Para Shin Hye, los primeros días de cualquier nuevo proyecto en el que
se involucraba siempre pasaban muy rápidamente. Le resultaba emocionante
trabajar con gente nueva y el desafío de emprender una nueva tarea le parecía
intelectualmente estimulante. Sin embargo, trabajar para Yong Hwa era para Shin
Hye trabajar bajo presión. Era como si las ocho horas diarias de trabajo
hubieran encogido y el jueves a las cinco se vio obligada a reconocer que
llevaba un considerable retraso en su trabajo. Y estaba segura de que cuando Yong
Hwa lo averiguara no iba a ser especialmente amable con ella.
—Oh, no —gimió, al ver la montaña de papeles que tenía en el escritorio.
No se atrevía a pensar siquiera cuánto podría llegar a crecer aquella pila
durante el resto del mes. Casi podía oír ya las críticas de Yong Hwa a su
ineptitud.
Desgraciadamente, también podía oír el sonido de la cerradura de la
puerta de entrada, lo que quería decir que de un minuto a otro, el que se había
convertido en su jefe entraría en su despacho y le diría que ya era hora de
dejar de trabajar. Aunque, por supuesto, él no practicaba lo que predicaba.
Teniendo en cuenta las horas que dedicaba a su trabajo, iba a
convertirse en un millonario antes de que acabara el año. ¿Pero a quién
pretendía engañar?, se preguntó ella. Si había trabajado a ese mismo ritmo
durante los últimos cinco años, debía de ser ya multimillonario. No le
extrañaba que sus propios padres se maravillaran de los dividendos que
recibían. Cuando Shin Hye se levantaba por las mañanas, se encontraba con que Yong
Hwa ya se había ido y, durante el tiempo que Shin Hye llevaba allí, no había
llegado a casa ningún día antes de las once de la noche.
Después del comentario que había hecho sobre los preservativos, Shin Hye
pensaba que pasaba las noches con alguna mujer, hasta que su curiosidad la
había llevado a descubrir el paquete que ella le había enviado en uno de los
cajones del armario del baño. Pero entonces, sólo había dos posibles explicaciones
para sus continuas ausencias: o bien era adicto al trabajo, o estaba
evitándola.
Tampoco esperaba que se dedicara a entretenerla, pero, después de haber
vivido en Seúl con dos amigas, estaba acostumbrada a tener a alguien en casa
con quien compartir las noticias y acontecimientos del día. Pasar cuatro
veladas con la única compañía de un gato mimado no era lo que ella entendía
como pasar un buen rato.
—¡Shin Hye!
AI oír la voz de Yong Hwa, Shin Hye guardó casi todas las facturas que
tenía encima de la mesa en un cajón, que cerró casi en el momento en el que Yong
Hwa se estaba acercando a su despacho.
—Tiempo de marcharse. Ya son las cinco.
Shin Hye alzó la mirada, deseando que en ella no se reflejara el
sentimiento de culpabilidad que la inundaba y fingió una sonrisa:
—¿Ya? ¡Vaya! Todavía tengo que terminar de revisar unas facturas —le
dijo, señalando la media docena de papeles que había dejado encima de la mesa—Lo
siento. Parece que se me ha pasado el día…
—No me extraña, estabas ensimismada recordando viejos tiempos con Jae
Joon—le espetó Yong Hwa con evidente desaprobación.
—Mira, voy a terminar esto en un momento. Estoy segura de que terminaré
a tiempo.
—¿De verdad? —la miró con escepticismo—¿Para qué ha venido?
—¿Quién? —preguntó Shin Hye extrañada.
—Jae Joon.
—Oh. Quería saber lo que debía.
—¿Y cuánto era?
—Mmm, menos de doscientos mil won. Puedo darte más detalles si quieres.
—No los necesito. ¿Y ha pagado?
—No, pero va a venir mañana—Yong Hwa no parecía en absoluto complacido—Creo
que mejor será dejar instrucciones para que no vuelvan a darle crédito si no
paga.
