Prologo
Hace quince
años
—Nunca te
fíes de un Choi.
Yong Hwa, de
catorce años, se sentó en un taburete de la barra del restaurante de su abuelo.
El anciano se lo dijo mientras dejaba delante de él un gran vaso de leche y un
plato lleno de galletas.
— ¿Por qué?
¿Qué pasa, abuelo? —le pregunto Yong Hwa mientras atacaba el plato de galletas.
— ¿Qué pasa?
Te diré lo que pasa. Choi Lun Woo nos robo algunas de nuestras recetas secretas
y se las paso a Lee Duk.
Yong Hwa
dejo de comer y abrió los ojos como platos. El sabía lo mucho que significaban
para su abuelo las recetas familiares de los Jung.
—Pero el
señor Choi es tu amigo.
Jung Soo
frunció el ceño.
—Ya no lo
es. Hace dos meses que nuestra amistad y nuestra sociedad terminaron. Nunca
pensé que llegaría a ver cómo me traicionaría de esa forma.
Yong Hwa dio
un buen sorbo de leche.
— ¿Estas
seguro de que lo hizo él?
Jung Soo
asintió con la cabeza y una expresión de pena y decepción.
—Sí, estoy
seguro. Me dijeron que Lee Duk había incluido un par de platos nuevos en su
menú que sabían igual que los míos y fui a investigar.
— ¿Qué pasó?
—Son los
míos. Lee Duk no reconocerá de dónde sacó las recetas, pero sé que son las
mías.
Yong Hwa
sacudió la cabeza con pesar. A él siempre le había caído bien el señor Choi y
sus galletas eran las mejores. Las de su abuelo eran buenas, pero las del Sr. Choi
tenían algún ingrediente especial que las hacía deliciosas.
— ¿Le has
dicho algo al señor Choi?
—Naturalmente,
pero él lo niega todo, aunque sé que es mentira. El es la única persona que
sabe los ingredientes exactos que yo uso. Debe de sentirse culpable y por eso
va a irse de la ciudad con su familia.
— ¿Los Choi
van a marcharse? —preguntó Yong Hwa con los ojos fuera de las órbitas.
—Sí y me
alegro. No voy a sentirlo si no vuelvo a ver a un Choi en toda mi vida. Como te
he dicho, no puedes fiarte de ellos. Recuérdalo siempre.
Capítulo 1
En la
actualidad
Tenía que
replantearse su situación, se dijo Yong Hwa mientras se dirigía hacia el
aparcamiento de su restaurante. Esos seis meses de abstinencia tenían que ser
el motivo de su mal humor.
No tenía
nada que ver con que durante los tres últimos años se hubieran casado sus
cuatro hermanos y su hermana. Incluso su primo Jae Jin, un soltero
recalcitrante y abogado especializado en divorcios, había caído en esas redes. Yong
Hwa estaba harto de que distintos familiares lo miraran con una sonrisa
condescendiente. Si esperaban que él fuera el siguiente, podían esperar
sentados. Tampoco ayudaba mucho que sus hermanos tuvieran el descaro de decirle
que cambiaría de opinión cuando encontrara a la mujer adecuada. Él siempre les
replicaba que la mujer adecuada no existía.
— ¡Qué
demonios...!
Yong Hwa
frenó bruscamente en medio del aparcamiento, que bullía de actividad. Se había
olvidado de que alguien había comprado el edificio que estaba en frente a unos
metros de su restaurante y todo parecía indicar que estaban mudándose.
Hacía unas
semanas le habían dado la noticia de que iba a tener un vecino nuevo.
No le
sorprendió, Jeonju era una ciudad de renombre internacional que había
conseguido mantener su encanto. Esa zona del centro, donde estaba su restaurante,
era especialmente buena para poner un negocio. Si recordaba bien, iban a poner
una pastelería. Cuando se enteró, se le despertaron sus ansias de comer
chocolate, pero al ver todo el barullo, la idea de los dulces se volvió amarga.
Por todos
lados había camiones de mudanzas que ocupaban los sitios que podían necesitar
sus clientes para aparcar. Eran las seis de la mañana y tenía mucha clientela
para desayunar. Era un fastidio que no les permitieran aparcar.
