Jae Joon podría haber sido el hombre más divertido y encantador con el
que Shin Hye había salido en su vida, pero estaba tan ensimismada en sus
propios pensamientos que le habría dado igual que hubiera sido un patán
detestable.
«Lo que quiero decir es que está enamorado de ti».
Durante toda la velada, aquellas palabras habían estado repitiéndose en
su mente, no había dejado de oírlas antes de dormir y había continuado
escuchándolas durante el sueño. Y no porque les concediera ningún crédito, sino
porque la obligaban a analizar, por primera vez en su vida, sus propios
sentimientos hacia Yong Hwa. Pero el problema era que cuanto más intentaba
analizarlos, más confundida y preocupada se sentía. ¿Sería posible que
estuviera enamorada de Yong Hwa?
¡No! Ni podía ni quería estarlo.
Yong Hwa era un hombre más mandón y sobre protector y era imposible que
ella se hubiera enamorado de una persona así. Era cierto que lo quería, pero de
la misma forma que quería a Bo Jie o a sus padres, como si formaran parte de su
familia. Y, aunque era cierto que le había gustado durante años, en eso no se
diferenciaba del resto de sus amigas. Yong Hwa era un hombre guapísimo, tenía
un cuerpo impresionante y una hermosa sonriza. ¿Qué adolescente no se hubiera
fijado en él?
Hasta ahí todo estaba claro. ¿Pero cómo podía explicar el hecho de que,
teniendo ella ya veintitrés años, a Yong Hwa le bastara mirarla para que se
sonrojara? ¿Y por qué se le había desbocado de aquella forma el
corazón cuando la había besado?
Las hormonas, se dijo. Aquél era un caso de pura lujuria. El hecho de
que hubiera crecido no quería decir que hubiera dejado de ser sensible al
atractivo de Yong Hwa. Y si se sentía más sensible a aquella atracción que a
los dieciséis años era porque tenía una edad en la que había adquirido más
importancia su propia sexualidad.
Pero ella trabajaba en un mundo en el que los hombres atractivos eran
tan frecuentes como el hielo en el Polo Norte y entonces, ¿por qué no
reaccionaba de la misma forma ante ellos?
La respuesta era evidente: con Yong Hwa estaba unida a un nivel
emocional. La diferencia entre lo que sentía por él y lo que sentía por otros
hombres era la misma que había entre la tristeza producida por la muerte de un
conocido y la desesperación que causaba la muerte de algún pariente. Al
comprender de pronto que algún día podría perder a Yong Hwa se incorporó en la
cama con el corazón latiéndole violentamente.
Shin Hye tenía sólo catorce años cuando había muerto su hermano. Durante
mucho tiempo, se había quedado atrapada en una sensación de pérdida, impotencia
y confusión. En muchas ocasiones a lo largo de su adolescencia, se quedaba
despierta en la cama, imaginándose que perdía a sus padres en las mismas
circunstancias en las que había perdido a su hermano.
Se decía entonces, que después de la muerte de Hyung Han y de aquella
especie de entrenamientos para el dolor, cuando tuviera que enfrentarse de
nuevo a la muerte de algún ser querido, ya estaría preparada para el dolor. Así
que se dedicaba a imaginarse su vida sin sus padres, sin sus abuelos, sin Bo
Jie, incluso sin sus mascotas… Pero nunca, nunca, había intentado visualizar lo
que sería su vida sin Yong Hwa. Hasta ese momento.
—No —susurró en medio de la noche—No puedo imaginarme lo que sería estar
sin él —pero la verdad era que se lo imaginaba perfectamente. Sería como si su
corazón estuviera atravesado por un puñal.
***
El sonido de un corredor se introdujo en los pensamientos de Yong Hwa;
instintivamente, se desvió y dejó que aquel hombre lo adelantara. Al verlo, se
preguntó si sería un auténtico fanático del deporte para que pensara que quedarse en la cama un sábado
por la mañana era un crimen o si aquel tipo, al igual que él, había decidido
ignorar el frío y la lluvia con la esperanza de que la fatiga física pudiera
ayudarlo a alcanzar aquello que no le había sido dado durante la noche… el
descanso del sueño.