—No te preocupes, sin duda volverá mañana —dirigió una mirada cargada de
intenciones a la minifalda de Shin Hye.
La joven giró rápidamente su silla de manera que la mesa ocultara sus
piernas.
—Bueno, voy a continuar con estas facturas —susurró, maldiciéndose a sí
misma por la fragilidad de su voz—Como ya te he dicho, no me va a llevar mucho
tiempo.
Yong Hwa le tocó la mano entonces de forma tan inesperada que por un
momento Shin Hye pensó que acababa de ser víctima de una descarga eléctrica; su
corazón dejó de funcionar por unos instantes. Alzó la mirada y se encontró con
un par de ojos oscuros increíbles y entonces su corazón volvió a latir, pero a
un ritmo desenfrenado.
Pero aquel latir no tenía nada que ver con su sentimiento de
culpabilidad por el trabajo acumulado, y sí mucho con el hecho de que Yong Hwa
era suficientemente atractivo como para revivir cualquier corazón. Le habría
encantado pensar que no parecía tan nerviosa como realmente estaba, pero el
sentido común apagaba todas sus esperanzas.
—Déjalo —le dijo Yong Hwa con voz grave—, no merece la pena que
salgas más tarde por culpa de unas cuantas facturas.
Pero Shin Hye, que sabía que cincuenta facturas a duras penas serían
consideradas por su jefe como «unas cuantas», lo maldijo en silencio.
—No es ninguna molestia, no tengo ningún plan para esta noche.
—¡Olvídalo! —exclamó Yong Hwa bruscamente, y se frotó el cuello—No voy a
dejarte aquí sola.
—¿Sola? ¿Es que tú no piensas quedarte a trabajar hasta tarde?
—Sí, pero antes voy a salir a cenar algo. Después volveré.
—Oh —Shin Hye sonrió—Entonces iré a cenar contigo y después…
—¡No! —repuso Yong Hwa con expresión de absoluto terror—He quedado con
un constructor para hablar de un asunto
de negocios. Lo último que necesito es que los distraigas.
—Caramba, Yong Hwa, si tanto te preocupa que interrumpa uno de tus
discursos de venta, siempre puedo sentarme en otra mesa.
—Ni lo sueñes. Si entro contigo en esa cafetería, estoy seguro de que
vas a tener que oír cosas mucho más fuertes que un discurso sobre ventas.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Yong Hwa sacudió la cabeza.
—Nada. Ahora toma —le pasó su bolso y su chaqueta—Sé una buena chica, y
vete a casa, ¿de acuerdo?
—¡Estupendo! Me iré a casa —a pesar de que su tono condescendiente la
había enfadado lo suficiente como para largarse en ese mismo instante con uno
de sus ataques de furia, no quería arriesgarse a que Yong Hwa buscara alguna
factura que pudiera necesitar y encontrara en el cajón todo el trabajo
acumulado—Supongo que no te importará que antes apague la computadora.
—Haz lo que tengas que hacer —se dirigió a grandes zancadas
hacia la puerta—¡Pero date prisa! Mi cita es dentro de diez minutos.
Estupendo, y su ejecución quedaría pendiente hasta el día siguiente,
pensó Shin Hye con tristeza. Así no podría terminar los asuntos pendientes en
su vida.
—Ah, por cierto —al oír la voz de Yong Hwa en el momento en el que estaba
a punto de abrir el cajón, se quedó completamente helada—hazme el favor de
darle de comer al gato antes de irte a la cama. Si no tiene suficiente comida
en el plato, se convierte en un ser terrible. Ayer me atacó en cuanto entré en
casa.
Lamentándose porque el gato no era un dobermann asesino. Shin Hye
asintió.
—Claro —farfulló—dar de comer al gato es lo más interesante que tengo
que hacer en toda la noche.
