El domingo, Shin Hye estaba otra vez en el aeropuerto; en aquella
ocasión, en la terminal internacional, observando cómo rodaba por la pista el
avión de Bo Jie. Incapaz ya de seguir conteniendo las lágrimas mediante
constantes parpadeos, se bajó las gafas de sol. Aquel gesto le llamó la
atención a Yong Hwa, que estaba a su lado.
—¿Quieres que nos vayamos? —le preguntó éste.
—No, a no ser que tú quieras que nos vayamos.
La esperanza de haber conseguido disimular el temblor de su voz se
evaporó cuando le quitó las gafas. Inmediatamente soltó un juramento.
—Pobre niña, no llores.
Shin Hye apartó la cabeza y levantó la barbilla.
—No estoy llorando —contestó, mientras se deslizaban dos enormes lágrimas
por sus mejillas—Y no soy una niña.
—Estupendo. En ese caso, creo que debería advertirte que te estás
derritiendo.
Shin Hye intentó mostrarse enfadada, pero la comprensión y la
delicadeza de la forma en que Yong Hwa
la miraba anulaban todos sus esfuerzos.
—Aassshh —musitó, mientras le subía un sollozo a la garganta—Yo… no
tenía intención de llorar. Soy una estúpida, yo…
Shin Hye no estaba segura de a qué se rindió primero, si al libre fluir
de las lágrimas o al abrazo de Yong Hwa, pero en cualquier caso fue un alivio
poder llorar en sus brazos. Fue como si el calor del cuerpo de Yong Hwa y el
contacto de sus manos sobre su cabeza la estuvieran ayudando a liberarse de
todas las emociones que había estado conteniendo durante meses. Llorar le hacía
sentirse bien, probablemente no serviría de nada, pero le hacía sentirse
estupendamente.
—Chsss, cariño —susurró Yong Hwa—Bo Jie va a estar estupendamente. Y no
es como si se hubiera ido sola, va a tener a la familia a su lado.
Aunque Shin Hye asintió al oír aquellas palabras de consuelo, sabía que
su reacción no estaba motivada solamente por la marcha de Bo Jie. La tensión a
la que había estado sometida durante las últimas semanas y la desilusión de
haber tenido que dejar de formar parte del reparto de Living in Heaven , la habían convertido en una importante candidata
a un ataque de llanto.
Consideró la posibilidad de hablarle de la confusión a la que había
estado sometida durante los últimos meses, pero lo pensó mejor. Lo último que
pretendía era invitar a Yong Hwa a una sesión de compasión y protección
fraternal. Era preferible que creyera que las lágrimas se debían solamente a la
despedida de Bo Jie.
Tomó aire con la intención de dejar de llorar, pero en vez de ayudarla a
regular la respiración, se la agitó todavía más. Al percibir el inconfundible
aroma de Yong Hwa, sintió una explosión en su corriente sanguínea. Y, aun
sabiendo que era una locura, se estrechó más contra él. Permanecería así sólo
unos minutos, después…
Yong Hwa comprendió que tenía un problema en cuanto Shin Hye cerró los
brazos alrededor de su cintura. Pero cuando la sintió estremecerse y dejarse
caer contra él, supo que el problema iba a ser muy serio. Desgraciadamente, su
cerebro no había estado a la altura de su intuición.
Posó las manos sobre los brazos de la joven para separarla suavemente de
la parte inferior de su cuerpo. Lo último que quería era ponerla en una
situación embarazosa.
—Shin Hye… —dijo vacilante—¿Estás bien? —el rostro de la joven
continuaba oculto contra su pecho, pero la vio asentir con la cabeza—¿Estás
segura? —la urgió, esperando ir recuperando el control sobre su propio cuerpo.
Intentó separarla tímidamente de él, pero Shin Hye tensó los brazos. Yong Hwa
suspiró, debatiéndose entre la necesidad de consolar a aquella mujer y la
necesidad de salvar la poca dignidad que le quedaba.
¿Consolar a aquella mujer?, se repitió.
