— Otro saco de cartas para el soltero de oro — dijo el encargado del
correo, dejó un enorme saco en la oficina de Shin Hye. Otros tres sacos
ocupaban prácticamente el resto del espacio—Y todavía están llegando más.
— Al señor Jung le encantará oírlo —musitó Shin Hye con ironía.
— ¡No! —rió el mensajero—He oído decir que está furioso, pero ni yo ni
mis compañeros entendemos por qué. Si yo recibiera cientos y cientos de cartas
de mujeres que se mueren por mis huesos me sentiría como si estuviera en el
paraíso.
Shin Hye miró a aquel hombre regordete, que aunque no llegaba a los
treinta años aparentaba diez años más.
— Al señor Jung no le hace ninguna gracia el tipo de atención que esa
revista ha despertado sobre él —le explicó Shin Hye.
Durante los cinco días anteriores, había tenido diferentes versiones de
aquella conversación. Normalmente, el encargado del correo se marchaba
inmediatamente después, pero aquel día parecía estar especialmente hablador.
— Hemos tenido que poner a otras dos personas a trabajar para
encargarnos de todo este correo extra. Nos llamamos a nosotros mismos el
«equipo del soltero».
— Ah —respondió Shin Hye, sin saber si debería felicitarlo.
— Sí, tenemos órdenes de abrir todas las cartas dirigidas al señor Jung
que no tienen el código especial de la empresa.
Shin Hye asintió. Para distinguir la correspondencia habitual de Yong
Hwa de la montaña de cartas que había inspirado la revista, Shin Hye había
notificado a todos sus colegas y asociados que utilizaran un código especial.
— Incluso hemos abierto algunas cartas en las que ponen «personal». El
señor Jung dijo que abriéramos esas especialmente —El hombre bajó la voz hasta
convertirla en un susurro conspirador—Normalmente esas son las mejores.
Shin Hye hizo una mueca.
— No se podría ni creer lo que estamos encontrando, señorita Park
—exclamó —Hay mujeres que le envían fotos con poses seductoras y con sus números de teléfono escritos en
ellas. El Sr. Jung dijo que hiciéramos lo que quisiéramos con ellas. Hay
quienes me ofrecieron veinte dólares por una verdaderamente buena, ¡pero no
están en venta!
Shin Hye forzó una sonrisa que apenas era capaz de mantener. Miró el
reloj.
— Vaya, se está haciendo tarde y tengo que...
— Pero yo prefiero los vídeos —continuó el hombre, sin entender la
indirecta— Imagínese, señorita Park. Aparecen mujeres tumbadas en la alfombra
con velas encendidas explicándole al señor Jung lo que van a hacer para...
— Lo siento, pero tengo que ir a entregarle un documento al señor Jung
para que lo firme —Shin Hye se levantó de un salto—Es extremadamente urgente.
— Bueno, dígale al señor Jung que estamos siguiendo sus instrucciones.
En estos sacos solo hay cartas. De lo demás estamos ocupándonos nosotros —y con
una sonrisa afectada, abandonó el despacho.
Casi inmediatamente, se abrió la puerta del despacho de Yong Hwa. Este
fijó inmediatamente la mirada en las últimas cartas llegadas.
— Dios mío, no más por favor.
—El mensajero quería que te asegurara que han sacado todo lo que autorizó
eliminar y que en esas bolsas solo hay cartas.
— Solo cartas —repitió Yong Hwa. Exasperado, se pasó la mano por el
pelo—¿Tienes alguna idea del contenido de esas cartas?
— Una idea bastante precisa —admitió Shin Hye. Yong Hwa gimió.
— ¡Esto es una pesadilla!
Entró en la oficina de Shin Hye y comenzó a pasear. No era fácil, porque
los sacos del correo ocupaban casi toda la habitación.