Afortunadamente, él tenía un sitio reservado delante del restaurante. Tomó aire
para tranquilizarse mientras un camión le bloqueaba el paso. Era lunes, un mal
día para poner a prueba su paciencia. Iba a dar un bocinazo cuando una mujer
que salía del edificio captó su atención. Por un momento, se olvidó de su
furia, más aún, casi se olvidó de respirar. La miró de arriba abajo mientras
ella hablaba con el conductor del camión. Era una mujer preciosa. Llevaba un
delantal corto de panadera y él se dio cuenta que llevaba una falda ligera y
corta, una ráfaga de viento le mostrara lo que había debajo. Esbozó una
sonrisa. Incluso con el delantal podía adivinar que tenía una figura de
impresión. Cuando se fijó en su cara...
Notó que un
calor lo abrasaba al ver un rostro que era demasiado hermoso como para describirlo
con palabras. Tenía unos ojos color marrón y unos labios carnosos de tono
frambuesa. Él quiso salir del coche y borrarle el pintalabios con un beso. Su
pelo era una masa de cabello castaño oscuro que le caía sobre los hombros. Por
primera vez desde hacía bastante tiempo, Yong Hwa se encontró físicamente
alterado por la belleza de una mujer.
Tomó una
profunda bocanada de aire y recapacitó. Era un hombre de veintinueve años y sangre
ardiente y no había nada de malo en reaccionar ante un estímulo visual, pero no
podía permitir que un par de piernas maravillosas y una cara impresionante le
sorbieran el seso. Sólo tenía que acordarse del último año en la Universidad y
de Kim Yoo Jin. Acordarse de YooJin le devolvía el sentido común.
Suspiró
profundamente y volvió a mirarla antes de dar marcha atrás con el coche y
rodear al camión. En cuanto entrara en el restaurante, se tomaría una taza de
café bien cargado. Aunque le habría gustado no darse cuenta de que ella no
llevaba anillo de casada, lo cual le había alegrado más de lo debido.
***
Shin Hye
sonrió y echó una ojeada a su tienda. Ya estaba preparada para la inauguración
al día siguiente por la mañana. Había pasado el día confirmando que todo estaba
en orden y había contratado a dos estudiantes para que repartieran folletos
publicitarios por la zona. Como pretendía que todos sus productos se hicieran
en el día, había pensado en el hospital infantil, para donarles todo lo que no
se vendiera al día siguiente. Además, había firmado un contrato con un par de hoteles
de la ciudad y unas cafeterías para suministrarles la bollería que necesitaran.
Miró por el
escaparate. Era un día precioso de principios de octubre. Todo quedó colocado el
lunes y esa mañana habían salido para ver como habían colocado el letrero del nombre
de la tienda en el escaparate. La había llamado Deseos Irresistibles y le
estaría eternamente agradecida a su abuela por conseguir que su sueño se
hiciera realidad.
Siempre
sentía una gran tristeza al acordarse de la abuela que había adorado y de la herencia
que le había dejado al morir el año anterior, justo el día que ella cumplía
veintiséis años. Ese dinero le había permitido dejar el agotador trabajo de
abogada mercantil en Seúl y cumplir el sueño de poner su propia pastelería.
Olió a
chocolate recién hecho. Ya había sacado una hornada de pasteles, pero lo que
más le había gustado había sido hacer unas galletas de chocolate para repartir
entre sus vecinos como disculpa por las molestias que les había ocasionado con
la mudanza.
La vecina de
al lado, que tenía la sastrería, había aceptado las disculpas, pero no las
galletas porque era alérgica al chocolate, aunque le encantaría probar su torta
de frutas. Los hermanos Lee, que tenían la academia de kárate, aceptaron
elegantemente las disculpas y las galletas, le dieron la bienvenida al barrio y
se ofrecieron para proteger su tienda. Sólo quedaba el propietario del Yong’s
Place. Shin Hye esperó que fuera tan comprensivo como sus demás vecinos y que le gustaran los dulces.
Agarró la
caja con un surtido de especialidades, salió y cerró la puerta con llave. Había
contratado a una ayudante, una mujer mayor que le ayudaría en realizar las
actividades del negocio, cuando más
trabajo había.