Podría decirse que sí, que técnica y físicamente era una mujer,
reflexionó, ¡pero también era la hermana de Hyung Han! ¿Entonces por qué
demonios le costaba tanto recordarlo? ¿Y por qué después de haber pasado años
pensando en ella como en una hermana, lo asaltaban constantemente preguntas acerca
de lo que sentiría poder besarla y hacerle el amor?
Estaba enfermo, pensó disgustado. Estaba verdaderamente enfermo.
—Sí, estás un poco pálido.
Yong Hwa gruñó; aquella observación de Shin Hye le había hecho darse
cuenta de que estaba expresando sus pensamientos en voz alta. Pero al ver a la
joven observándolo con el ceño fruncido, no pudo evitar una sonrisa. Incluso
con los ojos rojos y los rastros que el llanto había dejado en su cara, Shin
Hye era una belleza: y le proporcionaba un extraño consuelo saber que no era él
el único hombre capaz de volverse loco por una mujer como aquella.
—¿Por qué sonríes? —le preguntó la joven, mirándolo con sus hermosos
ojos marrones empañados por el recelo.
—Por nada de lo que me apetezca hablar. ¿Qué te parece que vayamos hacia
el bar?
—¿Hacia el bar?
—Tienes aspecto de necesitar una bebida, y a mí desde luego me hace
falta.
—Pensaba que te encontrabas mal.
—Es una enfermedad mental, no física —respondió Yong Hwa, la agarró del
brazo y la condujo hacia los ascensores.
—Entonces de acuerdo. Por un minuto he pensado que era algo fuera de lo
normal.
Yong Hwa sacudió la cabeza con gesto de desilusión.
—Demasiado fácil, Shin Hye, esperaba algo mejor de ti.
—Lo siento, había olvidado que contigo mantengo unos niveles excepcionales.
—¡No creo que puedas estar nunca a la altura!
A pesar del codazo que le dio en las costillas, Shin Hye sonrió,
contenta de ver que volvían a retomar el tono de su antigua relación. Aquella
era la mejor forma de tratar con los nuevos sentimientos que albergaba hacia
él. Aunque los minutos que había pasado en sus brazos habían sido maravillosos,
saber que la única perspectiva que podía tener aquella relación era
estrictamente platónica hería su orgullo femenino. Así que para no sucumbir al
masoquismo, decidió curarse la nueva fiebre antes de terminar convirtiéndose en
una estúpida.
Cuando llegaron al bar, Yong Hwa la llevó hacia una mesa situada en una
esquina.
—Un vaso de vino, ¿te parece
bien? —le preguntó Yong Hwa.
—Eh… sí, gracias —contestó.
Al verlo asentir y dirigirse sin decir nada hacia la barra, se quedó
estupefacta. Durante el aniversario de sus padres, había mostrado abiertamente
su desaprobación al verla consumir alcohol, y había dado por sentado que estaba
borracha. Había empezado a despedazarla verbalmente sin darle ninguna
posibilidad de explicarle que la razón por la que había estado a punto de
caerse en la pista de baile había sido que su pareja de baile estaba tan bebido
que ni siquiera era capaz de bailar con ella.
Suspiró. Durante su adolescencia, habían sido muchas las veces que Yong
Hwa la había juzgado de la peor de las maneras posibles. De pronto, advirtió
irritada que no había dejado de mirarlo desde que la había dejado en la mesa y
se obligó a observar el lugar en el que se encontraban.
Era un bar y cafetería, no estaba
excesivamente llena. Una de las mesas estaba ocupada por un grupo de
asistentes de vuelo; otra por una familia que evidentemente estaba esperando la
salida de su avión, y, al final de todo, había dos parejas que charlaban
animadamente.
La sorprendió darse cuenta de que aquélla era la primera vez que ella y Yong
Hwa estaban juntos como dos adultos, sin la compañía de sus padres o de Bo Jie.
Desde que había cumplido dieciocho años, sólo se habían visto durante las fiestas
familiares.
La amistad entre los Park y los Jung se remontaba a la infancia de los
padres de Shin Hye y Yong Hwa: sus
padres habían crecido juntos, se habían casado ambos con chicas de su misma
ciudad y habían seguido viviendo a sólo unos cuantos metros después de casados.
