inicio hasta el final, gracias.
ResponderEliminarQue final perfecto ¡¡¡ me encanto tu historia ¡¡
ResponderEliminarQue final perfecto ¡¡¡ me encanto tu historia ¡¡
ResponderEliminarUn final muuuuy hermosooo unnie....perfecto!!!!...Me encantoooo!!!!...Me da mucho gusto q el se dio cuenta q fue un tonto al dejarla ir y fue tras ella para decirle q la ama y para pedirle matrimonio.Me encanto este fic....desde el principio hasta el final y lo voy a extranar mucho!!!!Gracias por dejarnos leer tus hermosos fics unnie!!!
ResponderEliminarlindo fic muy emocionante desde el principio unnie .......! sigue escribiendo mas gistorias de nuestra pareja yonshin please!!!! ;)
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