***
—Cerradura estúpida —gruñó Shin Hye mientras intentaba meter la llave en
la cerradura por segunda vez en medio de una absoluta oscuridad.
El resto de las noches, la casa estaba tan iluminada como si Yong Hwa
tuviera acciones en la compañía eléctrica: pero aquella noche estaba tan oscura.
Debían de ser entre las tres y las cuatro de la madrugada, y tendría suerte si
conseguía estar en la cama antes de que amaneciera. Si hubiera aceptado la oferta
de So Eun y se hubiera quedado a dormir en su casa, en ese momento no estaría
peleándose con aquella maldita puerta. Estaba tan cansada que lo único que le
apetecía era meterse en la cama y dormir por lo menos doce horas seguidas, pero
ni siquiera el saber que le faltaban sólo unas horas para presentarse en la
oficina había sido suficiente para hacerla arrepentirse de su decisión de no
pasar otra velada más sola en casa.
Por fin consiguió meter la llave en la cerradura y se despidió con la
mano del taxista que solícitamente se había ofrecido a esperar hasta asegurarse
de que no había ningún ladrón esperándola en casa. Unos meses atrás, le habría
parecido ridícula aquella posibilidad, pero las cosas habían cambiado. Se
estremeció y sacudió violentamente la cabeza, intentando apartar aquella idea
de su mente.
Atenta a la costumbre del gato de escapar en cuanto se le presentaba una
oportunidad, abrió la puerta justo lo suficiente para deslizarse al interior de
la casa y la cerró un segundo antes de que el gato alcanzara sus piernas.
—Lo siento, he vuelto a ganar— Dijo Shin Hye dirigiéndose al gato.
El gato, con un envidiable sentido de la deportividad, se restregó
contra sus piernas a modo de bienvenida. Shin Hye se inclinó para acariciarlo y
levantarlo en brazos pero, de pronto, se quedó paralizada por el terror.
—¿Dónde demonios has estado?
Estaba tan aterrorizada que ni siquiera se tranquilizó al reconocer la
voz de Yong Hwa. Aunque su cerebro le decía que estaba a salvo, su cuerpo
todavía no lo había asimilado.
«Es Yong Hwa», le repetía su cerebro, «es Yong Hwa el que te ha
agarrado, y Yong Hwa no va a hacerte nada».
—¡Contéstame! ¿Tienes idea de la hora que es?
Pero no importaba que Yong Hwa estuviera enfadado. Shin Hye se sabía a
salvo; por muy furioso que estuviera. Yong Hwa no iba a hacerle ningún daño.
Las luces se encendieron y Shin Hye se apoyó contra la pared,
agradeciendo el poder contar con otro soporte que el de sus temblorosas
piernas.
—Dios mío. Estás tan borracha que ni siquiera puedes tenerte en pie.
Shin Hye sabía que debería enfadarse, pero el alivio y el cansancio
monopolizaban sus sentimientos, dejando muy poco espacio para la indignación.
No iba a ocurrirle nada y al tener plena conciencia de ello, asomó a sus labios
una sonrisa.
—¡Esto no tiene ninguna gracia, Shin Hye!
—No estoy borracha. Yong Hwa, sólo ligeramente achispada, un poco
cansada y bastante impresionada, pero, definitivamente, no estoy borracha.
—Estupendo. En ese caso, será mejor que abras los ojos y me expliques
dónde has estado toda la noche y por qué no me has dicho que pensabas salir.
En ese momento. Shin Hye descubrió que incluso en medio de una fuerte
impresión como aquélla, podía tener un genio incontrolable. Abrió los ojos, ¡y
lo vio todo rojo!
—Perdóname —le dijo entre dientes—pero no eres mi padre. Y tampoco tengo
por qué darte explicaciones de a dónde voy —se negaba a dejarse intimidar por
su mirada—Es cierto que estoy trabajando para ti. Yong Hwa, pero a partir de
las cinco de la tarde, lo que yo haga es asunto mío y de nadie más.