Al cabo de los años, había sido más su amistad que una perspectiva económica la
que había impulsado al padre de Shin Hye a invertir dinero en el negocio del
padre de Yong Hwa, cuando los bancos se
habían negado a concederle un crédito; así, su relación personal se había
extendido también al ámbito profesional.
Yong Hwa se sentó frente a ella, interrumpiendo el curso de sus
pensamientos.
—Aquí tienes —le dijo, dejó en la mesa el zumo de naranja que él se iba
a tomar y le puso su bebida en la mano—Un vaso del mejor vino —sonrió—te lo
prometo, sin regañinas.
—No me digas que puedes leerme el pensamiento.
—Dios, espero que no —parecía horrorizado—Ya me da suficientes dolores
de cabeza saber lo que haces, para tener que preocuparme encima por lo que
piensas.
—Esos dolores de cabeza te los buscas tú mismo. Nadie te ha pedido que
te metas en mi vida.
—Me lo pidió tu hermano.
La aparente frialdad de su respuesta no ocultó la emoción que se
reflejaba en sus ojos y Shin Hye tuvo que desviar la mirada al evocar
involuntariamente la imagen de Yong Hwa entrando en la habitación de Hyung Han
después del funeral y descubriendo a una sollozante niña de catorce años con el
corazón destrozado. Se había sentado a su lado en el suelo y había empezado a
contarle con voz dulce que él también echaba de menos a Hyung Han, que él
quería a su hermano tanto como ella y que quizá lo mejor fuera que compartieran
su tristeza. Le había explicado después que pensara en él como en un hermano,
pues Hyung Han le había pedido que cuidara de ella.
—¿Y también tienes que cuidar de Bo Jie? —le había preguntado ella.
—Sí, también de Bo Jie. Los dos vamos a tener que cuidar mucho a Bo Jie.
Shin Hye miró su bebida y suspiró. Era extraño que la decisión de Bo Jie
de enfrentarse a su futuro les hubiera llevado a ellos a enfrentarse con el
pasado. Después de tantos años, era la primera vez que Yong Hwa hacía
referencia a la petición de su hermano.
Mientras la observaba, Yong Hwa se dijo que había cambiado de opinión.
En ese momento, habría dado cualquier cosa por poder leer los pensamientos de Shin
Hye.
En el pasado, se había esforzado en evitar mencionar a Hyung Han delante
de Shin Hye: no quería volver a enfrentarse al sufrimiento que había visto en
su rostro el día del funeral, cuando la había encontrado llorando, abrazada a
su camiseta de basquetbol. Era una cruel ironía que justo en el momento en el
que Bo Jie había dado el paso final para abandonar los fantasmas del pasado, él
hubiera hablado de Hyung Han sin ningún cuidado delante de la ya
suficientemente destrozada Shin Hye.
Estaba pensando en ello cuando lo distrajo la voz de Shin Hye.
—¿Qué? —le preguntó, esforzándose por reconducir sus pensamientos—Lo
siento, no he oído lo que has dicho.
—Ya lo sé —Shin Hye sonrió y alzó su vaso—Te he sugerido que hagamos un
brindis por Bo Jie. Creo que sería lo más apropiado, ¿no te parece?
—Desde luego. Por Bo Jie, para que éste sea el comienzo de una vida muy
feliz.
Shin Hye unió su vaso al de Yong Hwa.
—Y para que yo sea capaz de recordar todo lo que me ha explicado sobre
la contabilidad del negocio—y añadió alegremente—: Estoy segura de que estás
dispuesto a brindar por ello.
—Shin Hye, no sólo estoy dispuesto a brindar, estoy decidido a rezar por
ello.
Al verla dar un sorbo al vino y humedecerse a continuación los labios,
se le encogió el estómago. Desesperado por aplacar el fuego que se encendía en
su interior, se tomó el zumo de un solo trago.
—¿Sabes, Yong Hwa…?
Aquella sonrisa no podía ser deliberadamente sensual. Y tampoco aquel
gesto con el que se había colocado un mechón detrás de la oreja, dejando
expuesta la suave piel de su cuello.