Era primera
hora de la tarde, pero sabía que el restaurante estaba lleno y esperaba que eso
le beneficiara cuando la gente se enterara de que su tienda estaba abierta.
Nada más entrar, pudo oler el maravilloso aroma de la comida y cayó en la
cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Enseguida le gustó lo que
vio de Yong’s Place. Era un restaurante muy grande que conseguía conservar un
ambiente hogareño. Cada mesa estaba iluminada con un pequeño farol y los
manteles hacían juego con las cortinas. Había una barra enorme con taburetes y
se oía una suave música de jazz.
—Bienvenida
a Yong’s Place, donde encontrará la mejor comida de Jeonju. ¿Va a comer aquí o
prefiere llevarse la comida?
Shin Hye
sonrió a la joven que la había recibido.
—Soy la
dueña de la pastelería que está cerca de aquí y quería hacerle un pequeño regalo
al dueño por las incomodidades que haya podido originarle mi mudanza.
—Es el Sr. Yong
Hwa, está en su despacho. Si me acompaña, le enseñaré el camino.
—Gracias.
Shin Hye la
siguió hacia la parte trasera del restaurante. Todo parecía muy ordenado, hasta
el almacén que atravesaron. La camarera llamó a la puerta.
—¿Quién es?
—preguntó una voz profunda y ronca.
—Soy Juni
Joo. Tienes una visita.
—Caray. Me
asombra que alguien haya podido llegar con todo el lío que hay en el
aparcamiento. Pienso ir a decirle cuatro cosas a mi vecino por todos los
problemas que me ha causado durante los últimos días. No he conocido a nadie
menos considerado, ni siquiera he podido meter mis pedidos...
Yong Hwa
dejó de hablar cuando abrió la puerta y la mujer que había visto el lunes por
la mañana entró ante la mirada atónita de Juni Joo.
—Me parece
que le he ahorrado un viaje. Creía, dadas las circunstancias, que podría haber
sido tan comprensivo como mis otros vecinos y...
Yong Hwa
dejó de escucharla en cuanto ella traspasó la puerta. Sintió que todo el cuerpo
le abrasaba y sólo tuvo ojos para los pantalones cortos y la delicada blusa que
llevaba puesto.
Parpadeó.
Cuanto más cerca estaba ella, más le gustaba, sobre todo los labios húmedos
color frambuesa. Estaba enfadada e increíblemente sexy.
Además de
sus ojos marrones y una melena castaña que le caía en cascada, tenía
una piel de porcelana. No pudo evitar pensar que aquella boca tenía una forma
muy seductora y que estaba pidiendo un beso.
— ¡Espero
que se le atraganten!
Una caja le
golpeó en el pecho a Yong Hwa y él volvió a la realidad. Aunque tardó un
segundo en darse cuenta de que su visitante se marchaba. Cuando la puerta se
cerró de un portazo, él miró a Juni Joo, que tenía un gesto de estupefacción.
— ¿Qué ha dicho?
—Creo, jefe... —contestó ella mientras contenía una carcajada—, que te han echado una bronca.
No puedo creerme que no la hayas escuchado.
Él se limitó
a mirar la caja.
—Eso debería
haber sido un gesto conciliador —le explicó Juni Joo—Había venido a disculparse
por las molestias de los últimos días. Creo que ha sido un detalle de buena
vecindad. Creo que ella esperaba que hubieras sido más comprensivo.
Yong Hwa
asintió con la cabeza y sintió remordimientos por no haberlo sido, pero llevaba
una semana de mal humor y se había desahogado con ella. Era una mujer y la
falta de una mujer era el origen de sus problemas.
No era un
mujeriego como lo habían sido sus hermanos, pero normalmente podía sacar su
agenda y llamar a una serie de mujeres que estaban más interesadas, como él, en
divertirse un rato que en casarse. Sin embargo, por algún motivo extraño, eso
no le apetecía. La última mujer con la que salió se hizo ilusiones y le costó
mucho convencerla de que él no quería casarse. Se pasó la mano por la cara.