— Desde que aparecí en esa
condenada revista no he tenido un solo momento de paz. Me persiguen
implacablemente las mujeres día y noche. He tenido que pedir que quiten mi
número de teléfono de la guía. Tengo que salir a escondidas de mi apartamento,
como si fuera un delincuente. No me atrevo a ir a ningún restaurante, ni a
ninguna parte. Las mujeres me paran y me dicen cosas increíblemente íntimas,
como la talla de su sujetador o lo que harían si yo...
Se interrumpió bruscamente. Shin Hye lo miró divertida. ¿Sería posible
que Yong Hwa se estuviera sonrojando?
— Supongo que es una suerte que se estén encargando de las fotografías y
los vídeos que tus admiradoras te envían —musitó—Por lo visto no son aptos para
menores.
— No seas frívola, Shin Hye —la reprendió Yong Hwa con firmeza—Solo
tienes que pensar en lo que ha pasado durante los últimos cinco días para darte
cuenta de los estragos que esa lista ha causado, no solo a mí, sino también a
la empresa.
— Desde luego, ha supuesto muchos trastornos para el Área de
informática, el bloqueo de los buzones de voz estaban saturados de mensajes de
tus admiradoras, incluido el correo electrónico corporativo.
— ¡El sistema informático ha estado paralizado durante horas tres días
diferentes! ¿Cómo es posible dirigir una empresa en estas condiciones? ¡Esto es
una catástrofe!
— Sí, hay que reconocer que las cosas no van como siempre —confirmó Shin
Hye.
Los ojos de Yong Hwa resplandecían como llamas.
— Cuando le dije a So Min que incluir mi nombre en esa lista constituía
una atroz invasión a mi intimidad, no tenía idea de hasta qué punto eso era
cierto. No hay una sola emisora de radio o cadena de televisión que no me llame
una vez al día para pedirme una entrevista. Los periódicos quieren fotografías
y entrevistas e incluso hay algunos programas de televisión que pretenden
juntarnos a los diez solteros que aparecemos en la lista ante un público
únicamente femenino.
— Si te sirve de consuelo, estoy segura de que los otros nueve solteros
también están siendo hostigados.
— No es un consuelo en absoluto —gruñó Yong Hwa—La situación es
insoportable. No puedo seguir viviendo así. Ya es suficientemente malo que yo
no pueda concentrarme en el trabajo, pero que toda la empresa esté sufriendo
las consecuencias de este ejército de mujeres.... —se interrumpió bruscamente y
se volvió hacia ella—No lo soporto, Shin Hye. ¿Por qué me están haciendo una
cosa así?
— La revista dice que los diez solteros son los príncipes azules de la
actualidad. Supongo que todas esas mujeres quieren protagonizar un cuento de
hadas.
— ¿Príncipes azules? ¿Cuentos de hadas? —replicó Yong Hwa con un bufido
de desprecio—Por favor, ¿qué mujer en sus cabales querría ser una pánfila
lloriqueante como Cenicienta?
— Estoy de acuerdo en que el concepto de príncipe azul está un poco
desfasado y siempre he pensado que Cenicienta era una mujer muy pasiva —Shin
Hye sonrió de oreja a oreja—Pero esas cartas que escriben no son en absoluto
pasivas, son extraordinariamente asertivas y probablemente sus autoras están
deseando convertirse en la señora de Yong Hwa.
— Pues no va a haber ninguna señora de Yong Hwa —le prometió Yong Hwa
con fiereza—Porque, incluso en el caso de que tuviera alguna inclinación hacia
el matrimonio, nunca elegiría a una mujer dejándome llevar por esas cartas.
¿Qué hombre en su sano juicio lo haría? Así que, ¿por qué nos bombardean esas
mujeres con sus cartas?
— Supongo que porque la esperanza nunca se pierde.
— Pues donde hay esperanza siempre hay desilusión, Shin Hye.
— Bueno, quizá lo que motive la mayoría de esas cartas no sea la
esperanza, sino la ambición —sugirió Shin Hye divertida.