Incluso después de oír llegar a Shin Hye a las doce menos cuarto, una
hora bastante decente, había sido incapaz de dormirse. Y tenía que admitir que
el motivo tenía muy poco que ver con sus preocupaciones fraternales por Shin
Hye. ¡Era la libido la que no le había dejado dormir! Enfadado consigo mismo,
aceleró su carrera, preguntándose al mismo tiempo cuántos kilómetros tendría
que correr antes de caer rendido.
Pero la culpa era únicamente suya, por supuesto; no debería haberla
besado. Sí, aquello podía ser calificado como el error más grande en la
historia de los hombres, después quizá del fiasco de la manzana en el paraíso.
Pero él comprendía perfectamente la tentación a la que había sido sometido el
pobre Adán.
Yong Hwa soltó un juramento y aceleró el ritmo de su carrera. Nunca,
ninguna mujer le había afectado jamás como lo hacía Shin Hye.
Pero no era sólo la fuerza de aquella atracción física la que lo molestaba;
era el modo en el que había desequilibrado sus sentimientos, como si todo lo
que sentía o experimentaba estuviera ligado a ella de alguna manera. Sí,
siempre se había preocupado por Shin Hye y había estado especialmente unido a
ella, pero de pronto era como si la dimensión de aquel lazo que los unía
hubiera aumentado.
Yong Hwa deseaba que Shin Hye volviera a tener quince años otra vez,
aquello lo ayudaría a controlarse. Pero sabía que era una idiotez. Por mucho
que lo deseara, nada iba alterar el hecho de que Shin Hye se había convertido
en una mujer bellísima que estaba sumiéndole en un desastre emocional. Cuanto
más la miraba, más difícil le resultaba recordarse que aquélla era la misma
niña que iba siempre detrás de Hyung Han, de Bo Jie y de él amenazando con
acusarlos a sus padres si no la llevaban con ellos.
A pesar de la persistente lluvia. Yong Hwa continuó castigándose
físicamente durante otros noventa minutos, urgido por la frustración y la
cobarde esperanza de que cuando por fin volviera a casa, Shin Hye hubiera
salido. Estaba convencido de que la única manera de evitar otra escena
embarazosa era procurar estar el menor tiempo posible con ella.
Al final, completamente empapado por la lluvia y el sudor, se dirigió
hacia su calle, agradeciendo que sólo faltara un día para que el trabajo y los
colegas lo ayudaran a distraer sus hormonas sin necesidad de tener que correr
hasta poner su corazón al borde del colapso.
Al ver un coche de policía aparcado a unos cien metros, soltó un gemido.
Era evidente que el hijo de la vecina volvía a tener problemas. Había pasado un
mes desde el día que su vecina le había pedido que hablara con su hijo, un
muchachito de catorce años, con la esperanza de que hiciera más caso a un
hombre del que le hacía a ella. Después de cuatro semanas sin ningún tipo de
problema. Yong Hwa había empezado a pensar que aquel joven había comprendido lo
que le había dicho sobre la necesidad de emplear su talento artístico en algo
más productivo que pintar murales en las paredes de la junta municipal. Maldiciendo
la estupidez de los adolescentes, corrió hacia la casa de su vecina y llamó a
la puerta trasera.
—Señora, soy Yong Hwa.
Casi inmediatamente le abrió la puerta una mujer de mediana edad y pelo
canoso.
—¿Qué ha hecho esta vez? —le preguntó Yong Hwa.
Por la mirada de su vecina, comprendió que no sabía nada de lo ocurrido
y deseó dar un buen tirón de orejas a su hijo por causar tantos disgustos a
aquella buena señora.
—¿Cree que puede servir de ayuda que hable yo con la policía, señora?
—Yong Hwa, la policía no ha venido a mi casa, está en la tuya.
—¿En mi casa?