—Es posible que te sorprenda —continuó diciendo—pero el saber que
esperas que cometa serios errores, me va a evitar sentirme culpable cuando lo
haga.
Yong Hwa emitió un sonido similar a un gemido. Shin Hye no podría
sentirse culpable porque él tenía el monopolio sobre aquel sentimiento.
***
Al volver del aeropuerto, Yong Hwa dejó a Shin Hye en casa y se dirigió
a su oficina para poner al corriente el trabajo. Cuando Shin Hye se fue a la
cama, todavía no había regresado y, al día siguiente, cuando la joven entró a
la cocina, ya duchada y vestida, a las siete y diez de la mañana, ya se había
marchado.
Y era preferible, se dijo Shin Hye, mientras conectaba la cafetera,
porque ni en sus mejores días se levantaba de buen humor y tras una noche en la
que apenas había conciliado el sueño, no tenía muchas ganas de enfrentarse al
siempre intachable Yong Hwa. Desgraciadamente, tuvo una prueba de su lamentable
existencia en una nota pegada con un imán al refrigerador.
Espero verte a las nueve en punto,
¡ni un minuto más tarde! Intenta no vestirte de una forma excesivamente
llamativa. ¡Y nada de gorras ni audifonos! Si el coche de Bo Jie necesita
gasolina, tienes una gasolinera en el cruce.
Posdata: ya he dado de comer al gato.
Pero no te olvides de activar la alarma.
Shin Hye rompió la nota y cruzó nerviosa la cocina. El gato persa que
dormitaba al pie de la ventana, acostumbrado a los tranquilos movimientos de Bo
Jie, saltó asustado.
—Arrogante, estúpido, condescendiente…
Incapaz de satisfacer su furia precafeínica con un vocabulario
civilizado recurrió a todo tipo de obscenidades para calmar su frustración. ¡Yong
Hwa parecía disfrutar tratándola como si fuera una imbécil!
—¡Nada de gorras! ¡Nada de audifonos!—repitió indignada.
Ya era suficientemente malo que la considerara una descerebrada para que
tuviera la audacia de cuestionar también su gusto al vestir. Precisamente Yong
Hwa, al que casi había tenido que sedar su madre para que se pusiera una
americana el día que había acompañado a Shin Hye a su primer baile… un hombre
que ni siquiera sabía para qué servía una corbata.
Shin Hye no terminaba de entender por qué durante toda su vida Yong Hwa
había tenido que dedicarse a darle consejos, a vetar a sus novios, a vigilarla
como si fuera su ángel de la guardia… ¿Para qué tenía a sus padres entonces?
Recordó entonces una secuencia que se había repetido a lo largo de su vida en
innumerables ocasiones y que le hizo maldecirlo en voz alta; cada vez que
tomaba una decisión, su padre o su madre se veían en la obligación de preguntar
qué pensaba Yong Hwa sobre ello.
La última vez había sido dos meses atrás, cuando les había explicado que
iba a participar gratuitamente en un anuncio de preservativos para una
Fundacion. Shin Hye, por supuesto, no había hablado de ello con Yong Hwa, pero
eso no le había evitado tener que escuchar su opinión. De hecho, todavía
temblaba cuando recordaba la llamada que le había hecho Yong Hwa en cuanto
había salido el anuncio en televisión.
—Shin Hye, ¿no tienes suficiente con lo que has ganado en esa serie para que tengas ahora que difundir tus hábitos nocturnos por televisión?
—No me han pagado nada por hacerlo, es una campaña informativa para una
Fundación—se había apresurado a explicarle—aunque la compañía me ha enviado
cien muestras gratuitas.
Pero a Yong Hwa no le había hecho ninguna gracia aquella respuesta. Shin
Hye habría dado cualquier cosa por ver le cara que había puesto al recibir los
cincuenta preservativos que le había enviado. En el paquete, había incluido una
nota diciéndole que como dudaba que fuera capaz de emplearlos todos, había
decidido compartir sus beneficios con él. Imaginarse la reacción de Yong Hwa
fue tan divertido que se olvidó casi por completo de su enfado.