— Estoy muy familiarizado con esa ambición en particular —Yong Hwa tensó
los labios en una cínica sonrisa—Toda esta discusión demuestra lo que siempre
he sabido: las mujeres están obsesionadas con el dinero y son capaces de hacer
cualquier cosa para conseguirlo.
— Ese es un punto de vista muy triste, por no decir una absurda
generalización —repuso Shin Hye.
— Sí, claro —respondió Yong Hwa con una fría risa. Se apoyó contra la
pared y se cruzó de brazos— ¿Te has enterado de que fue mi madre la que envió
esa fotografía? Al final lo admitió y ni siquiera se disculpó por haberlo
hecho. La revista se puso en contacto con ella, le habló del artículo y ella
les envió la fotografía al día siguiente. Cargando los gastos de envío a la
cuenta de mi padre, por supuesto.
Shin Hye asintió. Se había enterado, sí. Y también sabía que Nat Woo se
había negado a pagar aquellos gastos.
— So Min también tenía razón al comentar las razones que tenía mi madre
para enviar esa foto —Yong Hwa clavó la mirada en el suelo—Mi madre dijo que
esperaba que la hija de algún millonario se enterara de mi existencia y
decidiera ponerse en contacto conmigo.
Clavó en Shin Hye su penetrante mirada y ella se removió incómoda en su
asiento. Yong Hwa parecía estar esperando una respuesta.
— No sé mucho sobre las hijas de los millonarios — respondió, eligiendo
cuidadosamente sus palabras—, pero no creo que elijan a sus maridos a partir de
las listas que elaboran esas revistas.
— ¡Como si eso pudiera detener a mi madre! Incluso tuvo el valor de
hablarme de la importancia de hacerse con una fortuna personal. Creo que ha
estado hablándome de lo mismo desde que estaba en el jardín de infancia. ¿Tu
madre también te hablaba de ese tipo de cosas?
— Cuando estaba en el jardín de infancia mi madre y yo hablábamos de
muñecas y de dibujos animados. No recuerdo que me diera ningún consejo sobre
planes financieros.
— ¿Ah no? ¿No te aconsejó nunca sobre la forma de atrapar a un marido
rico? ¿Ni de cómo firmar un buen acuerdo prenupcial o de los quilates que debe
tener una sortija de compromiso? Yo pensaba que todas las madres adoctrinaban a
sus hijas sobre la necesidad de casarse con un millonario.
— ¿Tu madre le hablaba de esas cosas a tu hermana? —preguntó Shin Hye
con curiosidad.
— Por supuesto. Y la pobre e idealista de Jan Sun sufrió las
consecuencias. Estaba decidida a encontrar el verdadero amor y lo único que
consiguió fue ser abandonada por el padre de su hijo cuando se enteró de que
estaba embarazada. No sé qué fue lo que afectó más a mi madre, que se hubiera
acostado con un hombre que no era lo suficientemente rico como para que
pudieran obligarlo a pasarle una sustanciosa pensión o pensar que iba a ser
abuela. Todavía le cuesta admitir su condición de abuela.
— Pero si tu sobrino es un niño encantador —Shin Hye había visto
fotografías del hijo de Jan Sun, que tenía ya seis años.
— Y también es adorable la hija de Kyu Gun. Pero eso no quiere decir que
mi madre quiera ser su abuela.
— La verdad es que ella tampoco responde a la imagen que yo tengo de una
abuela —admitió Shin Hye.
— No responde a la idea que nadie tiene de una abuela. Sin embargo, cree
que está obligada a cumplir con lo que ella llama sus deberes de madre, que incluyen
enviar una fotografía mía a una revista. Naturalmente, siempre tiene algún
motivo egoísta. Por ejemplo, si a partir de esa lista consiguiera casarme con
una rica heredera, estoy seguro de que no tardaría en demandar su cuota. ¡Pero
lo único que yo quiero es acabar con todo esto! —suspiró pesadamente—Estoy
harto y cansado de sentirme atrapado. ¡Quiero recuperar mi intimidad!