—¡No seas ridícula! Mientras estés bajo mi techo, también será asunto
mío. ¿Tienes idea de cómo me he quedado cuando he venido a casa y he visto que
no estabas?
—Ni la mitad de impresionado que yo al entrar y encontrarme con un
ladrón.
—Yo no soy ningún ladrón.
—¡Me has dado el susto de mi vida! —exclamó y extendió la mano—¿Por qué
te crees si no que estoy temblando así?
Al ver su mano temblorosa y las lágrimas que empañaban sus ojos. Yong
Hwa deseó cortarse el cuello.
Shin Hye no estaba enfadada, advirtió, estaba directamente al borde de
la histeria. Consolarla se convirtió en algo prioritario y, casi
automáticamente, la estrechó contra él. Esperaba que se resistiera, pero la
joven se dejó caer contra él y lo rodeó con los brazos.
A Shin Hye no le gustaba que la mimaran. Yong Hwa lo sabía desde hacía
años, pero entonces ¿qué diablos le ocurría aquella noche? Comprendiendo que estaba
demasiado destrozada para preguntárselo, se limitó a intentar tranquilizarla—Lo
siento, cariño —susurró—no pretendía asustarte —hablaba suavemente mientras le acariciaba
la cabeza, con el mismo gesto repetitivo y delicado con el que tranquilizaba a Bo
Jie desde hacía años—Lo que ha pasado es que estaba esperándote, y al oír la
puerta he ido directamente hacia allí, no se me ha ocurrido encender la luz. Lo
siento, Shin Hye, tranquilízate.
No supo cuánto tiempo estuvo con ella en sus brazos; le parecieron sólo
unos minutos, pero en algún momento debió dejarse arrastrar por el sueño,
porque de pronto, abrió los ojos y descubrió a Shin Hye dormida, iluminada por
la débil luz del amanecer. Yong Hwa enderezó el brazo que había apoyado contra
la pared para sostenerse y se irguió intentando no despertar a Shin Hye, que
descansaba apoyada contra su pecho.
La serenidad que se reflejaba en su rostro era tan distinta de la
energía que emanaba de ella durante el día que no pudo evitar acariciarla.
Lentamente, deslizó la mano por su mejilla… Eran lo más suave que había
acariciado en su vida.
Cuando la joven volvió la cabeza, buscando inconscientemente el contacto
de su mano, Yong Hwa maldijo en silencio su propia falta de moralidad,
preguntándose cómo era posible que la ternura pudiera transformarse tan
rápidamente en deseo. Si hubiera sentido lo mismo hacia otra mujer, nada le
habría impedido levantarla en brazos y llevarla a su cama. Pero aquélla era Shin
Hye, así que, armándose de una nobleza y una resolución que posiblemente le
valdrían la santidad, la llevó a su habitación decidido a ignorar las imágenes
que incendiaban su mente.
***
***
Shin Hye apartó las sábanas a la mañana siguiente y miró el reloj digital que tenía en la mesilla de noche. A pesar de la luz que inundaba la habitación, el despertador indicaba que eran las seis de la mañana. Pero su reloj de pulsera confirmó sus peores temores: ¡eran cerca de las once!
Se desprendió rápidamente de las ropas que llevaba el día anterior e
intentó recordar exactamente lo que había hecho después de aquel estúpido
conato de histeria. No recordaba haber desconectado el despertador, pero era
evidente que lo había hecho.
—¡Genial! —musitó, mientras se ponía la bata y se ataba el cinturón con
tanta fuerza que estuvo a punto de seccionarse la cintura. Como si Yong Hwa no
tuviera ya suficientes motivos para enfadarse por culpa de su trabajo.
Durante una décima de segundo, se debatió entre la necesidad de ducharse
o tomarse una taza de café, y al final decidió bajar a la cocina y ducharse
mientras se hacía el café para ganar tiempo.
—¡Yong Hwa! —gruñó al entrar.