Intentando ser objetiva, se miró en el espejo. Llevaba una falda negra
que le llegaba hasta los tobillos y unas botas; si bien no era el último grito
del invierno, estaba segura de que ni la persona más conservadora lo consideraría
un atuendo llamativo. Y en cuanto al polo que se había puesto en la parte de
arriba… Bueno, tenía que admitir que su color rojo era algo chillón, pero
pensaba ponerse una chaqueta negra encima.
—Déjalo ya. Shin Hye —se ordenó en voz alta. Sabía que estaba más que
aceptable para acudir a una oficina, pero el temor a los juicios siempre
negativos de Yong Hwa, le hacía sentirse insegura. ¡Y lo odiaba por tener tanta
influencia sobre ella!
El deseo de retarlo estuvo a punto de llevarla de nuevo a su dormitorio
para ponerse a buscar el vestido más corto e indiscreto de los que había
llevado. Pero habría sido una respuesta demasiado obvia, se dijo mientras se
preparaba el desayuno, además de muy infantil. En cualquier caso, se prometió,
cuando menos se lo esperara, le demostraría a Yong Hwa hasta dónde era capaz de
llegar.
—Shin Hye, éste es el Sr. Lee Wo. Es nuestro vendedor y representante
más antiguo y el segundo hombre a cargo de la empresa. Lee Wo, ella es Park Shin
Hye, se va a encargar de sustituir a Bo Jie mientras esté fuera.
Después de la presentación del último de los treinta empleados de la
Corporacion JK Building . Shin Hye sonrió y se inclino para saludar.
—Mi esposa y mis hijos no se lo van a creer cuando les diga que la
estrella de Live in Heaven está trabajando conmigo —le dijo Lee Wo con
una sonrisa amistosa y un ligero rubor en el rostro.
—Gracias por el cumplido —respondió la joven—pero no creo que pueda
decirse que yo era la estrella de la serie.
—En lo que a mí respecta, sí —la contradijo—, sobre todo después del
capítulo en el que aparecía con… bueno, no recuerdo su nombre.
Shin Hye entornó los ojos al ver la sonrisa inconfundiblemente lasciva.
—Espero no tener que vivir siempre con eso. La gente todavía me pregunta
si el beso fue real y…
—¿Y lo era?
—Lee Wo! —lo interrumpió Yong Hwa—, ¿no tenías que ir a cobrar un
pedido?
—Sí, pero…
—Entonces te sugiero que vayas saliendo de aquí.
Shin Hye, que se solidarizaba con cualquiera que tuviera que recibir
órdenes de Yong Hwa, esbozó la más brillante de sus sonrisas—Ya tendremos
tiempo para hablar—le dijo al Sr. Lee Wo. —Voy a estar trabajando aquí durante las
siguientes tres semanas.
—Exactamente, trabajando —murmuro Yong Hwa mientras se alejaban de la
mesa—no estoy dispuesto a dejar que se monte un club de fans de Park Shin Hye en mi empresa.
—Pero no creo que el convenio les impida a los empleados hablar entre
ellos durante las horas de descanso —le recordó.
—Aquí no hay convenio que valga. Las normas las pongo yo, y la primera
es que no te dediques a coquetear con mis empleados. Especialmente con los que
están casados.
Shin Hye se quedó estupefacta. Una vez más, tuvo que recordarse que
mucha gente pensaba que aquellos que se dedicaban al mundo del espectáculo no
tenían ningún tipo de moral, pero por propia experiencia, ella sabía que los
artistas no eran ni mejores ni peores que el resto de los mortales. Por eso la
sacaban de quicio comentarios como el de Yong Hwa.
—Para tu información, jamás se me ocurriría tocar a un hombre casado.
—Estupendo. En ese caso no tendremos problemas con la norma número uno.
—No, pero conociéndote estoy segura de que tienes otras cien normas que
esperas que cumpla.
—Me resulta duro decirlo —comentó con expresión pensativa—, pero la
lista de normas es ilimitada. En cualquier caso, no te preocupes, a medida que
se me vayan ocurriendo, iré diciéndotelas.
—Muchas gracias. Hay que reconocer que para Moisés fue una suerte
encontrarse con Dios, y no contigo. En ese caso, todavía estaría bajando tablas
de la montaña.