Para algunas mujeres, los Jung solteros eran como un desafío. Su hermano Jong
Hyun siempre decía, antes de que conociera a su mujer, Seung Yeon, que él
disfrutaba demasiado con las mujeres como para quedarse con una. Yong Hwa
confiaba en haber aprendido de sus propios errores y el mayor error había sido Kim Yoo
Jin.
Cuando
estaba en la Universidad, parecía destinado a tener un gran porvenir en el
baloncesto, hasta que una lesión acabó con sus sueños. Se encontró ante un
futuro incierto cuando YooJin, la chica de la que se había enamorado, decidió
que si no tenía porvenir como profesional del baloncesto, ya no era
interesante.
Con los
años, había aprendido a recelar de las mujeres que entraban en una relación
para ver qué podían sacar de ella y que desaparecían cuando las cosas se
complicaban. Las mujeres pasaron a ser algo secundario en su vida para que no
volvieran a romperle el corazón.
— ¿Qué vas a
hacer? —le preguntó Juni Joo.
No tenía ni
idea. Sólo sabía que le debía una disculpa a su vecina.
—Dile a Kev
que prepare un especial del día para llevar y que sea generoso con la ración.
— ¿Crees que
vas a ablandarla con la comida? —preguntó Juni Joo entre risas.
Él miró la
caja que seguía sosteniendo entre las manos y olió el delicioso aroma a
chocolate.
— ¿No había
intentado ella lo mismo?
Juni Joo lo
miró un instante antes de sacudir la cabeza y marcharse. Yong Hwa dejó la caja
en la mesa y comprobó que la tienda se llamaba Deseos Irresistibles, un nombre
muy adecuado a juzgar por su dueña...
Abrió la
caja e inmediatamente cayó rendido, por los pasteles. Efectivamente, debía una
disculpa a aquella mujer y se la daría antes de que acabara el día.
***
Aquel hombre
era insoportable. Shin Hye tomó aire para no enfurecerse más. ¿Cómo se atrevía
a decir que no era considerada?. Por eso había dejado su trabajo tan bien
remunerado en la empresa. Se había cansado de luchar por cosas en las que no
creía y de poner los beneficios de la empresa por encima de los intereses de
los clientes.
Además, la
consideración que tenía por los deseos de su familia la había llevado a buscar
a miembros de la familia Jung para deshacer la injusticia que habían atribuido
a su familia desde hacía bastantes años. ¡Se habían atrevido a decir que su
abuelo era un hombre desaprensivo! Había sido el hombre más honrado que había
conocido y si podía, les cantaría las cuarenta a los Jung. Sin embargo, su
abuela, antes de fallecer, había hecho que le prometiera que iría a Jeonju a
limpiar el nombre de los Choi sin declarar la Tercera Guerra Mundial, y pensaba
hacerlo. Después de estudiar la zona, decidió que Jeonju podía ser un buen
sitio para vivir, no sólo para visitar.
Suspiró
cuando se acordó del dueño de aquel restaurant. Le había recordado a su
chocolate más sabroso y sabía que si se había puesto de aquella manera con él,
había sido porque no había podido abstraerse de su impresionante belleza.
Aunque fuera insoportable, tenía que reconocer que era guapo hasta decir basta.
Le había recordado que ella era una mujer, algo que intentaba olvidar con
frecuencia.
No tenía
ningún interés en que un hombre la atrajera. Ella había aprendido la lección,
aunque su madre no lo hiciera. Quizá Park Myung hubiera sido el hombre que la
engendró, pero también había sido el hombre que había tenido a su madre en la
cuerda floja durante quince años con la promesa de matrimonio. Cuando Shin Hye
nació, él le dio su apellido, pero su madre conservó el apellido Choi.
Se necesitó
que su abuelo pagara a un detective para saber que Park Myung nunca se casaría con su madre porque ya
estaba casado con una mujer que vivía en Busan. La noticia fue un golpe muy
fuerte para su madre, tan fuerte que nunca se recuperó.
A los quince
años, Shin Hye fue al entierro de su madre y se prometió que nunca daría su
corazón a un hombre. Nunca se dejaría engañar por alguien tan mentiroso como su
padre, un hombre capaz de aprovecharse de un amor verdadero.
