Después de que Shin Hye le explicara todos los acontecimientos de los
últimos meses, el enfado de Yong Hwa cobró tal intensidad que si no hubiera
sido por la presencia de los dos policías, habría sido capaz de estrangularla.
Shin Hye había sido víctima de anónimos, amenazas, un intento de
atentado… ¡Y no se lo había contado! ¡Ni siquiera había tenido el sentido común
de marcharse de Gangnam-gu! Pero lo más increíble de todo era la indiferencia con la que relataba
todo lo sucedido. ¿En qué habría estado pensando? Evidentemente, en nada. Si la
estupidez tuviera alguna recompensa en la otra vida, estaba convencido de que
Dios iba a preparar toda una recepción para cuando llegara Shin Hye.
Había pasado ya una hora desde entonces, y todavía no había sido capaz
de dominar su furia: y, en ausencia de la policía, necesitaba hasta la última
gota de su capacidad de autocontrol para dominarse. La necesidad de agarrarla
por los hombros y sacudirla hasta que admitiera su estupidez era sobrecogedora.
¡Había corrido un serio peligro y no había hecho absolutamente nada para
evitarlo!
En cualquier caso, aquél no era el mejor momento para recriminaciones;
eran lo último que Shin Hye necesitaba. Desde que la policía se había marchado,
la joven había adoptado una pose de aparente normalidad que la asemejaba más a
un robot que a la mujer llena de energía y vitalidad que normalmente era.
Yong Hwa nunca la había visto tan frágil, y ésa era la razón por la que
estaba decidido a morderse la lengua… Aunque quizá fuera mejor que la
provocara para ayudarla a liberar lo que estaba sintiendo. Sí, se dijo Yong Hwa,
quizá fuera ésa la mejor forma de actuar.
Estaba comportándose como un auténtico idiota. Lo que le pasaba en
realidad era que no tenía ni idea de cómo conducir la situación, y que sólo
había sentido algo parecido el día que Hyung Han había muerto.
El corazón pareció detenérsele al recordar cuántas posibilidades había
tenido Shin Hye de morir en aquel fuego.
—Voy a irme a Seul en el primer avión en el que haya una plaza libre.
—¿Qué? —preguntó Yong Hwa, lanzándose prácticamente del fregadero a la
mesa de la cocina. Pero la joven no hizo ningún gesto que indicara siquiera que
era consciente de su presencia, y mucho menos de su enfado. Yong Hwa se
desplazó hasta ponerse directamente frente a ella, pero Shin Hye continuaba con
la mirada fija en la taza de café, que llevaba agarrando cerca de cuarenta
minutos y que todavía no se había llevado a la boca. Yong Hwa agarró una silla,
le dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre ella.
—Shin Hye, mírame —la urgió con delicadeza. Al advertir que ella ni
siquiera parecía reconocerlo, apretó los dientes—Cariño, has recibido una
fuerte impresión, todavía no eres capaz de pensar con claridad. No hay ninguna
razón por la que tengas que ir a Gangnam-gu…
—Sí la hay —alzó la cabeza y se quedó mirándolo fijamente—Tengo un
millón de cosas que hacer. Para empezar, creo que debería hablar con el seguro,
y además…
La suavidad de su voz, la carencia de emociones que en ella se reflejaba
aumentó los temores de Yong Hwa. De una mujer como Shin Hye habría esperado que
reaccionara clamando venganza, enfureciéndose, y no aceptando todo lo ocurrido
con aquella docilidad.
—Sí, eso será lo primero que haré —continuó con calma—, llamaré a la
compañía de seguros. Pero no, no puedo llamar hoy, es domingo. Esperaré…
esperaré hasta mañana. Supongo que debería llamar también a mi agente Juno… Hace
más de una semana que no hablo con él. Es posible que tenga algún trabajo para
mí… Quizá quiera que lea algún guión o…
Se interrumpió cuando Yong Hwa le quitó la taza de las manos.
—Escúchame. ¿Por qué no vas a acostarte un rato? Descansa y…
—No tengo tiempo para descansar, Yong Hwa —apartó la mano como si el
contacto con la de Yong Hwa la ardiera y lo miró a los ojos—Por si no te has
enterado todavía, un lunático me ha destrozado la casa y tengo que volver a Gangnam-gu.