—Lo sé —le comentó Yong Hwa mientras le abría la puerta de su oficina.
Enfadada consigo misma por su incapacidad para mantenerse seria. Shin Hye le dio un
pellizco en el brazo y pasó al que iba a ser su lugar de trabajo durante las
siguientes semanas.
En el escritorio, que Bo Jie, evidentemente, había despejado de papeles,
sólo había un teléfono, una calculadora, material de oficina y el correo que la
recepcionista debía de haber distribuido aquella misma mañana.
—Mira Shin Hye, cuando te sientas abrumada con el trabajo, lo único que
tienes que hacer es decírmelo, ¿de acuerdo?
El tono burlón de Yong Hwa le hizo erguir la cabeza. Era obvio que había
advertido el miedo que se estaba apoderando de ella. Pero no se le había
ocurrido decirle que en el caso de que se sintiera abrumada lo avisara, no, lo
había dado por sentado, porque, como era habitual en él, estaba seguro de que Shin
Hye no iba a saber hacer su trabajo.
—Escucha. Yong Hwa, ¡sé lo que tengo que hacer!
—Ya, pero…
—Bo Jie se pasó todo el sábado explicándomelo y, al contrario que tú,
estaba convencida de que sería capaz de sacar adelante el trabajo sin sentirme
abrumada.
Por un momento, pensó que Yong Hwa iba a discutir, pero éste se limitó a
sacudir la cabeza con pesar, como si poner a Shin Hye a cargo de aquel trabajo
fuera el mayor riesgo que había corrido su empresa.
—Entonces, ¿no tienes ninguna pregunta que hacerme?
Shin Hye se puso a buscar rápidamente alguna pregunta que Yong Hwa no
fuera capaz de contestar.
—Bueno, en ese caso —continuó diciendo Yong Hwa ante su silencio—te
dejo —y empezó a cruzar el despacho para dirigirse hacia la puerta.
—¡Espera! Tengo una pregunta que hacerte —esbozó la más inocente de sus
sonrisas.
—¿Si? —la instó Yong Hwa, mirando su reloj—¿De qué se trata?
—¿Qué tal vas de preservativos. Yong Hwa? —Haciendo un esfuerzo
sobrehumano para mantener el rostro impasible, lo miró a los ojos—Ya sabes que
si necesitas más sólo tienes que decírmelo.
Aparte de un ligero endurecimiento de sus labios, no hubo nada en su
expresión que indicara que Shin Hye había conseguido desconcertarlo.
—Gracias, Shin Hye, pero estoy bien surtido en ese aspecto. La semana
pasada compré una caja nueva.
—¡Una caja nueva! —exclamó la joven boquiabierta—¿Has usado cincuenta
preservativos en dos meses?
Yong Hwa abrió sus maravillosos ojos oscuros como si a él mismo le
sorprendiera. Después se encogió de hombros.
—De ese tipo de cosas no suelo llevar la cuenta.
Shin Hye no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Cincuenta en menos
de dos meses. ¡Y él era el que había insinuado que era una inmoral! ¡Ja!
—Y ahora. Shin Hye, si no quieres nada más…
La joven negó con la cabeza. Había enmudecido.
—En ese caso, ambos podemos empezar a trabajar.
En cuanto Yong Hwa salió de su despacho, Shin Hye sacó el calendario y
agarró la calculadora. ¿Cincuenta en dos meses?
Unni estuvo bueno el capitulo como le haces pa escribir felicidad ybespeeo el otro abraOs
ResponderEliminarLa autora original es Alisson Kelly y pienso igual, la narración es buena, gracias por comentar ^^
EliminarUnnie no dejes actualizar el fic ..esta realmente interesante
ResponderEliminarQue buen capítulo. Me maté de la risa al leer lo último HAHAHAHAHAHAHAHAHA Síguela por favor :)
ResponderEliminarEsta genial...escrives maravilloso...Con este capitulo me mori de la risa...jajajaja....Me encanta unnie..Por Dios como va a sacar la calculadora para calcular algo asi?????...jejejejje...
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