Su abuelo,
furioso y ofendido por lo que había hecho Park Myung, se ocupó de que aquel
hombre no quedara impune. Fue a visitar a la mujer de Myung y le enseñó el
documento que demostraba que su marido la había engañado. Hae Su, una buena
mujer, no se lo pensó dos veces y se divorció del hombre con el que había
estado casada durante dieciocho años. Además, Hae Su se encargó de que Shin
Hye entrara en su familia, conociera a su hermana y su hermano, y de que Park Myung
contribuyera a su sustento. También supo que Hae Su había sido fundamental
para que le dieran la beca cuando terminó el instituto.
Min Young y Shin
Won fueron unos verdaderos hermanos para ella y Hae Su fue como una segunda
madre. Sabía que siempre podía contar con su familia de Busan.
Shin Hye oyó
la llamada en la puerta y frunció el ceño. Estaba oscureciendo, pero podía ver
por el escaparate que esa visita inesperada era el hombre del restaurante.
Tenía
intención de no hacerle caso. Desde que había llegado a Jeonju, hacía un par de
semanas, había empezado a pensar que por fin había encontrado la tranquilidad,
pero él empezaba a convencerla de lo contrario.
Volvió a oír
la llamada y decidió que no iba a esconderse. Afrontaría los problemas, como
había hecho siempre. Había ido a buscarla y pensó que tendría que resultar
simpática porque iban a tratarse mucho. Ese edificio no sería sólo su lugar de
trabajo, sino que también sería su casa gracias al piso que había encima de la
tienda.
Decidió que
ya lo había hecho esperar bastante, fue a la puerta y la abrió.
— ¿Qué
quiere?
Él estaba de
espaldas a ella mirando al cielo. Cuando se volvió, sus miradas se encontraron
y ella notó que la temperatura le subía unos cien grados. Volvió a observar su
rostro, le pareció que vio algo nuevo, un pequeño lunar cerca del ojo, a ella
le pareció algo singular. Sin embargo nada, absolutamente nada, podía alterar
la belleza de aquel hombre.
Eso era una
mala señal.
Para empeorar
las cosas, tenía una sonrisa encantadora que tuvo que agarrarse al picaporte
para no caerse. Hizo un esfuerzo para apartar la mirada de su rostro, le
enfureció que tuvieran ese efecto en ella.
—Se lo
repito, ¿qué quiere?
La sonrisa
de él se hizo más linda. O bien no había captado que ella no estaba siendo muy
simpática o bien había decidido pasarlo por alto.
—He venido a
disculparme y a ofrecerle un regalo para hacer las paces —su sonrisa se hizo
más amplia — Antes me excedí. Ya sé cómo son las mudanzas. Sólo puedo decir en
mi defensa que he pasado una semana espantosa, pero mis problemas no son culpa
suya.
Sus
disculpas sorprendieron a Shin Hye, pero no la habían cautivado como él,
evidentemente, había supuesto que harían. Hacía tiempo que había aprendido a no
dejarse embaucar por los hombres zalameros.
— ¿Acepta
mis disculpas?
— ¿Por qué
iba a hacerlo?
—Porque así
demostraría que es mejor persona que yo y que sabe perdonar.
Shin Hye se
apoyó en el quicio de la puerta. Ella sabía que era mejor persona que él, pero
no estaba muy segura de que supiera perdonar. Tomó aire y decidió que no quería
aceptar sus disculpas. No le gustaba la afinidad que brotaba entre ellos y
tampoco le gustaba él. Sabía que eso era irracional, pero, en ese momento, no
le importaba.
—Puedo pasar
por alto muchas cosas, pero la impertinencia no es una de ellas.
Yong Hwa
frunció el ceño con una ceja arqueada.
— ¿No va a
aceptar mis disculpas?
—Por el
momento, no —contestó ella sin dejar de mirarlo.
— ¿Por qué?
—él frunció más el ceño.
—Porque no
me apetece. Ahora, si me perdona, tengo que...
El levantó
una mano haciendo un gesto para callarla.
— ¿Porque no
le apetece?
—Eso he
dicho.