—¿Por qué? —le preguntó Yong Hwa con una paciencia que estaba lejos de
sentir.
—Porque yo… yo… —tartamudeó, como si no estuviera segura de sí misma,
arrastró la silla para levantarse y continuó—necesito ver la extensión de los
daños, tengo que hablar con la policía, ver si mi amiga Se Young esta…
—¡Shin Hye!
Al darse cuenta de que había elevado la voz. Yong Hwa se interrumpió y
tomó aire.
—La policía ya te ha dicho que la casa está completamente quemada. Se Young no estaba allí, así que está perfectamente bien. Mira, puedes
hablar con la policía, con el departamento de incendios y con quien necesites,
llamando desde aquí, no tienes necesidad de…
—¡Puedo hacer y voy a hacer lo que quiera, Yong Hwa! ¡Nadie tiene
derecho a controlarme! ¡Ni tú ni nadie! Así que deja de jugar al hermano mayor
y de darme órdenes.
—¡Yo no estoy jugando a nada! Sólo estoy intentando protegerte.
—Pues no lo hagas —le gritó—¡No necesito tu protección!
Al ver los ojos de Shin Hye llenos de lágrimas, a Yong Hwa se le encogió
el corazón. —Tranquilízate, cariño… No pasa nada, ven aquí.
—¡Déjame en paz! —retrocedió hasta la puerta con el brazo estirado, para
impedir que Yong Hwa se acercara—Ya me has oído, Yong Hwa, déjame.
—Shin Hye, por favor, yo sólo quiero ayudarte.
—Estupendo. Entonces llama al aeropuerto y consígueme un pasaje. Yo voy
a hacer las maletas.
Giró sobre sus talones y salió corriendo. Segundos después, la oyó
cerrar bruscamente la puerta de su habitación.
***
Mientras observaba los restos de la casa, Shin Hye se sentía como si
estuviera en medio de una especie de pesadilla o representando un papel en
algún drama de televisión. Agarrándose a la verja de hierro forjado de la
entrada, miraba fijamente los escombros, intentando aceptar lo que aquellos
restos significaban.
El estómago le daba vueltas y no podía hacer nada para contener las
nauseas. Bailaban ante sus ojos todo tipo de imágenes, se recordaba a sí misma
regando los arbustos y soñando con las flores que tendrían en primavera,
imaginándose sentada en la galería, estudiando un guión y disfrutando de su
aroma…
La pequeñez de aquellos pensamientos le produjo otro ataque de nauseas.
Aunque el fuego no había tocado las plantas, ya no había ninguna galería en el que sentarse.
—Vámonos, cariño…
Shin Hye se apartó bruscamente de Yong Hwa, alejándose de la mano que
éste había apoyado en su hombro; aquel tipo de delicadezas no tenían cabida en
ese lugar. Se sacó un paquete de pañuelos desechables del bolsillo, sacó uno y
se cubrió con él la boca.
¿Por qué su vida tenía que ser más difícil que la de los demás? ¿Por qué
tenía que sucederse una complicación tras otra? Yong Hwa siempre decía que
cuando era adolescente, parecía ir buscando los problemas. Irónicamente, desde
que había crecido, parecía que eran los problemas los que la seguían a ella.
Se descubrió a sí misma intentando contener un ataque de risa histérica
al pensar en la exactitud de aquel pensamiento. Yong Hwa, que por aquel
entonces personificaba uno de sus problemas más acuciantes, se había empeñado
en seguirla hasta Seul.
Oh, pensó, con un deseo enfermizo de estallar en carcajadas, si su vida
continuaba siendo tan imprevisible, terminaría vendiéndole a Kim Eun Suk los
derechos para escribir un guión sobre ella.
Empujó la puerta de entrada y después de atravesar el jardín se acercó a
la puerta principal.
—No, Shin Hye, no entres. Este lugar podría derrumbarse en cuestión de
segundos.
Sin prestar atención ni a sus palabras ni al letrero de advertencia que
habían puesto los agentes del departamento de incendios, continuó caminando.