— La semana que viene saldrá un nuevo número de la revista y en un par
de días un nuevo asunto habrá acaparado la atención de las lectoras. Estoy
segura de que entonces disminuirá el interés sobre ti.
— Espero que tengas razón —musitó Yong Hwa—Llama a mantenimiento y pide
que despejen la habitación del correo. A partir de ahora, toda la
correspondencia superflua que venga dirigida a mí irá directamente a la basura
—y sin más, regresó a su despacho, cerrando la puerta de un portazo.
Shin Hye se recostó en la silla, sintiéndose incómoda por la larga
conversación personal que había mantenido con su jefe.
Aparentemente, su aparición en aquella lista lo había afectado
profundamente. Había conseguido quebrar sus defensas.
Pensó en el encargado de correo y en sus compañeros, disfrutando de la
atención que Yong Hwa encontraba repugnante. Aquel era un buen tema para ser
analizado por un psicólogo. Quizá algún día, cuando pudiera trabajar como
psicóloga, escribiera un artículo al respecto.
Algún día. Shin Hye se permitió soñar despierta en el futuro. Un futuro
en el que su hermana Ji Min estaría ya perfectamente recuperada. Aunque los
médicos del centro de rehabilitación eran muy prudentes en cuanto a las
posibilidades de recuperación, a Shin Hye le gustaba imaginarse a su hermana
como una futura estudiante de la Universidad Nacional de Seúl. Shin Hye se había
graduado allí en psicología, había comenzado a dar allí los primeros pasos que
la conducirían a la meta: un gabinete de psicología en el que atender a niños y
adolescentes con problemas. Una meta que seguro alcanzaría. Algún día.
Pero nunca pensaba durante demasiado tiempo en el futuro. Había aprendido
que era más seguro vivir en el presente que soñar con el mañana. Como
superviviente de dos dolorosas pérdidas, era consciente de que todo podía
cambiar en un instante, irrevocablemente.
Sus pensamientos volvieron al pasado y agradeció a su madre el que
hubiera insistido en que hiciera algunos cursos durante las vacaciones del
verano. Porque habían sido sus habilidades como asistente y no como psicóloga
las que le habían permitido encontrar trabajo, primero en una consultora y después en Jung Corporation.
Sonó el teléfono en ese momento y Shin Hye contestó rápidamente. De
alguna manera, una periodista había conseguido burlar a la recepcionista y
llamar directamente a la asistente de Yong Hwa. Comenzó a hacer preguntas indiscretas
sobre la vida de Yong Hwa que Shin Hye contestó diciendo que no pensaba hacer
ningún comentario.
— Se lo repito, ¡ningún comentario! —repitió con firmeza, y colgó
bruscamente.
Encontró en aquel gesto una profunda satisfacción. No le extrañaba que
Yong Hwa intentara desahogarse con los portazos.
***
Shin Hye compartía un apartamento con otras dos jóvenes, Jen y Kia, quienes
eran estudiantes universitarias. Ellas utilizaban la cocina y el salón como
zonas comunes.
Lamentablemente, solo tenían un baño. Durante sus raros viajes a la
fantasía, Shin Hye se imaginaba disfrutando de un baño para ella sola. Aquel le
parecía el máximo de los lujos.
El alquiler no era muy caro. Y al pagarlo entre las tres, a Shin Hye le
resultaba extraordinariamente barato. Que era lo que quería. Y necesitaba.
Porque casi todo su salario estaba destinado a pagar la rehabilitación de Ji
Min.
Aunque solo tenía veintiséis años, Shin Hye se sentía décadas mayor que
sus compañeras de piso. Y las fiestas de los fines de semana que se celebraban
en la zona habían perdido para ella todo el encanto. Especialmente cuando
las serenatas y las risas nocturnas le impedían dormir y al día siguiente tenía
que levantarse a las seis de la mañana.