—Sí.…
Pero antes de que terminara la frase, Yong Hwa estaba ya en su propio
jardín. Rodeó la piscina a toda velocidad, se dirigió hacia el patio y entró
por la puerta trasera.
—¡Shin Hye! ¿Dónde estás?
Shin Hye ni siquiera tuvo tiempo de contestar antes de que Yong Hwa
irrumpiera en la sala y clavara los ojos en los dos policías que allí estaban.
La joven sabía exactamente lo que Yong Hwa estaba pensando y sintiendo; ella
había sentido lo mismo cuando había abierto la puerta y había visto los
uniformes.
—Están bien Yong Hwa —le explicó rápidamente—No les ha pasado nada.
Yong Hwa pareció tardar algunos segundos en registrar el significado de
sus palabras.
—Gracias a Dios —musitó entonces, apoyándose con un suspiro contra el
marco de la puerta.
Eran las mismas palabras que había pronunciado Shin Hye al comprender
que el miedo de que le hubiera ocurrido algo a su familia era infundado.
Aunque a Yong Hwa se le desaceleró ligeramente el pulso, la palidez de Shin
Hye y la presencia de dos policías en la casa era suficiente para inquietar a
cualquiera—Y bien —empezó a preguntar mientras se adentraba en la habitación—¿Alguien
puede decirme lo que ha pasado?
—Señor, soy el sargento Goh Kun —se presentó el más alto de los
policías—Y éste es el agente Yeon Do.
—Yong Hwa —se inclino para saludar— ¿Y qué es lo que ha pasado,
sargento?
—La policía de Gangnam-gu - nos ha pedido
que nos pusiéramos en contacto con la señorita Park.
—¿Y para qué?
—Señor…
—Ha habido un incendio—lo interrumpió Shin Hye—Mi casa… se ha quemado…
Yong Hwa soltó un juramento. Aunque jamás había estado en aquella casa,
sabía lo mucho que significaba para Shin Hye, lo orgullosa que estaba de ella.
—Diablos, cariño. Lo siento —hizo una mueca burlona al comprender lo
poco adecuadas que eran sus palabras y dio un paso hacia la joven con intención
de abrazarla, pero ella lo evitó.
—¿Cómo es posible que alguien haya querido incendiar mi casa? —preguntó Shin
Hye con la mirada perdida—¿Cómo puede haber alguien capaz de hacer una cosa
así? ¿Por que a mí? ¿Qué he podido hacer yo para merecer tanto odio?
El miedo y el terror que se reflejaban en su rostro se clavaron en el
corazón de Yong Hwa. Se acercó hasta ella, la rodeó con sus brazos y la
estrechó contra él.
—Cariño —le dijo, haciéndola levantar la barbilla para mirarla a los
ojos— escúchame. Un incendio no tiene por qué ser provocado. No tiene por qué
estar relacionado con algo que hayas hecho o dejado de hacer. Esas cosas pasan.
Es posible que haya habido un cortocircuito, o algo parecido —se interrumpió al
advertir que el sargento estaba sacudiendo la cabeza; un escalofrío le recorrió
la espalda al ver su expresión y abrazó a Shin Hye con más fuerza.
—No ha sido un cortocircuito, señor Jung. Como ya le he dicho
a la señorita Park, todo indica que el incendio ha sido provocado.
—Provocado… ¿Pero por quién? —quiso saber Yong Hwa.
—Probablemente por la misma persona que lleva meses hostigando a la
señorita Park.
—¿Qué?
wow!! hay alguien que acosa a Shin Hye????..........Unnie no demores en actualizar el ficc..esta de lo mas emocionante
ResponderEliminarUnni quiero saber quien ea la peraona no demores esperare sip publica pronto no tardes tanto si !fighting!
ResponderEliminarOMO!!!!! La princesa tiene un acosador ??? !!!!! pobrecita, ya se porque estaba tan asustada al regresar una noche a la casa de Yong unnie actualiza mas pronto si gracias por tu trabajo
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