Nadie tenía derecho a decirle lo que podía hacer en su propia casa. ¡Nadie!
Ella era una adulta. Una mujer independiente que había demostrado ser capaz de
mantenerse sola; había sido capaz de sobrevivir a cientos de kilómetros de sus
padres y de todo lo que la había rodeado durante la infancia. Había sido capaz
de vivir por sí misma, en su propia casa.
—Cariño, déjalo, no puedes avanzar más.
Aquella vez el tono fue mucho más autoritario, incitando
involuntariamente a Shin Hye a reaccionar.
—¡Claro que puedo! —gritó—¡Puedo hacerlo perfectamente, Yong Hwa!
suéltame y déjame en paz.
Yong Hwa fue suficientemente rápido para empujarla justo en el momento
en el que un tablón empezó a derrumbarse. Shin Hye se volvió asustada y se estrechó
contra él.
—Tranquilízate cariño, todo va a salir bien.
Pero Shin Hye le dijo con muy pocas palabras lo que pensaba de sus
recomendaciones. —No, Yong Hwa. Nada va a salir bien —estalló—La
vida es una porquería, es injusta y...
—Sí, cariño, lo sé, lo sé…
—Crees que lo sabes todo, ¿verdad Yong Hwa? —chilló, mientras se retorcía
para que la soltara—¡Pues no tienes ni idea!
Yong Hwa no sólo podía sentir su enfado, sino que podía verlo en el
brillo intenso de sus ojos marrones y se negaba a soltarla. Rezaba para que la
furia diera rápidamente lugar a las lágrimas contra las que Shin Hye llevaba
luchando todo el día; sabía que necesitaba el desahogo del llanto.
—Vámonos, Shin Hye. Tienes que salir de…
—¡No me digas lo que tengo que hacer! —se atragantó con sus propias
palabras y tuvo que luchar para contener un sollozo. Cuando empezó a golpearle
a Yong Hwa el pecho, éste no intentó en ningún momento detenerla.
—¡Eh! ¿Quieren que continúe esperándolos? El taxímetro sigue corriendo.
Yong Hwa volvió la mirada hacia el taxista que los había llevado desde
el aeropuerto. La verdad era que no le parecía lo más conveniente arrastrar a Shin
Hye hasta el vestíbulo del hotel; posiblemente al día siguiente aparecería en
los titulares de todos los periódicos, pero por otra parte, empezaba a
oscurecer y cada vez hacía más frío.
—¡Espere un momento! —le gritó al taxista, y estrechó a Shin Hye contra
él. Aunque seguía resistiéndose, por lo menos sus acusaciones ya no iban
dirigidas hacia él, sino hacia el tipo que le había quemado la casa.
—¡Maldita sea! ¿Cómo se han atrevido a hacerle esto a mi casa? No
es justo, no es justo —sollozó, mientras le golpeaba a Yong Hwa los hombros—Yo
quería esta casa, era mi independencia, lo era todo. La compré yo sola… sin consultar
a nadie. Ni a mi madre… ni a mi padre… no necesité el consejo de nadie, ni el
tuyo siquiera.
Continuaba golpeándolo, pero sus puñetazos eran cada vez más débiles y aumentaba la
intensidad de su llanto.
—Yo adoraba esta casa, Yong Hwa, de verdad.
—Chsss, cariño —ronroneó él—ya lo sé.
Al final. Shin Hye se rindió a las lágrimas. Y Yong Hwa, que había
resistido sus puñetazos sin sentir el menor dolor, absorbía los tristes
estremecimientos de Shin Hye con una angustia que le estaba destrozando las entrañas.
La intensidad de lo que estaba sintiendo, lo sorprendió. Jamás había
experimentando un dolor como aquél. Yong Hwa sabía hasta qué punto podía llegar
la compasión por alguien, pero aquello era diferente, jamás había sentido algo
así.
Era como si estuviera sufriendo con Shin Hye, como si su dolor también
lo alcanzara a él. Un dolor superior a cualquier otro de los que había
conocido, mayor incluso que el que había sentido el día que había muerto en sus
brazos su mejor amigo.
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