Pero tanto el apartamento como el barrio estaban muy tranquilos cuando
Shin Hye llegó a las ocho y media a su casa. No sabía dónde estaban sus
compañeras. Rara vez salían las tres juntas, aunque Shin Hye y Kia, cuando sus
horarios se lo permitían, iban a correr o a montar en bicicleta.
Shin Hye se asomó a la ventana, deseando que Kia estuviera allí. Una
buena carrera la ayudaría a olvidarse de las frustraciones del día.
Durante unos minutos, permaneció asomada a la ventana, pensando en si
debía o no salir a correr sola. Hacía buen tiempo, pero la oscuridad la
preocupaba. ¿Qué mujer no era consciente de los peligros que entrañaba la
noche?
Pero aquella noche necesitaba sentirse libre; olvidarse de las
precauciones y los riesgos. Hacía dos años había recibido un curso de
autodefensa. Y aquella era una zona segura, se dijo. Había gente por la calle a
todas horas, especialmente desde que vivían tan cerca del teatro en el que se
estrenaban numerosas obras de los grupos aficionados universitarios.
Shin Hye recordaba vagamente que Jen y Kia le habían hablado de una obra
en la que ambas habían quedado impactadas.
Iría a verla, si alguna vez salía de la oficina a tiempo de llegar al
primer acto. Pero tal como y como se estaban poniendo las cosas, tenía sus
dudas. Le bastaba pensar en el largo y agotador día de trabajo que había
soportado para volver a revivir todo el estrés.
Los acontecimientos se repetían en su mente como si estuviera revisando
una cinta de vídeo. Lo único que deseaba era poder pasar a más velocidad las
escenas más inquietantes. Como el momento en el que el contestador se había
estropeado, sobrecargado por los mensajes de Yong Hwa. A aquella desgracia, le
había seguido una visita del mismísimo CEO Dong Hwan.
Desgraciadamente, Yong Hwa estaba en una reunión, de modo que Shin Hye
se había convertido en el blanco de su furia. Con un tono de acero, el máximo
jefe de la empresa le había dirigido un colérico mensaje para que se lo
transmitiera a Yong Hwa e incluso le había hecho repetirlo palabra por palabra,
para asegurarse de que se había enterado bien.
A Shin Hye le sudaban las manos después de aquel encuentro. Por
supuesto, no le había repetido a su jefe el mensaje de Dong Hwan, de modo que
se había pasado el resto del día preocupada porque el CEO pudiera detectar
aquella omisión.
La jornada no había mejorado por la tarde. El sistema de mensajes de voz
había tardado en arreglarse más de lo normal. Entonces, un exasperado grupo de
compradores de todo el país se había puesto en contacto con la empresa para
hacer nuevos pedidos.
Lo siguiente había sido que un cargamento de componentes vitales para la
empresa había retrasado su llegada a puerto a causa del mal tiempo. Eso
significaba no solo que había que retrasar la producción de cosméticos, sino
que había que comunicar a los almacenes que no podrían recibir los productos de
Jung en la fecha que esperaban.
Shin Hye había hecho aquellas llamadas y, como le correspondía siempre
al mensajero, había recibido todo tipo de improperios a cambio.
Al final, So Min había llegado quejándose por su última discusión con
los cabezas cuadradas de publicidad a los que, según ella, les faltaba visión
de futuro y agallas para crear cosas nuevas. Shin Hye la había instado a
meterse en el despacho de Yong Hwa, pero, aun así, no se había visto privada de
escuchar la última campaña de So Min con la que la empresa llegaría «a un
mercado más joven». Por las voces que salían del despacho de Yong Hwa,
imaginaba que la reunión no había ido muy bien.
El flujo de llamadas no había disminuido. A las de los almacenistas,
habían seguido las llamadas de los ejecutivos del departamento de publicidad.