En cuanto puso un pie en la cocina, se quedó clavada donde estaba.
—¿Qué, qué estás haciendo aquí?
Yong Hwa movió la taza que tenía en la mano.
—Tomarme un café, ¿quieres uno?
Shin Hye no estaba segura de si su primera reacción al verlo había sido
de horror, pero lo que sí sabía era que su actitud calmada le generaba una
confusión total. Tenía que ser viernes, no era posible que hubiera estado
veinticuatro horas durmiendo. No, por supuesto que no. Pero entonces, ¿por qué
no estaba Yong Hwa en la oficina? ¿Y por qué no le estaba pidiendo una
explicación por su tardanza? Caramba, quizá fuera sábado, realmente.
Yong Hwa observaba los sentimientos que cruzaban el rostro de Shin Hye
preguntándose cómo se las arreglaría para tener aquella expresión de infantil
perplejidad y parecer tan sexy al mismo tiempo—Hoy es viernes, ¿verdad?
—Sí, durante todo el día —sonrió al ver su expresión y le tendió la mano
con la taza de café—Ya que estás levantada, ¿te importa servirme otro?
—¿Qué?
—Lo siento, ¿podrías servirme otra taza de café, por favor? —Shin Hye
pestañeó y sacudió la cabeza como si no entendiera lo que le estaba diciendo—De
acuerdo, será más rápido que vaya yo —empezó a levantarse.
—De acuerdo, Yong Hwa, tú ganas —repuso ella.
Yong Hwa se volvió y la vio apoyada contra la nevera con los brazos
cruzados.
—Si no son las seis de la mañana y tampoco es sábado, ¿cómo es que me
estás pidiendo un café y no explicaciones por no haber ido al trabajo?
—Porque sé la razón por la que no has ido a trabajar. ¿Quieres que te
sirva yo a ti un café?
—Lo que quiero es que me expliques por qué no me estás reclamando y diciéndome lo irresponsable que soy.
—¿Por qué?
—Por haberme quedado dormida.
—Te has quedado dormida porque yo desconecté tu despertador, no puedo
culparte por ello.
Shin Hye cruzó la habitación como un relámpago e, ignorando la taza que Yong
Hwa tenía en la mano, lo sacudió por los hombros.
—Eh, cuidado con el café.
—¡Olvídate del café y mírame!
Yong Hwa se olvidó del café. Y no le suponía ningún sufrimiento mirar
aquel par de ojazos rodeados de espesas pestañas, a pesar de la furia que los
iluminaba. De hecho, el efecto era sorprendentemente atractivo.
—¿Por qué, por el amor de Dios?
—Porque estabas agotada y necesitabas dormir.
—Aasshh Yong Hwa. No soy una niña, puedo decidir
por mí misma si necesito
dormir o no. ¡No necesito tu ayuda! He sobrevivido mucho tiempo durmiendo sólo
tres horas al día.
Tenía el rostro sonrojado de enfado y frustración, pero Yong Hwa ya se
esperaba aquella reacción. Shin Hye estaba tan orgullosa de ser independiente
que jamás pedía ayuda a nadie: era consciente de cuánto la había molestado con
su actitud, pero no le importaba. Había intervenido porque el comportamiento de
Shin Hye lo demandaba, le gustara a ella o no.
—No era tu cansancio el que me preocupaba —le dijo, sosteniéndole la
mirada—sino el estado emocional en el que te encontrabas cuando viniste a casa.
Y quiero saber por qué estabas tan mal.
—¿Por qué? ¿Por qué? —repitió Shin Hye de una manera que le hizo
sospechar a Yong Hwa que estaba buscando alguna explicación que pudiera parecer
razonable sin acercarse ni remotamente a la verdad—Te voy a decir por qué.
¡Porque me agarraste en la oscuridad y me diste un susto de muerte!