Yong Hwa
sintió que la desesperación se adueñaba de él. Había tratado con mucha gente
irracional, pero esa mujer daba un sentido nuevo a esa palabra. Efectivamente,
él había sido impertinente, pero se había disculpado.
—Mire —dijo
él lentamente mientras intentaba no hacer caso del gesto de irritación que
tenía ella—Ya sé que no hemos empezado con buen pie y me disculpo por ello.
Además, tiene razón, fui impertinente, pero ahora usted está siendo irracional.
Shin Hye
suspiró. Los ojos oscuros que tenía clavados en los suyos eran intensos,
penetrantes e impresionantes, pero...
«Pero nada, Shin
Hye», Shin Hye podía oír la voz de su abuela. «No puedes juzgar a todos los
hombres por tu padre. No puedes poner un muro entre tú y todos los hombres que
se te acercan».
Volvió a
suspirar. Su abuela tenía razón, pero siempre había tenido una necesidad
visceral de protegerse e intuía que tenía que evitar por todos los medios a
aquel hombre.
—Por favor,
acepte mi oferta de paz como yo acepté la suya, ¿de acuerdo? —Yong Hwa le
interrumpió sus pensamientos—Por cierto, todo estaba delicioso, sobre todo, las
galletas de chocolate. Son mis galletas favoritas y hacía años que no probaba
unas tan deliciosas —Yong Hwa sonrió—Y no me he atragantado con ninguna.
—Una pena
—replicó ella irónicamente.
Sus miradas
se encontraron un instante y Shin Hye supo que ella era un rompecabezas que él
intentaba componer. Estaba claro que las demás mujeres no eran un problema para
él. Seguramente, le bastaba con sonreír para conseguir lo que quisiera. Igual
que hacía el padre de ella.
Shin Hye
cruzó los brazos porque sabía que él no se marcharía hasta que ella aceptara
sus disculpas.
—De acuerdo,
acepto sus disculpas. Adiós.
Él agarró la
puerta antes de que ella pudiera cerrársela en las narices y sacó la bolsa.
— ¿Y la
oferta de paz?
—Y la oferta
de paz —masculló ella mientras extendía la mano para agarrar la bolsa.
—Empezamos a
entendernos —Yong Hwa dejó escapar una risa y también extendió la mano en vez
de darle la bolsa—No nos hemos presentado. Me llamo Jung Yong Hwa. ¿Y usted?
—le preguntó mientras le hacia una reverencia.
Shin Hye
notó que se quedaba completamente pálida.
— ¿Jung?
—Sí —él
sonrió—, ¿le suena de algo? En Jeonju somos unos cuantos.
Shin Hye
decidió que no estaba preparada para explicarle cuánto le sonaba.
—No me ha
dicho su nombre...
Ella
parpadeó.
—Me llamo Park
Shin Hye.
—Bienvenida
a Jeonju, Shin Hye, ¿tienes familia por aquí?
—No, no
tengo familia aquí —ella no podía dejar de darle vueltas a que fuera un Jung.
Se hizo un
breve silencio y Yong Hwa se acordó de que no le había dado la bolsa.
—Casi me
olvido, toma. Es la especialidad del día, espero que te guste.
—Gracias.
Yong Hwa
dudó un instante.
—Será mejor
que vuelva. Es la hora de la comida. ¿Vas a vivir en el piso de encima?
—Sí
—contestó ella con la bolsa bien sujeta entre las dos manos.
—Bueno, de
vez en cuando, si se me hace tarde, yo también me quedo. Si alguna vez
necesitas algo, dímelo.
Shin Hye
pensó que era mejor que él no se hiciera ilusiones y cerró la puerta a la
tentación.
Pues muy buen cap, me gustó mucho el prólogo, además de la duda de quien robo las recetas del Abuelo Jung, si no lo hizo el abuelo Choi, Ya están saltando las chispas entre estos dos GRACIAS y espero que las actualizaciones sean muy rápidas
ResponderEliminara si que ella es choi si me imaginaba aaa haha y esos abuelitos que seenojaron por lo de la eseta siento que estro traera problemas y tambien pienso que ahi uvo un malentendido no creo que el abuelo choi lo robase aa muy buen cap
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