Al asumir de nuevo el papel de mensajera, había vuelto a convertirse en blanco
de todo tipo de insultos. A los que, por supuesto, no podía responder.
Al final, Shin Hye decidió salir a correr. Estaba nerviosa y necesitaba
descargar las tensiones del día. De modo que se puso un par de pantalones
cortos de color blanco, una camiseta roja y las zapatillas y salió a correr.
Una brisa ligera mecía las ramas de los árboles. Corría por la acera,
desviándose ligeramente cada vez que se cruzaba con algún peatón. Las hojas
caídas crujían suavemente bajo sus pies.
Necesitó correr casi dos kilómetros antes de que las tensiones del día
comenzaran a abandonarla. Para entonces estaba ya cerca del Río Han.
Mientras fijaba la mirada en sus oscuras aguas, Shin Hye se descubrió
preguntándose qué estaría haciendo Yong Hwa en aquel momento. Sabía que a veces
iba a un gimnasio y que tiempo atrás disfrutaba jugando con su hermano Kyu Gun
al tenis.
Pero Kyu Gun ya no estaba en Seúl. Vivía en Busan con su esposa y su
hija, de modo que no podía contar con aquellos partidos para aliviar el estrés.
Y el gimnasio del Club cerraba a las ocho.
Por supuesto, había otras muchas formas de aliviar la tensión. Otras
clases de actividad física que podían realizarse sin salir del dormitorio. Shin
Hye sintió una oleada de calor y supo que no tenía nada que ver con el
ejercicio.
No quería pensar en Yong Hwa y en el sexo, pero le resultaba difícil no
hacerlo teniendo en cuenta los cientos de cartas que habían inundado la oficina
con todo tipo de ofertas de sus admiradoras durante toda la semana.
Y él las había despreciado todas. Por supuesto, Yong Hwa no tenía
ninguna inclinación al celibato. Shin Hye sabía que buscaba compañía femenina
de vez en cuando. Cómo no iba a saberlo, si era ella la que reservaba los
restaurantes, las entradas del teatro y los billetes de avión. Era ella la que
pedía las flores que había que enviar, siempre rosas. Y era ella la que debía
pasar, o negarse a pasar, las llamadas de la dama del momento, dependiendo de
las instrucciones de Yong Hwa.
Durante su trabajo como fiel ayudante de Yong Hwa, Shin Hye había
aprendido tres cosas sobre el estilo de Yong Hwa con las mujeres.
En primer lugar, que optaba por lo que él llamaba una monogamia
consecutiva. Durante el período en el que estaba saliendo con una mujer, se
limitaba estrictamente a ella. En segundo lugar, ninguna de sus relaciones
duraba mucho tiempo, algo que Shin Hye atribuía a su aversión al matrimonio. Y
en tercer lugar, en cuanto decidía que una relación había terminado, la
relación terminaba para siempre.
Si, como jefe Yong Hwa era un hombre considerado, pero como amante... Shin
Hye interrumpió el curso de sus pensamientos, consciente del peligro de cualquier
fantasía romántica.
Mientras corría, se cruzó con un gran número de atletas. Al parecer,
había mucha gente que había decidido salir a hacer ejercicio aquella noche.
Cuando vio a un hombre alto, con un cuerpo que le resultaba extraordinariamente
familiar corriendo frente a ella, pestañeó asombrada.
No, era imposible. Su imaginación le estaba jugando una mala pasada.
Había pasado tantas horas trabajando y pensando en él que su mente
empezaba a conjurar la imagen de Yong Hwa.
Pero aquel hombre de pelo oscuro, pantalones azules y camiseta blanca
que se estaba acercando a ella no era ningún producto de su imaginación: era
Yong Hwa en persona, y parecía tan asombrado de ver a Shin Hye como Shin Hye de
verlo a él.
unnie m encanto l cap xfa no t demores n subir l siguiente ta super interesant...:):):)
ResponderEliminarunniee me encantooooooo actualiza pronto........
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