—Eso no me basta. Tu reacción no fue en absoluto normal: estuviste a
punto de perder el control completamente. Estoy seguro de que anoche te ocurrió
algo especial, y no te molestes en negarlo.
Shin Hye lo miró como si fuera eso exactamente lo que pensaba hacer y
soltó un suspiro de resignación.
—De acuerdo, si eso te hace feliz, te contaré lo que hice anoche, paso a
paso. ¿Satisfecho?
—Lo sabré cuando te haya oído.
—Estaba sola, así que llamé a cierta gente para salir a cenar y a tomar
unas copas. Hay ciertas personas —señaló—a las que no les da vergüenza salir a
cenar conmigo.
—¿Qué personas?
Shin Hye elevó los ojos al cielo.
—Algunas amigas mías. So eun, Min Young y otras más. Después de cenar,
nos fuimos a casa de un amigo, tomamos unas copas, bromeamos, recordamos viejos
tiempos. Y tengo que reconocer —se detuvo como si estuviera a punto de hacer
una importante confesión—que tienes toda la razón. Fue una experiencia
realmente traumática. Creo que jamás podré superarla. Mira Yong Hwa, ya sé cómo
funciona tu mente superprotectora, pero te aseguro que el único hombre del que
fui víctima ayer por la noche, fuiste tú.
—Sabes perfectamente que jamás te haría ningún daño…
—Claro que lo sé. El problema es que te preocupas demasiado por mí.
—Dime algo que no sepa, Shin Hye.
—De acuerdo —contestó, buscando una respuesta adecuada. Era preferible
continuar aquella discusión que pararse a pensar en lo cerca que estaban el uno
del otro—Ya no soy la ingenua adolescente de dieciséis años a la que sacaste
del coche de Joon Suk hace años.
—Me alegro de oírlo. Aunque a juzgar por tus últimos novios, el gusto
que tienes para los hombres todavía deja mucho que desear.
—Quizá, pero se trata de que me gusten a mí, no a ti. Así que deja de
tratarme como si fuera una descerebrada incapaz de cuidar de sí misma y
dispuesta a arrojarse a los brazos del primer hombre que se lo proponga.
—¿Qué te hace pensar que es así como te veo? —le preguntó Yong Hwa.
—Las situaciones que hemos vivido en el pasado. Si hubieras continuado
controlando mi vida, Yong Hwa, habría terminado en un convento.
Yong Hwa soltó una carcajada.
—No te creo capaz de llevar un hábito.
—Sinceramente, Yong Hwa, mantener una conversación seria contigo es
imposible. Estás decidido a seguir tratándome como si fuera una niña, ¿verdad?
—No te trato como a una niña, Shin Hye.
—¿No?
—No.
—Entonces quizá no te importe decirme por qué esperaste levantado hasta
que llegué a casa.
—Porque, como te dije anoche, estaba preocupado por ti!. Era muy tarde,
y te habías ido sin dejar una nota.
—¿Y cómo te enteraste de que no estaba en casa? El coche estaba en el
garaje.
—Miré en tu habitación.
—¿Que miraste en mi habitación?
—Subo todas las noches para…
—¿Para qué? —lo interrumpió—¿Para arroparme? ¿Para comprobar si me he
lavado los dientes y he rezado mis oraciones? ¿Para asegurarte de que no hay
ningún hombre en mi habitación? Yong Hwa, tengo ya veintitrés años. Aunque esté
viviendo en tu casa, creo que tengo derecho a cierta intimidad.
—¿Ya has terminado?
—No.
—Pues lo siento, porque tengo unas cuantas cosas que decirte.
—Pero yo no quiero oírlas.
Giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta, pero Yong Hwa la
agarró del brazo y le hizo volverse.
Shin Hye se decía que el enfado era el único motivo por el que la sangre
parecía correrle por las venas a la velocidad de la luz e intentó aferrarse a
aquel pensamiento mientras Yong Hwa la obligaba a alzar la barbilla. Sólo
separaban sus rostros unos centímetros.
—La única razón por la que me asomo a tu habitación todas las noches es
para desearte buenas noches.
Yong Hwa maldijo en silencio la furia de Shin Hye, la joven respiraba
tan violentamente que al hacerlo dejaba notar aun más el escote de su atuendo.
—Así que puedes estar tranquila —continuó diciendo secamente—Sé que
tienes edad suficiente para taparte tú misma y decidir si quieres rezar o no.
También tengo la certeza de que tus maravillosos dientes están al cuidado de uno de
los mejores dentistas de Gamnam, y te aseguro de que no tengo ningún interés en
invadir tu preciosa intimidad.
—¿Puedes dejarlo por escrito?
Yong Hwa continuó hablando como si Shin Hye no hubiera dicho nada.
—Sin embargo, pienso mantener ciertas reglas en esta casa.
—Más reglas—dijo la joven con fastidio—¿Y se puede saber cuáles son?
—No traerás ningún hombre a esta casa, ¿lo entiendes?
—Cumpliré la norma mientras esté viviendo aquí —replicó ella—a no ser
que tengas alguna normativa distinta para el dueño de casa.
—¿Qué tontería estás diciendo?
—Yong Hwa, solo estoy bromeando…
—¿Bromeando, Shin Hye? —le molestaba que pudiera ser tan ingenua, que
tocara esos temas con tanta indiferencia. ¿Pensaba acaso que él era de piedra?
¡Diablos! El corazón le latía a una velocidad incontrolable, y estaba haciendo
esfuerzos sobrehumanos para controlar las imágenes que aquella contestación
había evocado. ¡Le entraban ganas de estrangularla! Peor aún, lo que quería era
acercarla todavía más, deslizar sus
manos hacia su cabeza y atraerla para probar sus deliciosos labios.
«Hazlo, hazlo», le urgía su libido. Sólo una vez, sólo saborearía sus
labios una vez.
—¿Bromeando? —repitió, con la esperanza de mantener la boca ocupada—¿Te
parece divertido ofrecerte con esa indiferencia? ¿Qué ocurriría si decidiera aceptar la oferta? Debería darte unos buenos azotes en el trasero.
—Déjalo —repuso, empezando a volverse—Ese tipo de juegos son demasiado
perversos incluso para mí.
Y entonces Yong Hwa lo hizo. Diciéndose a sí mismo que iba a darle una lección que no olvidaría durante el resto de su vida, la tomo en sus brazos y la besó en los labios. Desgraciadamente para él, descubrió que Shin Hye era la alumna ideal, dispuesta a cooperar, rápida en aprender y muy, muy sensible…
Y entonces Yong Hwa lo hizo. Diciéndose a sí mismo que iba a darle una lección que no olvidaría durante el resto de su vida, la tomo en sus brazos y la besó en los labios. Desgraciadamente para él, descubrió que Shin Hye era la alumna ideal, dispuesta a cooperar, rápida en aprender y muy, muy sensible…
Unnnniiiiiii esta buenísimo felicidades trbisare el blog cada mañana adiós y no dejes de publicar adiós <3
ResponderEliminarbuenísimo es poco unnie, está fascinante, por favor actualiza pronto, que me está matando la curiosidad unnie, felicidades.
ResponderEliminarMuy pero muy bueno en verdad me encanto, por favor actualiza un poco más rápido me matas con tanta incertidumbre
ResponderEliminarOh! Por Dios~ ¡ESTOY QUE MUERO! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! ¡SUBE OTRO CAPÍTULO! ¡¡¡¡¡YONGHWA!!!!!! ERES EL MEJOR ♥.
ResponderEliminarUnnie! Debe de subir otro capitulo, me deja con mucha intriga y dudo mucho que pueda dormir. Fighting! ^^
ResponderEliminarUnniii actualiza el fic pronto ....
ResponderEliminarMañana viernes publicaré un capítulo más ^^
Eliminar